Macri Awada (CEDOC)

Las otras mujeres y separaciones de Macri antes de Juliana Awada

En el libro "La cabeza de Macri", de Franco Lindner, se narran detalles desconocidos de las relaciones de pareja del ex presidente. Malala, Menditeguy y otras.

La escena es de fines de los años 90.

Un avión privado espera a sus pasajeros en el aeropuerto de Punta del Este. Según el cronograma de vuelo tiene que despegar a las 10 en punto de esa mañana de enero, pero ya son las 10 y cuarto y sigue en tierra.

Mauricio Macri, que alquiló la nave para regresar a Buenos Aires, está malhumorado e impaciente. No puede irse porque falta una pasajera, su amiga Nancy Pazos.

Cuando la periodista al fin llega, con veinte minutos de retraso, él explota:

–¡Dale, apurate, sos la única que falta! ¡Te invitan a un avión y vos llegás a cualquier hora! ¡Sos una desubicada!

Pazos le responde:

–Mauricio, ¿por qué no me preguntás primero si me pasó algo?

Pero Macri sigue:

–¡Metele, que no llegamos más! ¡Hace media hora que te estamos esperando!

La periodista lo frena:

–A mí no me gritás así. No soy tu empleada.

La tensión se respira en el aire.

Mientras el grupo se dirige hacia la pista, Pazos le dice por lo bajo a Isabel Menditeguy, la esposa de Macri:

–¿Quién se cree que es? ¿Viste cómo me gritó?

Menditeguy la tranquiliza:

–Bueno, disculpalo, él es así…

–No le puede gritar así a una mujer –se desahoga Nancy.

Y entonces Isabel le explica:

–Tenés que tener en claro que Mauricio con vos tiene un trato preferencial, sos de las pocas minas a las que escucha. Para él, las mujeres están en otro plano…

Pazos me dijo que se quedó muda con el comentario.

Eso es lo que pensaba de Macri una de las mujeres que fueron parte de su vida: que ellas, para él, no estaban en un plano de igualdad.

El Presidente con fama de playboy se casó tres veces, se divorció dos y también tuvo otras relaciones que no pasaron por el registro civil. Y así como a todas sus mujeres intentó encorsetarlas dentro de los parámetros machistas con los que fue educado, lo cierto es que también ellas –todas hermosas y morochas– influyeron en él y lograron transformaciones impensadas, sobre todo la última, Juliana Awada.

Pero conviene respetar el orden cronológico. La primera esposa de Macri fue Yvonne Bordeu, hija de un famoso corredor de autos, Juan Manuel. Bordeu padre, además de bon vivant e integrante de la aristocracia terrateniente, tenía un parecido físico notable con su tocayo y padrino Juan Manuel Fangio, el múltiple campeón de la Fórmula Uno. Los trascendidos señalaban que era su hijo. La historia de “Maneco”, como lo apodaban, también incluye un segundo matrimonio con la actriz Graciela Borges, cuyo fruto fue el también actor Juan Cruz Bordeu, el medio hermano de Yvonne. Otro cuasi hermano es Fernando de Andreis, el actual secretario general de la Presidencia de Macri y alfil de Marcos Peña. La madre de De Andreis, Patricia Langan, había sido pareja también del corredor Bordeu.

El joven Mauricio andaba por los 21 y estudiaba ingeniería en la UCA cuando conoció a Yvonne, una chica de rasgos delicados y pelo castaño recién egresada del exclusivo Sworn College de Belgrano. Él por entonces no había estrenado el bigote y usaba una larga cabellera enrulada que gustaba a las mujeres. Sus amigos del Newman lo señalaban como el que encabezaba el ranking de las conquistas cuando salían a bailar.

Mauricio e Yvonne noviaron sin pasar a los papeles por algún tiempo, hasta que un día ella le comunicó la novedad: estaba embarazada.

Macri quedó paralizado. Ser padre apenas salido de la adolescencia no estaba en sus planes. Y menos un padre soltero.

–Casémonos –le propuso a Yvonne.

Luego reunió a la familia para un almuerzo en el club CUBA, donde haría el anuncio de la boda.

Pero antes se desahogó con su primo, Angelo Calcaterra, en el baño:

–No sé si voy a estar a la altura...

El primo, de su misma edad, lo consoló: los suyos estarían allí para lo que necesitara.

La boda respetó el menú completo de mandatos sociales. Ceremonia en la iglesia de Nuestra Señora del Pilar y fiesta en el hotel Alvear para 1500 invitados. Pero solo unos pocos sabían que la novia estaba embarazada. El vestido lo disimulaba muy bien.

Juan Manuel Bordeu fue con su segunda mujer, “Gra” Borges, que bailó con el novio.

–Te felicito, nene...

La fiesta la pagó Franco, que ya era el jefe de Mauricio en Socma.

Unos meses después, menos de nueve, nació la primera hija del joven matrimonio, Agustina. Nadie se puso a hacer cuentas.

Mauricio e Yvonne fundaron su hogar en una coqueta propiedad de Barrio Parque, sobre la calle Ombú al 2900, pegada a otra casa en la que veinte años después vivirían Juliana Awada con su novio belga, Bruno Barbier. Un año después decidieron mudarse a los Estados Unidos, más precisamente a Nueva York, donde el delfín de Franco cursaría un master en Administración de empresas. En eso estaban cuando el patriarca sufrió su primer infarto.

Franco le pidió que regresara para ayudarlo a manejar la empresa. Los médicos le habían dicho que debía delegar y descansar al menos un año.

