Luisa Valenzuela (Cedoc)

Lecturas: Los cuentos políticos de Luisa Valenzuela

Es una de las escritoras más importantes de la Argentina, reconocida en todo el mundo. Sus historias sobre la dictadura forman parte de una antología que acaba de publicarse.

Es fácil entender la cantidad de premios y reconocimientos prestigiosos que Luisa Valenzuela recibió, además de las bibliografías monográficas y de los estudios y tesis sobre su obra que se han escrito en distintas universidades del mundo. Sus libros son particulares, sorprendentes, distintos entre sí, se adentran en temas de la realidad, pero una realidad que nunca es llana, obvia, sino densa, multifacética por sus matices y contradicciones y por la calidad del lenguaje que la expresa.

Centros culturales de Australia, Estados Unidos, Cuba, Austria, México, Corea del Sur, tuvieron eventos dedicados enteramente a su obra: más de 30 libros, novelas, cuentos, microrrelatos, ensayos; una obra que fue traducida a diecisiete idiomas, entre ellos el coreano, japonés y árabe. Felizmente, las editoriales Interzona, Factotum y Marea crearon la Biblioteca Luisa Valenzuela para unificar la reedición de su obra y también la edición de futuros libros.

 

 

Escribió los cuentos de Cambio de armas en plena dictadura cívico-militar y viviendo en Buenos Aires (se fue a Nueva York en 1979), inspirada por todo lo que se escondía. Ya había publicado dos libros durante la dictadura. Uno de cuentos: Aquí pasan cosas raras (1976) y una novela Como en la guerra (1977). Trabajando medio clandestinamente en la revista Crisis estaba al tanto de las desapariciones que ocurrían y de rumores cada vez más innegables de torturas y matanzas. Ahora la editorial Marea reúne los cuentos escritos durante esa época y publicados primero en Estados Unidos con cuentos de distintos libros como Simetrías con el título Cambio de armas y otros cuentos políticos. Es el libro indicado para los 50 años del golpe militar, porque al menos, algo es seguro, Valenzuela vivió la negrura, lo profundamente tenebroso de esos años.

Ya la imagen de la tapa, una pintura de Carlos Alonso, La censura (1969), nos anticipa lo que encontraremos en las páginas del libro: ese humor que los fascistas, los totalitarios, no soportan por su capacidad de transformar el fanatismo en algo risible, porque bien medido ese fanatismo es ridículo, y lo ridículo le quita fuerza al terror.

El cuento “Los censores”, uno de sus cuentos más “antologados a nivel mundial”, como escribe Valenzuela en el epílogo, es un ejemplo de humor negro e ironía de principio a fin: un hombre, con la intención de interceptar una carta que escribió, se postula para censor. Lo incorporan de inmediato porque para el trabajo de censor siempre hay empleo. El hombre cree poder fingir algo que no cree ser, pero parece tener más aptitudes de las que supone, o al menos aptitud para el rastreo obsesivo de lo sospechoso, que lo convierte en el más perfecto censor, el más paranoico para descubrir la trampa que desencadenará, finalmente, el temible desenlace que lo aguarda. Como en la mayoría de sus cuentos, Valenzuela ofrece lo que en algún momento se le exigía a un cuento: el final inesperado, sorprendente, que sin embargo considerando cómo se fue construyendo el relato, es la resolución más lógica y al mismo tiempo más inesperada de las opciones posibles. Valenzuela dice que cuando empieza un cuento no sabe cómo va a terminar, que escribe para descubrir y no planea las distintas etapas para llegar a un final ya establecido. Sabe que el cuento tiene que cerrar bien y si no llega al desenlace contundente, necesario que la satisface, lo descarta.

 

 

Todos los cuentos reunidos en este libro son cuentos sobre formas del poder, incluso el poder sexual, y a todos los sostiene la misma modernidad a través del tiempo. Basta leer las primeras frases del cuento “Cambio de armas” para sentir enseguida cierta inquietud. Una inquietud que todos los cuentos provocan de alguna manera. Rápidamente o lentamente, según la suspicacia del lector, se entiende que nada de lo que aparenta ser, es. Gente que vive, que se enamora, que goza, sobre todo eso, pretende dar una sensación familiar, reconfortante, desde una foto de casamiento hasta una empleada servicial, aunque distante, cada detalle pensado para darle a la señora de la casa la impresión de que todo está bien, que no hay nada para ver que ella no esté viendo o nada para percibir que no esté percibiendo. Una vida tal vez algo monótona en sus repeticiones, pero tranquilizadora donde nada malo ocurre, pero debajo de esa apariencia ocurre todo lo malo, que se va revelando de a poco, pero hasta esa lentitud es amenazadora porque detiene el tiempo en una falta de perspectiva sobre lo que está ocurriendo. Puertas cerradas con llaves, hombres que las custodian, el pedido de la mujer de tener una planta que parece sumamente controversial para quienes deben otorgarlo y, sin embargo, no es un pedido absurdo, es solo una planta. La inquietud va creciendo, se empieza a entender lo que ocurre y ese entendimiento es aterrador porque ocurre en un estado de desmemoria, como si la memoria fuese en realidad la única forma de identidad posible.

“Cuarta versión” podría ser en apariencia un cuento de amor, o de pasión, o de infidelidad, y es de alguna manera todo eso, pero es mucho más que eso. Es lo que pasa sin ser advertido mientras está pasando, es el peligro que se pretende negar, esconder, no notar, pero que va aumentando, acumulando señales de alerta. Es también un cuento sobre la escritura, sobre lo que se desea transmitir, sobre los intentos de escribir y cómo se lo está haciendo: “Hay un punto donde los caminos se cruzan y una pasa a ser personaje de ficción o, todo lo contrario, el personaje de ficción anida en nosotros y mucho de lo que expresamos o actuamos forma parte de la estructura narrativa, de un texto que vamos escribiendo con el cuerpo como una invitación. Por una invitación, que llega”. Una invitación, un pedazo de papel, es capaz de desencadenar una tragedia.

Cada cuento en este libro pone el dedo sobre la llaga de lo que fue. Indirectamente quizás, desde otro lado que el habitual, porque son los cuentos de una época vivida con los ojos y los oídos bien abiertos.

 

Flaminia Ocampo es escritora y editora.

 

 

 

 

 

 

 

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