Cynthia Wila y La culpa. (Paidos)
La culpa del sobreviviente
El nuevo libro de Cynthia Wila analiza la culpa en todas sus facetas y cómo nos limita y empobrece. Aquí un fragmento del libro.
En el año 1980, Robert Redford dirigió una película conmovedora, “Gente como uno” (“Ordinary People”), donde se muestra la “crueldad sin sangre” de una madre con su hijo y la desdicha de ese hijo por sentir que ha perdido un objeto amado —su hermano— y además no satisface el amor de su madre.
Es decir: se ve la culpa del sobreviviente. O del que pudo. La película narra la historia de una familia norteamericana de clase alta. Papá, mamá, un hijo vivo y un hijo muerto. Ha sucedido una tragedia. Los hermanos zarparon en un velero hacia alta mar, una tormenta desestabilizó la embarcación y los dejó en medio de las olas. Debían sostenerse de un bote para no morir. Pasado un tiempo, el mayor, que era un nadador de competencia, no aguantó más. Se soltó y de inmediato desapareció en la marea. El otro, que logró aferrarse lo suficiente, sobrevive. Más tarde, no soporta la culpa e intenta matarse. Luego de ser hospitalizado vuelve al hogar.
Hay una madre insensible que pasa los días con amigas como si nada hubiera sucedido y no muestra cariño ni interés por el hijo vivo que ha regresado. No lo mira, no le habla. Su indiferencia resulta cruel. El padre es afectuoso, pero no interviene el discurso materno.
El hijo mayor era carismático, líder entre sus amigos y favorito de la madre. Conrad, el menor, comienza un tratamiento psicológico y le confiesa al analista que siente que su madre lo odia.
A ella nada la conmueve. Si el hijo no quiere el desayuno, lo tira a la basura. Hasta rechaza sacarse fotos con él. Solo le ordena limpiar la habitación y sacarse buenas notas. Hay una violencia materna que no es física, pero introduce un rechazo constante que destroza a su hijo. Lo culpabiliza. Lo castiga.
Conrad no entiende. Y aparece el: “che vuoi?”. ¿Qué quiere en realidad mi madre? Ante este enigma, intenta una respuesta fantasmática: que haya muerto yo en lugar de mi hermano.
Entonces, el hijo pone en acto el deseo materno en su intento de suicidio. No entiende que se trata de un deseo imposible porque su desaparición no devolverá la vida del hijo amado. Y sin posibilidad de una respuesta amorosa, ante la ausencia de otros Significantes que cubran la falta, la violencia de una madre muda de palabras y de cariño queda expuesta sin ningún velo. Así, surge una idea que refuerza su fantasía: mi mamá no me quiere vivo. Y la imperiosa necesidad de satisfacer su deseo a través de un sacrificio. No solo el intento de suicidio, también la negativa a alimentarse, la retracción afectiva, los autorreproches, el aislamiento.
Conrad no soporta haber sido más fuerte que su hermano en el mar, haber logrado sostenerse a flote en el accidente mientras el otro no pudo. Eso fue un error y hoy resulta una carga. Entonces, retiene con su culpa el ideal del hermano omnipotente que se ha muerto. Y el ideal de ese hijo que la madre amaba. Asume el peso del deseo materno para sostener algún tipo de lazo afectivo con ella, tal como se sostuvo en el mar, aunque en este caso ese lazo implique su destrucción. Se arma un discurso que lo castiga: “fue mi culpa”. Y con esto niega la debilidad —impotencia— del hermano y se hace cargo de la tragedia para satisfacción de su madre. Siente que a todos les ha quitado algo importante: al equipo olímpico de natación le sacó a su mejor representante; al grupo de amigos lo privó del líder; a su madre le quitó el hijo perfecto y amado; y a sí mismo, el hermano protector que lo cuidaba.
Así, por haber sobrevivido, el Superyó le exige castigo. En la mirada de todos interpreta una acusación. Solo el padre intenta una contención afectiva que, por la fragilidad de su carácter, no llega a intervenir el enojo de la madre ni a suavizar la voz de la culpa que persigue a su hijo.