“Esas cosas de las familias, que se rompe la autoridad si el hijo no se hace cargo inmediatamente –rememoró el hijo en un reportaje con la periodista Gabriela Cerruti–. Yo estaba yéndome a Estados Unidos para un master. Y tuve que volverme de un día para el otro. Con 23 años. Y hacerme cargo de todo”.

En la primavera de 1982, Mauricio fue designado gerente general de Socma y se dejó el bigote para parecer mayor. Yvonne, como siempre, lo acompañaba sin chistar de un lado a otro. Las decisiones ni siquiera las tomaba su marido, sino el padre de él.

Vendrían dos hijos más: Gimena, nacida en 1984, y Francisco, en 1989.

En 1990 moriría “Maneco” Bordeu, el suegro de Mauricio. Y un año después él y la delicada Yvonne se separarían tras el desgaste de una década de matrimonio.

Ella hoy vive con el menor de los hijos, Francisco, alias “Caíco”, en una propiedad de Cavia y Castex, en Barrio Parque. Y evita hablar del pasado.

Una de las pocas frases que sus amigas le escucharon decir sobre Mauricio es esta:

–A él siempre le gustó “tunear” a sus mujeres...

La obsesión por seguir los cánones de belleza de cada época es una constante de las chicas que son integradas al clan.

Para Mauricio, la de Yvonne fue la única relación, al margen de la actual, que lo marcó.

–De ella estuve muy enamorado –reconoce en privado.

Pero siente que, como le vaticinó al primo Angelo, finalmente no estuvo a la altura.

Por ejemplo, jamás le dedicó a sus hijos mayores el tiempo y amor que hoy le prodiga a la pequeña Antonia.

Los tres hijos que el ingeniero y empresario tuvo con Yvonne salieron bohemios. La mayor, Agustina, es cineasta. La del medio, Gimena, artista plástica. Y “Caíco”, el más joven, además de trabajar en publicidad se dedica a tocar la batería en una banda de rock llamada Dr. Chopper & The Subtitles. La cantante es su novia.

Una anécdota demuestra la incomodidad que le genera ser un Macri. Una vez, cuando fue a cobrar por un trabajo, la cajera le pidió su DNI.

–Qué embole tener ese apellido –le señaló ella.

“Caíco” se rio, educado. Jamás dijo que era el hijo del mismísimo Mauricio.

Cuando se divorció de Yvonne, Macri andaba por los 32 y empezaba a edificar su fama de mujeriego serial. Su primera conquista mediática fue Marisa Mondino, la modelo y actriz que había ganado fama por su participación en la serie “La banda del Golden Rocket” luego de protagonizar un ardiente comercial de la marca de cigarrillos Phillip Morris. Era una de las chicas del momento. Era morocha. Y era de Mauricio.

Pero la historia no prosperó luego del secuestro de Macri en agosto de 1991. La explicación oficial señala que el heredero de Franco vivió unos meses de depresión tras esa vivencia traumática y que eso enfrió la relación con la modelo.

Pero la razón verdadera puede ser otra. Porque en el verano de 1992, por esa misma época, Mauricio conoció a Isabel Menditeguy en un casamiento, y ya no se lo notaba nada deprimido.

Mondino tiempo después terminaría en los brazos de Aníbal Ibarra, el hombre que le ganó a Macri la elección a jefe del Gobierno porteño de 2003. Raras casualidades.

Isabel, la segunda esposa de Mauricio, también es hija de un corredor de autos y además polista, “Charly” Menditeguy, otro portador de un apellido con alcurnia.

Ella le hizo notar esa prosapia a Franco Macri cuando el patriarca pidió que firmara un contrato prematrimonial antes de casarse con Mauricio:

–Los Menditeguy no firmamos contratos, no los necesitamos para que confíen en nosotros.

Solo le faltó agregar: “Tano patasucia”.

La intención de Franco era evitar que su fortuna peligrara en caso de un futuro divorcio y la consiguiente división de bienes. Pero tuvo que retroceder con su pedido cuando la novia amenazó con suspender la boda. Mauricio le juró a ella que todo había sido un disparate de su padre y que él no lo avalaba. Por el bien de la relación, ella eligió creerle.

El escándalo en ciernes se solucionó con discreción y finalmente Mauricio e Isabel se casaron casi en secreto en la quinta de los Macri en Polvorines, un tiempo más tarde de lo que habían acordado originalmente, en diciembre de 1994. Ella tenía 31 años y él andaba por los 35.

Macri le explicó así el carácter clandestino de esa ceremonia a la revista Gente:

–Me casé en secreto porque hay cosas que son mías, íntimas. Además, yo ya tengo hijos. Me caso por segunda vez y a ellos no los hace felices.

De luna de miel se fueron a Punta del Este, pero acompañados por el hijo de él, “Caíco”, de 5 años por entonces. A ella le llamó la atención.

Isabel era una chica de tapa, y también morocha. De muy joven había trabajado como modelo en Nueva York y París, además de estelarizar el sugerente comercial que en los años 80 lanzó al mercado el Ford Sierra.

Además, había noviado con el empresario Ricardo Manoukian, el mismo que fue secuestrado y asesinado por la banda de Arquímedes Puccio, quien años después sería interpretado en la ficción por Alejandro Awada, el cuñado del Presidente.

Cuando Yvonne, la ex de Mauricio, habla de su pasión por “tunear” a las mujeres no es difícil reconocer a Menditeguy como un caso testigo: luego del casamiento, sus curvas se fueron haciendo más pronunciadas, sus labios más carnosos y sus pechos más turgentes. Parecía una muñeca inflable.

