Mameluco Villalba (CEDOC)

Mameluco Villalba tendrá película: del narco a la pantalla

La vida del creador del narcomenudeo, hoy preso en Ezeiza, llegará al cine con productores de "Monzón" y "El clan Puccio".

Hay historias que empiezan en un expediente judicial y terminan en una sala de cine. La de Miguel “Mameluco” Villalba está en ese punto exacto: un cruce incómodo entre la crónica policial más áspera y el lenguaje seductor del espectáculo. Ahora, su vida —marcada por el delito, el poder barrial y el ruido mediático— se prepara para dar el salto a la pantalla grande, con un equipo que ya demostró cómo convertir tragedias reales en relatos de alto impacto.

En los pasillos del INCAA el proyecto circula como un secreto a voces. Detrás están los productores de Monzón, El clan Puccio y Barreda, expertos en narrar el crimen sin anestesia. Con ese respaldo, Mameluco deja de ser solo un alias pesado en los prontuarios para convertirse en personaje. Pero a diferencia de otros casos, su historia todavía no terminó: sigue escribiéndose, en tiempo real, entre tribunales y pabellones de máxima seguridad.

Hoy Villalba está detenido en la Unidad Residencial 6 del Complejo Penitenciario Federal de Ezeiza, dentro del circuito de internos de alto perfil. Desde ahí no solo atraviesa sus condenas —unificadas en 27 años— sino también un nuevo juicio que vuelve a poner su nombre en el centro de la escena.

El expediente que ahora lo persigue tiene un peso difícil de narrar sin estremecerse: la comercialización de cocaína adulterada con carfentanilo que provocó 24 muertes y más de 80 internaciones en febrero de 2022. Puerta 8, en Tres de Febrero, quedó como una postal brutal de ese episodio. Un territorio donde la droga circuló como siempre, pero esta vez con una potencia letal.

El juicio oral, a cargo del Tribunal Oral Federal N°5 de San Martín, no busca probar homicidios directos, sino reconstruir cómo funcionaba la maquinaria: quién cortaba, quién distribuía, quién protegía. En el banquillo hay 39 imputados. Entre ellos, su hijo Iván “El Salvaje” Villalba y otros nombres que integraban una estructura que, según la fiscalía, seguía operando incluso con su líder tras las rejas.

La acusación describe una organización con capas: venta en villas, logística, contactos policiales y mando desde la cárcel. Una red que no solo sobrevivía a los golpes judiciales, sino que se reorganizaba. Incluso después de la tragedia, según la investigación, la venta continuó. Como si nada hubiera pasado.

En ese punto, la historia se vuelve casi cinematográfica por sí sola. Escuchas telefónicas, órdenes cruzadas, traiciones internas. En una de ellas, Mameluco reconoce que la droga había salido a la calle, pero asegura haber ordenado retirarla tras los primeros intoxicados. Demasiado tarde.

El material para la película no se agota ahí. Hay un archivo más íntimo: “Yo, Mameluco”, el libro construido con manuscritos que el propio Villalba escribió en prisión por Soledad Ramirez. No son declaraciones públicas ni versiones filtradas. Es su voz, en primera persona, tratando de ordenar —o justificar— una vida atravesada por el delito. Ese material fue el disparador del proyecto audiovisual.

Pero la biografía del personaje tiene más capas. En 2004 fue condenado por liderar una banda narco en la Villa 18. En 2009 recuperó la libertad y ensayó un giro improbable: lanzarse a la política. En 2010 irrumpió en el Concejo Deliberante de San Martín con medio centenar de seguidores. Quería ser intendente. El experimento duró poco. En 2011 volvió a caer preso, en el mismo territorio que soñaba gobernar.

La trama familiar refuerza la lógica de clan. Hermanos, hijos, allegados: varios fueron condenados o investigados en las mismas causas. Una estructura que operó durante años, expandiendo su influencia en distintos puntos del conurbano. Y que, según la Justicia, no solo se sostuvo por su propia organización, sino también por vínculos con sectores de la policía bonaerense, a través de sobornos y filtraciones de operativos.

La violencia interna también aparece como parte del relato. Ajustes de cuentas, ejecuciones, disputas por dinero. En esa lógica, la organización no solo vendía droga: administraba el miedo.

Y después está el capítulo más mediático: el caso Candela. El crimen de la nena de 11 años en 2011 que paralizó al país. Villalba fue investigado, trasladado para declarar y lo negó todo. Fue absuelto. Pero su nombre quedó pegado a esa historia como una sombra persistente. “El pacto de silencio sigue”, dijeron los jueces. Una frase que parece escrita para un guion.

Ahí es donde el cine encuentra su materia prima. No en las certezas, sino en las zonas grises. En lo que se sabe y en lo que nunca se pudo probar. En ese límite donde la realidad y la ficción se confunden.

La película, prevista para 2027, tendrá que moverse en ese terreno incómodo: narrar sin glorificar, mostrar sin simplificar. Un desafío mayor en un contexto donde el crimen real ya compite con el entretenimiento por la atención del público.

Mameluco, el hombre que nunca se sacaba el mameluco en la escuela técnica, está a punto de convertirse en otra cosa: un personaje de cine. Pero a diferencia de otros relatos, este sigue en curso. Y mientras las cámaras todavía no empezaron a rodar, la historia real —la más cruda— continúa escribiéndose en tribunales y cárceles.

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