Hacia el final, el padre enfrenta a su mujer y le dice “ya no te amo”. En ese momento, aparece la castración en el otro. El hombre puede ubicarla en falta. Y ella responde con la huida. Se arma una valija y se va del hogar.
En la vida de cualquiera, la culpa del sobreviviente podría desplazarse a la culpa que muchas veces sienten aquellos que han podido. Quien pudo casarse, tener hijos, un título, éxito, belleza o dinero. Es decir: quien ha logrado lo que otros —los queridos otros— no pudieron.
Pero también aparece la culpa cuando alguien no pudo, ante el fracaso de no haber logrado satisfacer un deseo propio o el deseo del Otro, como ya vimos. En la película, el protagonista está atravesado por las dos culpas: por haber sobrevivido y, a su vez, por no haber podido salvar a su hermano ni ser el hijo amado de la madre. Por eso, en principio, no consigue darse la oportunidad de demostrar su amor a una joven que le gusta, ni tampoco a esa madre indiferente. Inicia un tratamiento con un psiquiatra que, tal como haría un psicoanalista, introduce el amor de transferencia. Un lugar donde Conrad es escuchado y querido.
Cierta vez, el paciente llega de noche al consultorio, fuera de horario. Está en una crisis de angustia porque una amiga que había compartido su internación acaba de suicidarse. Este suceso reactualiza los sentimientos de culpa por la muerte del hermano. Tal vez un resto de amor narcisista, de pulsión de vida, lo lleva a golpear la puerta de su terapeuta a esas horas. Un intento de frenar la angustia con palabras. O el temor a reincidir en el pasaje al acto. El psiquiatra lo abraza, le dice “soy tu amigo”, intenta que Conrad sienta que no está solo, que puede contar con él. Luego aplica un “roll playing” para escenificar —elaborar—lo sucedido en el accidente. Y ante el llanto de su paciente, termina con una pregunta: ¿Consideraste que tal vez fuiste más fuerte que tu hermano en el mar?
De esa manera conmueve el ideal que decía que el hermano tenía que salvarse porque era el mejor para esa madre y para todo el mundo. Pero fue Conrad quien pudo sujetarse a la vida.
A partir de esa intervención surge la dimensión del deseo de vivir y el perdón a sí mismo por haberlo deseado. Entender esto hace vacilar la pulsión mortífera y alivia la carga del sobreviviente. Y recién ahí, después de esa sesión, el joven se otorga el derecho a amar.
Amar de manera sana implica vivir sin el tormento de la culpa como guía de nuestros actos o nuestras elecciones. Conrad sale con la joven que le gusta y puede incluso ir más allá de la frialdad materna. Por eso, logra abrazar a su madre y decirle que la quiere. A pesar de que ella se mantenga inmutable, él se merece sentir amor.
La película termina con un diálogo con el padre y un abrazo emotivo entre ambos que han quedado solos en el hogar. Aunque ya no están solos en el afecto.
Se ruega cerrar los ojos
A fines de 1896, poco después de la muerte de su padre, Freud le escribe a su amigo Wilhelm Fliess y le relata un sueño. La carta, dice:
“ Dr. Sigm. Freud / Docente de enfermedades nerviosas en la Universidad Viena / 2. nov. 96 IX., Berggasse 19.
Caro Wilhelm: Escribir me resulta tan difícil ahora que he demorado tanto en agradecer las palabras de tu carta, que llegan al corazón. Por alguno de los oscuros caminos tras la conciencia oficial, la muerte del viejo me ha conmocionado mucho. Lo estimaba en alto grado, lo comprendía muy bien, y él importaba mucho en mi vida con su mezcla peculiar de sabiduría profunda y fantasía juguetona. Ya había gozado harto de la vida cuando murió, pero en lo interior, con esta ocasión, sin duda ha despertado todo lo más temprano. Tengo ahora un sentimiento de hondo desarraigo. […]
Tengo que contarte un gustoso sueño de la noche que siguió al entierro: Estaba en un local y leía ahí un cartel: Ruegan cerrar los ojos.