–La mujer más linda de la Argentina es mía –se felicitaba él.

Y la acompañaba a probarse vestidos sugerentes a la tienda top Menage à Trois, donde le pedía a la diseñadora que acentuara el cavado de los escotes.

Eso sí, a cambio de esa metamorfosis su marido dejaba que ella tomara muchas decisiones. La casa a la que se mudaron en Barrio Parque, sobre la calle Rufino de Elizalde, fue íntegramente redecorada por ella, que no compartía el gusto de su antigua moradora, la escritora Victoria Ocampo.

Además, Isabel fue clave para que Mauricio tomara distancia de Franco, el absorbente patriarca que había pretendido hacerle firmar un papel indigno.

Así lo explicó el hijo en una entrevista: “Isabel empezó a marcarme que no podía tener semejante simbiosis con mi padre. Fue quien me hizo ver que yo debía tener espacios propios y tenía que obligarlo a que él tuviera los suyos. Porque también mi padre vivía a través mío. En mis primeros años con Isabel, él quería que siempre veraneáramos juntos. Que pasáramos el fin de semana juntos en la quinta que aún compartimos. Siempre fue un hombre muy absorbente. Isabel me ayudó a entender, y después me ayudó a tomar una distancia. Y cuando empecé a tener autonomía, empezaron los choques... Separarme de mi viejo yéndome de la empresa familiar fue la decisión más difícil que tomé en mi vida. Pero fue un paso muy importante”.

En 1997, con menos de tres años de casados, Isabel y Mauricio tuvieron su primera pelea importante. El la reconquistó con un largo viaje por Europa, durante el cual tuvo que desatender su trabajo en Boca.

Antes de eso, había hecho catarsis con la revista Gente:

–A mí me gustaría que cuando llego del trabajo ella esté en casa. Pero por el momento me parece que no lo voy a lograr.

Isabel se dejaba “tunear”, pero imponía sus condiciones. Era un trofeo, no un ama de casa.  Mauricio debía entender que las mujeres no estaban en un plano secundario, a pesar de lo que ella le había dicho a Nancy Pazos en el comienzo de este capítulo.

Cuando él saltó de Boca a la política, en las elecciones porteñas de 2003, Menditeguy decidió ocupar el lugar de copiloto. Después de todo, había estudiado Ciencias Políticas en la Universidad de San Andrés y se consideraba más preparada que su marido. Primero empezó a señalarle las lecturas obligatorias de los autores del rubro: Sartori, Sabine, Weber, Bobbio y Fukuyama, entre otros. Ella le subrayaba los párrafos más interesantes para ahorrarle la tarea. También lo llevó al departamento del sociólogo Torcuato Di Tella, quien le habló largamente sobre historia y peronismo.

De pronto, la muñeca inflable se había convertido en Maquiavelo.

Cuando él ganó su banca de diputado nacional en 1995, Isabel consideró que era un bien ganancial. Se aparecía a diario por su oficina del Congreso y generaba revuelo entre los empleados. ¿Debían obedecerle a ella o consultar primero con Mauricio?

Diego Santilli, el actual vicejefe del Gobierno porteño, fue uno de los que vivieron esa situación.

Me contó:

–Isabel llegaba a la oficina de él y empezaba a mandonear a todos. Era algo tremendo.

–¿Y Macri? –le pregunté.

–La quería matar –sonrió Santilli–. Estaba entre el polvo y el asesinato.

Jaime Durán Barba, el gurú ecuatoriano del Presidente, también recuerda el impetuoso estilo de Menditeguy.

–Isabel en eso era lo contrario a Juliana –me dijo–. Se sentía como la que debía manejar a Macri.

Lo raro es que la resistencia de Mauricio a ese tironeo fuese relativa. Había desarrollado cierta dependencia psicológica –o tal vez fuese simple comodidad– que mantenía a Isabel al mando de muchos de sus movimientos.

Sin embargo, al poco tiempo de convertirse en diputado, todo terminó. Después de más de diez años de matrimonio sin hijos.

La razón no fue la política, sino los celos.

Menditeguy sospechaba de una infidelidad y decidió investigar a su marido.

Primero llamó a la agencia de seguridad Kroll Associates, una firma norteamericana con oficinas en Buenos Aires.

Un ex directivo de Kroll me confió:

–Llamaron sus abogados, pero no aceptamos el trabajo porque había un conflicto de intereses que nos impedía hacerlo.

–¿Cuál conflicto? –le pregunté.

–Llevábamos años trabajando para Socma –explicó el ex directivo–. Nos había contratado Franco Macri después del secuestro de Mauricio.

–¿Sabe si Menditeguy contrató a otra agencia?

–Sí, eso me consta. Lo hizo seguir a Macri porque sospechaba de él.

A juzgar por el trámite de divorcio que luego inició ella, los agentes contratados por Isabel encontraron evidencias comprometedoras.

En agosto de 1995 se separó de Mauricio, a pesar de que él mantenía esperanzas en los reportajes que daba. A la revista Noticias le dijo: “Hay algunos que operan, meten cizaña en mi separación, dicen que Isabel ya tiene un novio, que yo salgo con tres mujeres al mismo tiempo, están pendientes de cazarme in fraganti. Procuran debilitarme y dañarme... Y la verdad es que todo puede ocurrir y por ahí en un tiempo más, quién te dice, Isabel y yo nos reconciliemos. Al menos eso es lo que yo pretendo”.

Pero ya no hubo reconciliación.