Al local lo reconocí enseguida como la peluquería que visito diariamente. El día del sepelio me hicieron esperar ahí y por eso llegué un poco tarde a la casa del duelo. Mi familia en ese momento estaba descontenta conmigo por haber yo dispuesto que los 'funerales' fuesen discretos y sencillos, lo que después reconoció como muy atinado. También me echaron un poco en cara el retraso. Así pues, el aviso en el tablero tiene un doble sentido. Significa que uno debe cumplir con su deber hacia los muertos en dos aspectos: (a) como una disculpa, como si yo no hubiera cumplido con mi deber y mi conducta necesitara ser perdonada; (b) el deber en el sentido literal. De este modo, el sueño es una vía de escape para esa tendencia al autorreproche que la muerte deja invariablemente entre los sobrevivientes […]”.
“Se ruega cerrar los ojos”. La frase en alemán tiene un doble sentido: indica tanto cerrar los ojos como hacer la vista gorda, pasar por alto algo. Freud reconoce que se trata de la barbería a la que había ido el día del entierro de su padre. Recuerda que esa mañana lo demoraron en ese lugar y llegó tarde al velorio, lo que provocó el disgusto de su familia. También había sido cuestionada su decisión de organizar un funeral sencillo.
Al interpretar el sueño, Freud advierte que ese cartel condensa dos exigencias: cumplir con el deber hacia los muertos —cerrarles los ojos— y, al mismo tiempo, pedir que se le perdone por no haberlo cumplido del todo. Pero en ese movimiento introduce algo más general: la muerte deja en quienes sobreviven una inclinación al autorreproche. Hay un desplazamiento que va desde lo personal hacia la formulación general. Y surge la idea de una relación culposa con los muertos, como una deuda que no cesa en los sobrevivientes. Llegado este punto, resulta interesante mencionar el desarrollo de Freud respecto a la rivalidad fraterna y la culpa que sobreviene a los deseos inconscientes de muerte entre los hermanos o hacia los progenitores, que muchas veces se manifiestan en imágenes oníricas.
En “La interpretación de los sueños”, sostiene: “Consideremos primero la relación del niño con sus hermanos. No sé por qué suponemos que ha de ser amable, pues los ejemplos de hostilidad entre hermanos ya adultos se imponen a la experiencia de todos nosotros y hartas veces podemos comprobar que esa desavenencia viene de la niñez o existió desde siempre. Pero aun muchísimos adultos que hoy sienten tierno apego por sus hermanos y los asisten, vivieron con ellos en la infancia una hostilidad apenas interrumpida… Pero no por eso decimos del niño que es 'malo', sino que es 'díscolo', no es responsable de sus actos ni ante nuestro juicio ni ante la ley penal. Y está bien así; podemos esperar, en efecto, que aun dentro de épocas de la vida que incluimos en la niñez despierten en el pequeño egoísta las mociones altruistas y la moral […] Muchas personas, entonces, que hoy aman a sus hermanos y se sentirían desoladas con su muerte, traen contra ellos en su inconsciente malos deseos de la infancia que pueden realizarse en sueños. […] Para el niño, a quien por lo demás se le ahorran las escenas de sufrimiento que preceden a la muerte, 'estar muerto' significa tanto como 'estar lejos', 'no molestar más a los sobrevivientes'”.
En el caso de Conrad, al dolor por la muerte del hermano se suma un “reproche de sí mismo”. Ese reproche —auto-castigo— se moviliza por aquella hostilidad inconsciente de los años infantiles de rivalidad fraterna, y tal vez la envidia por la seducción que ejercía su hermano con su personalidad avasallante. Sentimientos que ahora se satisfacen con la desaparición real del hermano muerto y producen una culpa intolerable.
Lo mismo sucede con los reproches frente a la muerte de los padres o a cualquier situación en la que una persona se siente culpable por haber sobrevivido o por haber triunfado.