En la nota, el periodista que lo entrevistó, José Antonio Díaz, apuntaba con buena información: “El dato del escándalo habría sido nada menos que el de un affaire amoroso de Macri con la esposa de un diplomático italiano”.

Algunos meses después de la separación, Macri presentó a su nueva novia, “Malala” Groba. Era la ex mujer del diplomático italiano Vicenzo Palladino, quien trabajó en la embajada de ese país en Buenos Aires.

El dato de Díaz era bueno.

El propio Macri ensayaba un mea culpa cuando se apagaban los grabadores de los periodistas:

–Sin Isabel me siento perdido. La separación me obliga a replantearme cómo me porté como esposo y como padre.

Volviendo al conflicto de la división de bienes, las especulaciones hablaban de una cifra de entre 15 y 50 millones de dólares, según cuál fuera la fuente. Incluso algunos sugerían que ese monto no salió del patrimonio de Macri, sino de los aportantes de la campaña porteña del PRO. Ese viejo mito desmentido por el macrismo lo mencionó la periodista Nancy Pazos en un capítulo anterior.

La división de bienes de Macri tiempo después también le interesó al gobierno K. En la campaña de 2007, en la que él aspiraba a ganar la intendencia porteña, se lo pregunté.

–Decían que la Side había intentado acercarse a su ex mujer, Menditeguy, para tener detalles de su separación –le señalé.

Macri minimizó el asunto:

–A mí Isabel no me dijo nada. La verdad es que no veo que puedan hacer nada. Porque con Isabel, más allá de que lamentablemente como matrimonio no fuimos para adelante, nos separamos muy respetuosamente.

Claro, los acuerdos millonarios suelen generar respeto entre las partes.

¿Por qué husmearían los agentes kirchneristas en la división de bienes? Porque tirando de esa piola evidentemente podían echar luz sobre el verdadero patrimonio de Macri, al margen de la suma que declara ante los organismos de control del Estado. Pero Isabel no habló con ningún espía.

Es hora de referirse a María Laura “Malala” Groba, la mujer que reemplazó a Menditeguy. Aún era la esposa del ya mencionado diplomático italiano Palladino –el padre de su hijo– cuando se topó con Macri en un gimnasio de Punta del Este. Ocurrió en el verano de 2005 y el flechazo fue inmediato.

A tono con la nueva época, “Malala” lucía una belleza más refinada y “hippie chic” que la de su curvilínea antecesora, y también se mostraba más dócil. Solo compartían el color de pelo. Después del huracán Menditeguy, ella parecía justo lo que Macri estaba necesitando: una primera dama discreta y elegante para acompañarlo en su cargo de jefe del Gobierno porteño. Nacida en Recoleta y egresada del colegio Jesús María, “Malala” habla francés, inglés e italiano y en su juventud estudió arte y pasó por una breve etapa punk. Cuando empezó a mostrarse junto a Macri andaba por lo 38. Sin embargo, él dejó pasar tres años antes de comenzar la convivencia en el departamento de Avenida del Libertador y Tagle, en Barrio Parque.

Una vez que se mudaron juntos, en 2009, la historia empezó a complicarse. No congeniaban en el día a día como lo habían hecho en la época previa de “cama afuera”.

Hasta sus amigos lo notaban. Una vez, “Nicky” Caputo se peleó con él por hablarle mal de “Malala”.

Después se justificaría:

–Es que a esa chica no la bancaba nadie.

El propio Mauricio veía que aquello se disolvería en el corto plazo: “Malala”, le decían sus amigos de confianza, no era “para casarse”. Y él les pedía a todos que le buscaran nueva candidata. A la esposa del actor Martín Seefeld solía preguntarle:

–Valeria, ¿no tenés a nadie para presentarme?

Nancy Pazos, quien compartió numerosas veladas con Macri y sus sucesivas morochas, también es lapidaria:

–La que era medio aparato es “Malala” –me confió–. No tenía ni un poquito de sentido del humor.

En diciembre de 2009, Mauricio le pidió a ella “un tiempo”, el eufemismo que se usa para suavizar una separación.

Para esa época ya había conocido a Juliana Awada, también en un gimnasio, el exclusivo Ocampo Wellness Club de Barrio Parque. Y también ya había cenado con ella en casa del actor Seefeld y su mujer, como se contó en otra parte del libro. Ninguno de los dos estaba soltero.

Lo curioso es que “Malala” también se ejercitaba en el Ocampo. No era amiga de Awada, pero solían hablarse.

Y otro habitué del Ocampo, pero en un horario distinto, era Bruno Barbier, el empresario belga con el que convivía Juliana hasta entonces.

Sí, todos juntos y revueltos en el mismo gimnasio.

Dos meses después del impasse pedido por Mauricio, “Malala” se enteró por la prensa de su nueva conquista.

Pero no dejó de ir al Ocampo.

El profesor de danza del lugar, Javier Valencia, me contó que las dos, “Malala” y Juliana, siguieron participando de sus clases aun después de lo ocurrido.

–Es cierto que no se hablan –me explicó–. Una está acá, la otra allá y no se cruzan. Tampoco es que se pueda hablar en medio de la clase…

–¿Y antes o después? –pregunté.

–No, nada –dijo Valencia.

“Malala” no abandona ese incómodo ámbito compartido porque considera que debería hacerlo quien está en falta.

Ella no engañó a nadie.

La separación con Macri después de enterarse por el periodismo de que él andaba con otra fue traumática.

Él le dio un plazo para que abandonara el departamento de Avenida del Libertador y Tagle después de casi vaciarle esa propiedad.

–Si le dejó la tele es mucho –me contó una amiga de “Malala”.

Como compensación por los años compartidos, cuentan que él aceptó comprarle un nuevo hogar. En el apuro por irse, ella terminó eligiendo un dúplex frente a la embajada de Estados Unidos, sobre la calle Kennedy, en Palermo. Pero cuando se estaba por cerrar la operación y vio lo que debería pagar de expensas casi se canceló todo.

Sin embargo, era tarde: la plata enviada por su ex ya había llegado a la escribanía.

A pesar de ese gesto de despedida, “Malala” sigue diciéndoles a sus amigas que Macri es un amarrete de los peores.

–Me desvalijó –exagera.

El método de compensar a las ex con un bien inmueble fue patentado por el padre, Franco, aunque con mejores modales.

Juliana Awada, la sensual empresaria y diseñadora de moda que desplazó a “Malala”, fue quien terminó transformando a Macri. Sus colaboradores describen un antes y un después de la llegada de ella. Lo ven más humano, relajado y comprensivo. Por primera vez expresa sus sentimientos y se muestra cariñoso en público con una pareja. La llama “la hechicera”, o también “Ju”. Y ella, “fashionista” consumada y dueña de una elegancia net, a tono con los tiempos que corren, se luce a su lado.

Toda una “it girl”.

El gurú Durán Barba me dijo:

–Juliana lo cambió. Ella y el nacimiento de su hija Antonia, que fue una revolución interior para Mauricio. Fue retomar la ilusión de la vida con una niña, siendo él un “padre abuelo”, arriba de los 50. Juliana y Antonia lo hicieron más optimista, más dulce. Eso de llegar a casa y que no le hablen de política...

El macrista Diego Santilli, ex de la volcánica Nancy Pazos, también escuchó una frase parecida de boca de su jefe Mauricio.

–Mirá, yo no me quiero meter entre vos y Nancy –le dijo–. Pero me parece que lo mejor para vos sería estar con una mujer que te hable de otras cosas cuando llegás a casa, que te escuche, que el hogar sea un relax…

Al poco tiempo, Santilli se separó.

–Mauricio fue un gran consejero mío en la separación –me dijo–. Fue la primera mía, él ya tuvo tres…

Durán Barba me siguió contando:

–En los estudios cualitativos que hacemos, los llamados focus groups, Juliana transmite una imagen de sencillez y candidez, lo contrario de la soberbia de Cristina Kirchner, por ejemplo.

–Dan una imagen de familia feliz –le dije.

–Exacto –contestó el consultor estrella de Macri–. Si un candidato se muestra feliz y cariñoso con su mujer y su hija, la gente dice: “No debe ser tan malo el tipo”.

–¿Qué más dicen los focus groups sobre ella?

–La gente la ve solo como esposa y eso da mucha tranquilidad. No la perciben como una amenaza, como una posible candidata. Muchos recordaban malas experiencias de parejas del pasado, Perón-Perón, el pingüino y la pingüina, cosas que no habían salido bien…

–Y con Juliana eso no se da.

–No, para nada. Con ella, la gente dice: “Qué bueno, no va a ser candidata esta”. “Esta no va a ser presidenta nunca”.

–Lo mejor que tiene es estar lejos de la política...

–Totalmente. La gente no ve bien a las parejas políticas, en la que el jefe pone a la esposa porque él ya no puede ser candidato...

Antes de transformar a Macri en un candidato querible, Juliana tuvo que pasar por un período de prueba, los largos meses en que él seguía manteniendo la relación en secreto. “Pomi” Baker, la madre de ella, se estaba impacientando.

–¿Y qué espera para formalizar? –la acicateaba a Juliana.

–Mamá, no te metas...

La primera vez que lo vio, antes de que el amorío fuera blanqueado, “Pomi” le dijo a él:

–Vos no te hagas el vivo con mi hija porque te corto los huevos, ¿entendiste?

Juliana luego contó en una entrevista:

–Mauricio se encargó de tranquilizarla a mamá, a los dos meses me propuso matrimonio.

La primera nota en la que oficializó a su novia se la dio a la revista Gente, aunque aún conservaba un aire impertinente.

–Usted, nunca una rubia. Todas sus parejas son altas, flacas y morochas –le señaló el periodista.

—Sí, con Juliana eso es indudable. ¿Vos decís que me gusta lo autóctono? –se rio Macri.

Ella habló de la breve convivencia:

–En estos meses nunca tuvimos un problema. No es el típico hombre que deja algo tirado, o que ronca.

–¡Ella ronca! –se burló Macri.

–¡Mentira! –desmintió la novia–. Es muy bueno convivir con él. Cuando empezamos a salir, tenía otra imagen. Ahora me encanta, tiene muy buen humor… Y también es cariñoso, humilde y sencillo.

Ningún jefe de campaña lo hubiera dicho mejor.

Los novios dieron el sí en noviembre de 2010. Primero en el complejo Costa Salguero, en la Costanera, con una ceremonia a domicilio que dirigió un fiel funcionario del Gobierno porteño de Macri, el director del Registro Civil de la ciudad, Alejandro Lanús.

El hombre le alcanzó un pañuelo de papel a la emocionada novia y luego escuchó la que acaso es la frase más recordada de la carrera de Mauricio:

–Gracias, negrita mágica, única y hechicera. Ahora puedo decir: estado civil, feliz.

En medio de todo, las madres de los novios, “Pomi” Baker y Alicia Blanco Villegas, se pusieron a conversar. Una periodista indiscreta escuchó cómo la segunda intentaba tranquilizar a la primera.