Un caso
J. llega a la consulta derivada por una colega. Es alta, de cabello largo y tez morena. Tiene ojos marrones y modales suaves. En los primeros encuentros se la ve retraída, le cuesta hablar. Noto que no sonríe. En una entrevista comenta que conoció a Manuel en una fiesta, que salieron un par de veces y le gusta mucho. “Pero no puedo verlo de nuevo. No es para mí”, cierra. Surge un Significante que va repetirse en cada encuentro: “no puedo”. Con el correr de las sesiones cuenta que su familia es de un pueblo de Santiago del Estero, que ha tenido una infancia difícil y que a los trece años decidió venir sola a Buenos Aires. “Mi padre era alcohólico y abusaba de mi mamá. Mis hermanos y yo dormíamos en una pieza al lado de su cuarto, y escuchábamos todo cuando llegaba borracho de noche. Pero no podíamos hacer nada…”. Se le caen unas lágrimas. “Cuando me fui, mi hermanita tenía seis y el más chiquito dos. No podía quedarme”. Más tarde, relata que al poco tiempo de vivir en la ciudad empezó a trabajar como empleada doméstica en la casa de una pareja sin hijos. “Dormía ahí, no salía nunca porque no tenía adónde ir. Ellos eran muy buenos, me quisieron como a una hija. Me pagaron los estudios y pude terminar el secundario. Después me inscribí en Veterinaria y hace un año armé con una amiga un pet shop. Nos mudamos juntas, nos va bien. Pero igual me siento triste”. Le pregunto qué fue de esa pareja que la ayudó y responde que aún hoy están en contacto. “Son como mis padres”. Entonces le pregunto por los otros padres, los que quedaron en Santiago del Estero: ¿A ellos también los ves? “Les mando dinero todos los meses, pero no volví a verlos… no puedo volver”. Lo dice y se angustia.
“Sé por mi tía que mis hermanos siguen ahí, en la casa de chapa por donde entraba agua, soportando la agresión. Sé que a mi hermana le faltan los dientes y que limpia una panadería durante la madrugada. Mi hermano, que ahora tiene quince, parece que anda en cosas raras. Ellos no pudieron salir como yo, no pudieron irse, ¿entendés?”. A los seis meses comenta que un joven llamado Salvador frecuenta su local. “Es gerente de un banco. Cada vez que viene me trae un chocolate, un ramo de jazmines, un libro. Me gustan sus gestos —por primera vez desde que la conozco, sonríe. Tiene una sonrisa amplia que ilumina todo el rostro—. Fuimos a tomar algo un par de veces. Ayer me propuso ir a Mendoza el fin de semana. Le dije que no. No puedo irme de viaje con alguien tan importante”. Cuando pregunto por qué, dice: “No puedo dormir con nadie… Me da vergüenza… Yo no soy una persona normal, ¿sabés? Tengo pesadillas. Cuando se acerca la hora de acostarme empiezo con taquicardia, me transpiran las manos y hago tiempo para no dormir. Me quedo limpiando, miro tele, lo que sea con tal de no ir a la cama y apagar la luz. Porque sé que voy a tener sueños horribles y me voy a despertar muerta de miedo”. Le pido que me relate qué tipo de pesadillas tiene. Continúa. “A veces estoy en medio de un incendio o una tormenta. Anoche, por ejemplo, soñé que el techo se bajaba. Sabía que me iba a aplastar, pero no podía moverme”.
Intervengo: Muchas veces, cuando vivimos situaciones difíciles como las que vos atravesaste de chica, quedan marcas muy dolorosas. Te fuiste de la casa de tus padres a los trece años. Lo que sucedió en esos años es parte de tu historia. Pero eso no significa que no puedas intentar vivir de otra manera. De hecho, es lo que hiciste desde que llegaste a Buenos Aires. Y sí pudiste varias cosas: trabajar, estudiar, recibirte, tener tu negocio, mantenerte. Tus miedos nocturnos reeditan lo que sentías en Santiago del Estero cuando tu padre volvía de noche y escuchabas los gritos y el llanto de tu mamá, e imaginabas su dolor. Vos eras una nena y en ese momento no podías ayudarla, apenas intentabas proteger a tus hermanos. Y aunque no veías el horror que sucedía en ese cuarto, lo escuchabas o lo imaginabas. Luego pudiste irte. Tuviste el coraje de armar una vida distinta. Una vida que ahora te cuesta disfrutar por culpa, por sentir que dejaste a tus hermanos y a tu madre desprotegidos.