Esto le dijo Alicia a “Pomi”:

–Mauricio cambió mucho. Está madurando y proyectando su futuro.

Luego vino la fiesta en Tandil, en la que Mauricio casi dejó viuda a Juliana al tragarse el bigote de utilería que usó en su imitación de Freddie Mercury, su referente rockero. Empezó a toser sobre el escenario y el público no entendía si se trataba de una broma. Hasta que las primeras risas se transformaron en pánico mientras el falso Mercury se tomaba la garganta y hacía gestos desesperados con las manos.

–¡Se está ahogando!

Fue una suerte que entre los ministros invitados estuviera Jorge Lemus, el de Salud, quien con diligencia le alcanzó un vaso de agua al cantante y le ordenó tragar el bigote para que el aire volviera a pasar a sus pulmones.

–Casi me perdés –se rio Macri mientras recuperaba el aliento y Juliana se abrazaba a él.

La luna de miel también fue accidentada: un viaje de placer por Colombia y México, pero con una parada impensada en el club nocturno Mix Sky Lounge, en Cancún, donde los novios posaron sonrientes junto a Gabriel Conde, socio de quien regenteaba ese lugar de dudosa fama, Raúl Martins. Conde era hijo del ex vicepresidente de Boca –de ahí su relación con Macri– y el mencionado Martins, un ex integrante de la Side a quien se acusaba de proxeneta en la Argentina. La foto se filtró a la prensa y desató un escándalo.

¿Qué hacían Macri y Awada en el club de un personaje de ese tenor?

Para colmo, ese local de Martins fue clausurado semanas después, luego de una denuncia que indicaba que allí se prostituían mujeres. ¿Juliana no las notó?

Macri explicó, exaltado, que no sabía nada de Martins y que pasó solo diez minutos por el local a saludar a su amigo Conde.

–Era un lugar totalmente normal –dijo–. No me pareció muy lindo, pero parecía un boliche común…

La propia hija del acusado, Lorena Martins, había asegurado que el ex espía poseía una red de prostíbulos en la Argentina y México, y que además había aportado dinero en negro a las campañas electorales del PRO. Era una denuncia fuerte y difícil de probar, pero explicaba la polémica foto.

Menos de un año después de ese viaje, en octubre de 2011, nació la pequeña Antonia Macri. Desde sus primeras horas de vida se convirtió en una celebrity. Su padre subió en tiempo real una foto a su cuenta de Twitter en la que mostraba a la beba con el cordón umbilical aún sin cortar, y desde entonces ya no paró: Antonia con la boleta electoral de papá, o en el sillón de Rivadavia, o con el Papa Francisco en el Vaticano, o en un almuerzo de Mirtha Legrand... Antonia para todos, como pieza fundamental del merchandising proselitista de su progenitor.

La nena con más exposición de la Argentina tiene una media hermana, Valentina, de 13 años, la hija de Juliana y el empresario belga Bruno Barbier. Pero, a diferencia de Antonia, a ella no la muestran en tiempos de campaña, por pedido expreso de su padre. Tampoco a los tres hijos mayores de Mauricio, Agustina, Gimena y “Caíco”, él los expone tanto.

–¿Por qué sus otros hijos tienen una visibilidad tan distinta de la de Antonia? –le preguntaron en un reportaje al Presidente.

–Porque Antonia todavía no tiene vida propia. Cuando la tenga… –contestó Macri, dando a entender que hasta su mayoría de edad podría seguir usándola como arma proselitista.

Y luego agregó, magnánimo:

–Pero me he comprometido con “Ju” y con mis hijos mayores a que ella va a poder elegir.

Está claro que el tema preocupa a los hermanos.

En julio de 2017, Macri contó en un acto de la campaña legislativa que la nena, que estaba por cumplir los 6 años, seguía haciendo colecho con sus padres en la cama matrimonial.

–No la pude sacar todavía –dijo–. En realidad, no quise. Cuando se vaya voy a sufrir...

En el mismo acto en Santa Fe contó que por las madrugadas él se levantaba e iba al baño “para hacer una parada técnica”.

Y que mientras orinaba se decía a sí mismo:

–Soy Presidente... ¡Qué responsabilidad!

Macri en campaña suele ser todo un personaje.

Ya se mencionó antes lo importante que fue Juliana para que él se iniciara en el camino de la espiritualidad new age, con El Arte de Vivir y la “armonizadora” budista a la que consulta. Lo que no se sabía es que, además de meditar junto a él, la primera dama también le habla de las cuestiones del poder real, no solo el divino. Mauricio prefiere retratarla como su cable a tierra, la mujer que no lo molesta con temas de la política cuando él llega a casa, pero lo cierto es que se trata de una verdad a medias. Para los funcionarios, Awada es “la Turca”, la mujer que envuelve al jefe con sus artes de seductora y la que con un simple comentario dicho en el momento justo, como al pasar, puede convencerlo o disuadirlo de decisiones clave.

–Ella tiene poder de veto –me confió un importante ministro del Gobierno–. Para andar bien con Macri hay que estar bien “la Turca”.

La lista de amigas y amigos que tiene en el organigrama oficial lo demuestra: la vicepresidenta Gabriela Michetti –empujada por Awada para quedarse con ese cargo–, la gobernadora María Eugenia Vidal, el intendente Horacio Rodríguez Larreta, la ministra Carolina Stanley, de Desarrollo Social, Francisco Cabrera de Producción, Guillermo Dietrich de Transporte, Germán Garavano de Justicia y el jefe y la vicejefa de los espías, “el Negro” Arribas y Silvia Majdalani, una vieja amiga de la madre de Juliana.

La primera dama, que irradia una imagen tan cándida, detrás de escena es una gran influyente. Jamás discutirá con Macri sobre la tasa de interés, el valor del dólar o las inversiones, porque de eso no sabe ni le interesa saber. Pero sí señala actitudes, elogia apariciones en los medios, desaprueba supuestas traiciones... Todos los colaboradores del Presidente están a merced de su pulgar, que puede hacerlos subir o hundirlos. Mauricio confía en la intuición de su “hechicera”.

Carlos Oviedo Montaña, el conocido ex vocero del PRO, me dijo:

–Juliana tiene amigos en el Gabinete, pero a la vez impone algo monárquico, una distancia entre Macri y los funcionarios.

–¿Le temen?

–Saben que Macri es de ella, no se le pueden acercar así nomás. Cuando está con ella en algún acto, los otros mantienen la distancia.

Según el ex vocero, Macri escucha con atención las críticas de Juliana a quienes ella señala como “figurettis”. Awada dice que el contacto debe darse “entre Mauricio y la gente”.

Ella también fue la responsable de modernizar el look de él archivando los vetustos trajes marrones y cortándole el bigote policíaco, además de sofisticar algunas de sus costumbres: aunque Macri casi nunca toma alcohol, cuando lo hace ya no solo es cerveza mezclada con Fanta –un gusto heredado de su adolescencia en Tandil, donde la gaseosa anaranjada era la Mirinda– sino que se anima a probar algún buen vino tinto.

Como su hija Antonia, también Awada cumple un papel estelar en el proselitismo del PRO. En la campaña presidencial de 2015, ella y Macri se pasearon tomados de la mano por los programas de televisión, como dos adolescentes enamorados. Y en el definitorio debate con Daniel Scioli, el candidato kirchnerista, también fue ella la que hizo la diferencia con el apasionado beso que le regaló a su marido cuando le tocó subir al escenario. Al lado de esa muestra de pasión, Karina Rabolini solo atinó a darle un tímido ósculo en la mejilla al ex motonauta. Parecían desorientados ante el show de la histriónica Juliana.

El consultor Durán Barba me contó que ese beso del final fue una iniciativa de la propia Awada, prolijamente planeada en los ensayos previos al debate.

–Fue un contraste absoluto –me dijo–. Ese beso apasionado al lado de la frialdad de Scioli y Karina Rabolini… Además, la cara de Scioli al verlo, totalmente desencajado.

–Les salió bien –lo alenté.

Durán Barba no podía disimular su excitación:

–¡Y además, Karina Rabolini que se le acercó por el lado del brazo ortopédico a Scioli! ¡Y la forma torpe en que ellos se abrazaron, todo un desastre!

Antes de que se convirtiera en un plus para la campaña, Awada debió pasar por un intensivo media coaching.

–¿Y vos qué decís? –le preguntó ella a Durán Barba–. ¿Me tengo que “coachear”? No me gusta mucho hablar de política...

–No lo hagas –le contestó el gurú ecuatoriano–. No hables de política, solo di lo que piensas.

–Pero me gustaría ayudarlo a Mauricio –dijo Juliana.

Durán Barba respondió con tono zen:

–Entonces sé lo que eres, una mujer que apoya a su marido. Con eso está bien.

El media coaching al que se sometió Awada no pretendía convertirla en un cuadro político –nada más lejos de ella–, sino ayudar a que se soltara.

El gurú me dijo:

–Al principio ella transmitía cierta imagen de desagrado en la televisión, la incomodaba que le hicieran preguntas, estaba nerviosa. Se trabajó en eso y salió bien.

La función de Juliana hoy es ser la cara de la tarea social de un gobierno con fama de ajustador, algo que no resulta sencillo. La Evita del PRO hace raudas incursiones en la Argentina profunda, se saca fotos en medio del barro y en los comedores infantiles y a veces invita a los chicos a conocer la Quinta de Olivos. Su amiga, la ministra Carolina Stanley, la suele acompañar.

Aunque Macri, a partir de Juliana, ya no es el machista de sus años mozos, a veces sufre alguna recaída. Hace pocos años desarrolló en público esta teoría: “En el fondo, a todas las mujeres les gustan los piropos. A aquellas que dicen que no, que 'me ofende', no les creo nada. Por más que digan alguna grosería, como 'qué lindo culo tenés'”.

Luego debió disculparse ante las críticas que generó la reflexión. Y dijo que una de sus hijas –no precisó cuál– lo había retado, al igual que la gobernadora Vidal.

Juliana no. Acaso ella aprueba que Macri piropee su trasero.

Hoy también se la ve “tuneada”, sin llegar a los excesos de una Isabel Menditeguy. Está extremadamente delgada y con los labios más carnosos. La nariz ya se la había afinado en los años 90, según dicen, con la misma cirujana plástica que operó a la ex cuñada de Menem, Amira Yoma.

Los Menem y los Awada se conocen bien. El ex presidente era muy amigo del fallecido Abraham, el padre de Juliana que al calor de los años '90 consolidó su imperio textil.

Zulemita Menem, por entonces amiga de Juliana, solía señalarlos:

–Estos se llenaron de plata con papá.