J. llora desconsoladamente. Me inclino hacia adelante para acortar la distancia entre las dos, y luego de unos segundos continúo: Reitero, eras una nena, y una nena no se supone que deba proteger a otros niños, sino que debe ser protegida. A vos no te protegió nadie. Hoy aparece un hombre que tiene lindos gestos y cuando hablas de él mostrás una sonrisa que no te conocía. Una sonrisa hermosa que tal vez también ocultes por culpa, porque a tu hermana le faltan los dientes y vos los escondés como si no merecieras tenerlos. Todo el tiempo decís que no podés. Es cierto que no podías hacer nada cuando tu padre golpeaba a tu mamá, pero esa impotencia se traslada hoy a todos los aspectos de tu vida donde puede surgir algo de placer. Sentís que no podés tener una pareja, dormir con alguien o sonreír. La nena de trece sí pudo, se vino solita a Buenos Aires y armó una vida sin violencia. Tal vez ahora sea el momento de darle espacio a la mujer.
En el conocido caso Dora, Freud analiza y señala que la paciente espiaba con los oídos la escena de seducción entre su padre y una mujer (la Sra. K).
Del mismo modo, J. espiaba a través de los ruidos que provenían de la habitación de sus padres. Ruidos que para ella representaban una voz —el objeto a— que la dejaba impotente ante el goce del Otro. Y tal como Conrad no pudo ayudar a su hermano a pesar de estar tan cerca, ella no logró proteger a su madre en el cuarto de al lado.
La guerra
El autor colombiano Héctor Abad Faciolince nació en Medellín en 1958. Su padre, el médico y activista Héctor Abad Gómez, fue asesinado por paramilitares en 1987. Años después, Abad convierte esa pérdida en “El olvido que seremos”, uno de los libros más importantes de la literatura latinoamericana reciente. Desde entonces, la memoria, la muerte, la culpa y la supervivencia aparecen en su obra.
En 2023 tiene sesenta y cuatro años. Acaba de atravesar una cirugía a corazón abierto. Sus editoras lo convocan a Kiev para presentar la traducción de “El olvido que seremos”. Él acepta. Piensa que será un viaje cultural de pocos días. Pero surge otra cosa.
El ex negociador de paz colombiano Sergio Jaramillo y la periodista Catalina Gómez le proponen viajar al este de Ucrania, al Donbás, hacia el frente de guerra. Le dicen que no alcanza con la capital, que si llegó hasta ahí debe ver la destrucción de cerca. Abad acepta ir. Más adelante dirá: “Creo que fui a Ucrania, y luego al Donbás, para tratar de demostrar, y sobre todo para intentar demostrarme, que no era un cobarde”. Al grupo se suma Victoria Amélina. Tiene treinta y siete años. Es novelista y poeta. Desde la invasión rusa se viste de negro, abandona la ficción y se dedica a documentar crímenes de guerra. Recorre pueblos destruidos y entrevista a sobrevivientes. Busca cuerpos, pruebas.
El 27 de junio de 2023 llegan a Kramatorsk. Esa noche cenan en una pizzería para despedirse. Al día siguiente todos se irán. El clima parece tranquilo.
Ocurre algo simple. El azar. Como Abad tiene problemas de audición y quiere escuchar mejor una conversación que se daba en la mesa, se cambia de asiento. Victoria Amélina ocupa el lugar donde él estaba sentado segundos antes.
Enseguida, un misil impacta en el restaurante. Lleva unos seiscientos kilos de explosivos. Mueren trece personas y más de sesenta quedan heridas. Entre los muertos están Victoria Amélina y dos hermanas adolescentes, Yuliya y Anna Aksenchenko, que habían llegado porque el padre quería celebrar sus buenas notas en la escuela. Abad Faciolince sobrevive.
Más tarde, dirá: “Me salvé por sordo”. Y volverá sobre esa imagen muchas veces. [...]
El libro “Ahora y en la hora” sobrevuela una pregunta: ¿por qué ella muere y él no?
“Victoria parece instalada aquí, no me abandona ni jamás se aleja. Siento que entra y se asienta cómodamente dentro de mi cuerpo, a veces en las manos, a veces en el vientre, en los pulmones, incluso en las cuatro cavidades de mi corazón, como una mariposa blanca, ingrávida, muy delicada. A veces la oigo aletear muy levemente y me sorprende ese aleteo inaudible que me sale de adentro, aunque no sea mío. Victoria palpita dentro de mí, vive conmigo”.
El hombre siente que la muerte le pasa al lado y elige a otra persona. Pero siente algo más insoportable: alivio por seguir vivo. Un alivio que a lo mejor le genera culpa.
“Se me ocurre que tal vez hice este viaje, y escribo sobre él, para ver si al fin vuelvo a sentirme joven, vivo. Pero haberlo hecho, antes, y ahora escribirlo, en cambio, me hacen sentir mucho más muerto que nunca, al borde de la muerte, y quizá por eso mismo, desde mi regreso, y desde que me obstino en contar lo que viví, más que vivir, agonizo cada día”.
Abad sostiene que la guerra destruye incluso la capacidad de narrar. Después del atentado siente que el lenguaje se rompe y las frases se vuelven inútiles frente al horror. Escribe: “Las palabras no huelen; las palabras no duelen; la escritura no grita. Yo pienso, en realidad, que escribo para no morirme y para entender y merecer la muerte”.
Victoria Amélina recorre el libro como una presencia constante. El autor dice que ella lo empuja a escribir. La imagina como un “dybbuk”, figura de la tradición judía: el alma de alguien que muere antes de tiempo y regresa porque dejó algo inconcluso.
Por eso, una de las frases finales parece una confesión: “Cuando morimos, no tenemos una segunda oportunidad. Al casi morir, pero salvarnos, algunos sentimos que, por el azar de haber sobrevivido, se nos ha dado una segunda oportunidad. Lo que he logrado escribir es, pues, en el fondo, la segunda oportunidad que Victoria no tuvo, pero a la que he querido darle voz, tratando siempre de ser fiel a su figura y a su inspiración”.
“Ahora y en la hora” es el relato de un hombre que apenas cambia de asiento y sale vivo dos minutos antes de que otra persona muera en su lugar. “El muerto tendría que haber sido yo”, será el susurro brutal de una escena que rondará en la memoria del sobreviviente. Un escritor envejecido que viaja a una guerra para demostrar que no es cobarde y vuelve con la noción de que la muerte surge del azar. Y que el azar muchas veces organiza la culpa y la memoria. [...]
Hablamos de culpa y de tragedia
No podemos dejar de lado que el propio Freud fue un sobreviviente que debió pasar sus dos últimos años exiliado en Inglaterra debido a la persecución nazi. El final de un genio marcado por la pérdida de su hogar y de parte de su familia: cuatro hermanas menores quedaron atrapadas en Viena y murieron como víctimas del Holocausto.
Tras la anexión de Austria por la Alemania nazi en marzo de 1938, las hermanas fueron privadas de sus derechos y sus bienes. Las obligaron a abandonar el domicilio y dormir en viviendas colectivas para judíos, antes de ser deportadas a los campos de concentración. El dinero que Sigmund y Alexander les habían dejado, se consumió por los impuestos y la confiscación.
Freud logró salir de Viena el 4 de junio de 1938, acompañado por su esposa Martha, su hija Anna y parte del entorno doméstico y médico. Murió en Londres el 23 de septiembre de 1939, sin conocer el destino final de sus hermanas. La familia recibió la confirmación de sus muertes mediante la Cruz Roja recién en 1946.
Un final marcado por esa intuición que lo llevó a escribir “El malestar en la cultura”, texto que señala que el humano no es un ser manso ni sensible, sino una caldera de agresividad desatada contra su prójimo.
Con mi amigo Nicolás
Yo: Estuve desarrollando la culpa del sobreviviente.