Si a Macri se lo acusa de machista, también hay que decir que defiende a las mujeres de la familia cuando cree que algún rufián busca su dinero. A sus hermanas, Florencia y la ya fallecida Sandra, las convenció de que dejaran el manejo de sus acciones de Socma en manos suyas y de Mariano y Gianfranco, los hijos varones de Franco, y que depositaran otra parte en un fondo fiduciario en un paraíso fiscal. De esa manera, les explicó, evitarían que algún candidato cazafortunas pudiera aprovecharse de ellas. Esa misma palabra es la que en público usó Franco Macri para definir al marido de Sandra, el exótico parapsicólogo Néstor Daniel Leonardo. Y también uno de los novios que tuvo la rebelde Florencia estaba en la mira del patriarca y sus hijos varones: Nicolás Barlaro, un joven condenado a tres años de prisión por su participación en el secuestro de Ariel Strajman. La Justicia lo culpó por encubrimiento. Pero a Florencia, que había sufrido su propio secuestro en 2003, ese detalle no parecía importarle.

Por eso, lo mejor era poner la plata de las chicas Macri a salvo.

Lo que no sabía Mauricio es que el mismo Barlaro, unos cuantos años antes de noviar con su hermana Florencia, había salido con la adolescente Juliana Awada. Fue a fines de los años 80. Él era un muchacho que repartía tarjetas para discotecas de moda a la salida de los colegios y ella cursaba el secundario en el desaparecido Chester College del barrio de Belgrano.

Un amigo de Awada minimizó el tema:

–Alguna vez habrán ido a tomar un helado –me dijo–. La cosa no pasó de eso.

–¿Macri sabe? –le pregunté.

–Obvio –dijo el amigo de Awada–. Ella se lo contó.

Pero lo cierto es que, según otras fuentes consultadas, el Presidente no estaba al tanto.

Sí, Juliana es una caja de sorpresas.

Los Macri son cuidadosos con su patrimonio cuando se trata de dividir bienes tras una separación. Mariano, uno de los hermanos menores de Mauricio, también pasó por un divorcio difícil. Fue con la explosiva Marie France Peña Luque, quien se cansó de investigar las propiedades de su ex. Al parecer, entre los hermanos tuvieron una idea: que Mariano transfiriera parte de su fortuna a las cuentas de los otros Macri, incluido Mauricio, para que la mujer no pudiera quedarse con el 50 por ciento del total. Dicho y hecho, Mariano se declaró insolvente y dijo que sobrevivía con un préstamo de Socma, el holding de la familia. Marie France llegó al extremo de iniciarle un juicio por alimentos al padre de su ex, Franco, que debía hacerse cargo de sus nietos.

Cuentan, además, que ella lo conocía muy bien al patriarca del clan desde antes de que comenzara la relación con su hijo.

Desde esa misma época hay un entuerto judicial entre Mariano y Mauricio que los menos informados atribuyen a una disputa comercial en Brasil, donde fueron socios en algunos emprendimientos.

Nancy Pazos, en cambio, escuchó otra hipótesis negada por el PRO:

–Amigos de Mauricio me dijeron que el pleito es por la plata que su hermano le dio cuando se estaba divorciando. Parece que parte de esa guita luego nunca volvió a manos de Mariano.

En el historial del Presidente no podía faltar un breve altercado con otra morocha, Natasha Jaitt, la mediática vedette asumida como prostituta vip. En 2011, Jaitt reveló que el entonces jefe del Gobierno porteño le “pagó por sexo”. La suma: 15 mil pesos.

Hasta describió el departamento del anfitrión:

–Las paredes del baño eran acolchadas –dijo, y no dio más precisiones sobre el encuentro cercano.

Tras el revuelo por sus dichos y la dura respuesta de los voceros del PRO, volvió sobre sus pasos.

–Fue un paso de comedia. Por favor desmiéntanlo, que me van a mandar a matar –se corrigió entre risas.

Pero no sonó gracioso.

Jaitt es la misma que hace poco fue noticia por un sórdido affaire extramatrimonial con el Diego Latorre, el comentarista y ex futbolista de Boca.

Falta mencionar al primer amor que Macri tuvo en su tierna adolescencia en Tandil. Ella se llama Carolina Elissondo y quien la presentó en sociedad hace un tiempo fue el mediático Mauricio D'Alessandro, quien compartió su juventud con el hoy Presidente.

Los dos Mauricios estaban juntos en el programa de televisión del periodista Fabián Doman, que le preguntó a Macri:

–¿Quién fue tu primera novia?

–Preguntale a él –lo señaló Macri a su amigo y tocayo.

Y D'Alessandro soltó el nombre de la chica al aire.

Poco después, una joven abordó al abogado mientras hacía un trámite en el banco:

–¡Mi mamá te quiere matar! ¡La quemaron en la tele!

–¿Y vos quién sos? –le preguntó D'Alessandro.

–La hija de Carolina Elissondo –dijo la chica.

Los dos rieron.

La hija le dijo a D'Alessandro que su madre no estaba enojada, pero que le costaba acostumbrarse a su súbita fama.

–¡La están volviendo loca!

Le pregunté a D'Alessandro sobre aquella antigua “love story” de la que él fue testigo.

–Mauricio tenía 13 o 14 años –me dijo–. Duró poco, unos seis meses.

–¿La chica era rubia o morocha?

–Morocha. Y muy linda.

–¿De familia rica?

–Sí, pero no tanto... Un campo de 2000 hectáreas tienen, pero entre cinco hermanos.

–¿Macri estaba enamorado?

–Él dice que sí.

La morocha de Tandil fue la que le dio su primer beso a Mauricio. No sirvió para ganar un debate presidencial, es cierto, ni tampoco ilustró la tapa de alguna revista del corazón.

Pero fue el primero. Y eso no se olvida.

 

* Extráido del libro "La cabeza de Macri" (Planeta, 2017)

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