Él: ¡Qué interesante! Pienso en “La Odisea”, por ejemplo. No es solo el relato del regreso, sino el inventario de una pérdida. Todos sus compañeros mueren. Él llega. Sobrevive. Algo similar, aunque más cargado de sentido histórico, ocurre con Eneas, el príncipe de “La Eneida” que escapa de la destrucción de Troya cuando los griegos incendian la ciudad. Huida mediante, carga a su padre Anquises, guía a su hijo y lleva consigo a un grupo de sobrevivientes. Los dioses le imponen una misión: abandonar su tierra perdida y fundar un destino nuevo. Tras un largo viaje, guerras y pérdidas, llega al Lacio y establece las bases de un linaje. De ese linaje —según la tradición romana— generaciones después, surgirá Roma. Es bello pensar en el mandato de los dioses y que Eneas haya tenido que llevar a su padre en los hombros. Suele ser al revés… Me resulta una figura extraña esto de llevar al padre sobre los hombros… La fundación se levanta tras la ruina de Troya; será Roma y ese pasado perdido lo que acompaña cada paso del héroe. O sea, Eneas escapa de la destrucción de Troya y es el sobreviviente designado para fundar un futuro.
Yo: Primo Levi dice que la supervivencia te arrincona con ideas de lo injustificable. El testimonio de que los mejores murieron y los vivos son, en cierto modo, un resto. Es la culpa de los que quedaron vivos en el Holocausto, en la guerra de Malvinas, en todas las guerras. ¿Por qué yo?, se preguntan. Y se atormentan. Esto escribió Primo Levi antes de matarse, en “Los hundidos y los salvados”: “¿Es que te avergüenzas de estar vivo en el lugar de otro? Y sobre todo ¿de un hombre más generoso, más sensible, más sabio, más útil, más digno de vivir que tú? No puedes soslayarlo: te examinas, pasas revista a tus recuerdos esperando encontrarlos todos y que ninguno se haya enmascarado ni disfrazado; no, no encuentras transgresiones abiertas, no has suplantado a nadie, nunca has golpeado a nadie (pero ¿habrías tenido fuerzas para hacerlo?), no has aceptado ningún cargo (pero no te los han ofrecido), no has quitado el pan a nadie; y sin embargo no puedes soslayarlo. Se trata solo de una suposición, de la sombra de una sospecha: de que todos seamos el Caín de nuestros hermanos, de que todos nosotros (y esta vez digo “nosotros” en un sentido muy amplio, incluso universal) hayamos suplantado a nuestro prójimo y estemos viviendo su vida. Es una suposición, pero remuerde; está profundamente anidada, como la carcoma; por fuera no se ve, pero roe y taladra”. Remuerde, es decir: culpabiliza sentir que vivimos la vida de los que se han muerto.
Él: “Sin novedad en el frente” ganó un Oscar a la mejor película extranjera. Es horrorosa. Es Primera Guerra Mundial, la guerra de trincheras, en donde cada momento de supervivencia no se vive como triunfo, sino como suspensión. Una pausa precaria ante la muerte próxima.
Yo: En la vida de cualquiera, la culpa del sobreviviente podría desplazarse a la culpa que muchas veces sienten aquellos que sí han logrado determinadas cosas de acuerdo a los mandatos de la época. Entonces, existen otras culpas que aparecen en las personas que pudieron sobrevivir a eso que se esperaba de ellas. Cuando mi madre era joven, por ejemplo, casarse y tener hijos era un mandato ineludible. Ella tenía veintidós años y decidió casarse a los cuatro meses de conocer a mi padre solo porque en su época ya la miraban raro, se la consideraba “mayor” para estar soltera. O sea, se unió a un desconocido porque la cultura del momento la señalaba culpable. ¿De qué? De no hacer lo que se esperaba de ella. Es decir que no pudo sobrevivir a eso.
Él: ¿Y cuál crees que es el mandato de la época actual?
Yo: Tener éxito o belleza… O mejor, ir por un propósito más allá de los límites, no tener freno ni vergüenza. Vivimos la época de la sinvergüenza. Byung-Chul Han lo dice de un modo parecido en “La sociedad de la transparencia”, cuando señala que el alma humana necesita esferas en las que pueda estar sin la mirada del otro porque una iluminación total la quemaría. Todos somos emergentes de la cultura que nos recibe. Y sobrevivimos como podemos. Hoy esa cultura tiene que ver con la falta de pudor que quema el alma. Y con esto no me refiero a volver a las tradiciones de nuestros abuelos. Hablo de sostener los diques neuróticos que mencionaba Freud: el asco, la vergüenza, como una especie de contenedores de nuestras pulsiones más terribles.
Él: Pero esto del superviviente…
Yo: ¿El superviviente?
Él: El superviviente, claro, es que somos superhéroes.
Yo: Me gusta mucho esa idea porque el superviviente para nosotros, los analistas, es quien va más allá del padre (en tanto Ley). El que logra “matar” al padre totémico (de “Tótem y Tabú”) e incluso con su Ley, con la Ley del padre incorporada, es decir con el Superyó normativo, puede atravesar los mandatos que ese padre sostiene. Pensemos en Demian: “Todo el que quiere nacer debe antes destruir un mundo”.
¿Qué mundo hay que destruir? El mundo imaginario que nos contaron.
¿Qué significa lo imaginario?
Hay tres registros que entran en juego en la experiencia subjetiva y desde ahí interpretamos la realidad.
El registro Simbólico, que se relaciona con la condición de hablante del ser humano, con el lenguaje, los Significantes. Y con los síntomas.
El registro de lo Real, aquello que no podemos nombrar, esas vivencias traumáticas que no pudieron elaborarse, que son inconscientes y se perciben como angustia. Eso que está detrás del discurso y goza en el cuerpo.
Y el registro Imaginario, que tiene que ver con el Yo, las identificaciones, esa ilusión de lo que creemos ser y que son los demás.
René Descartes dijo: “pienso, luego existo”.
El ser humano creía que podía regular sus acciones y que la voluntad dependía de la razón. Hasta que llegó Freud para anunciar que hay un inconsciente que nos impide ser libres, que existen motivaciones y deseos ocultos que impulsan o inhiben nuestros actos y que por causas que desconocemos a veces arruinamos nuestra vida o la de otros. O nos castiga una culpa que no sabemos de dónde viene.
Por eso Lacan revierte el cogito cartesiano y dice: donde pienso, no soy. El Yo es función de desconocimiento.
Lo imaginario clausura, nos impide conocer a los demás y también a nosotros, es difícil de conmover y cierra toda posibilidad de dialéctica. Ahí se juega la agresividad.
Por ejemplo, si caminamos de noche en una calle oscura y vemos a una persona encapuchada, de seguro pensaremos que intentará robarnos. Tal vez se haya cubierto la cabeza porque tiene frío o para evitar ser reconocido porque viene de la casa de un amante. No sabemos. Pero imaginamos.
Tenemos un patrón que nos hará idear cómo es, cómo piensa, cómo actúa. Y cuanto más cerrada sea esa imagen, menos podremos admitir algo distinto.
En la actualidad, esto se percibe en la afamada “cultura de la cancelación”, que emerge del poder alienador de las redes sociales. A través de ese lugar, se ubican estereotipos: los traidores, infieles, mentirosos, feos, gordos, mal vestidos, desagradecidos, lo que sea. Y desde ahí, se menosprecia a cualquiera con el riesgo de arruinarle la salud física, psíquica, o la vida.
La imagen afecta al cuerpo, produce inhibiciones o desdibuja los bordes. Lo vemos todos los días. Personas que no salen con alguien porque tienen una creencia empobrecida de sí mismos; las que se juegan todo creyendo que podrán vencer los límites; quienes adjudican a los demás la culpa de sus males; o aquellos que se enamoran sin ver fallas en los otros.
A partir de este registro imaginario se arma una red de prohibiciones o de permisos excesivos que generan angustia y culpa. O, al contrario, surgen de ahí. Así sobrevivimos. Presos de una culpa que nos obliga a sostener lugares indeseados, o es la causa de esa distancia que algún día provocamos y hoy nos duele.
Cynthia Wila es abogada y psicóloga, cofundadora de la Escuela Clínica de Psicoanálisis. Escribió ensayos, novelas, cuentos y dramaturgia: “El amor y las pasiones” y “El lado B del amor” en coautoría con Gabriel Rolón; las novelas “Pasiones en guerra”, “El cuerpo prohibido” , “Eva y Juan” y “Papá querido”; y los ensayos “La crueldad” y el recientemente publicado “La culpa” (Paidós). Este artículo es un fragmento de ese texto.
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