Hay momentos en la política en los que los números dejan de ser una foto y pasan a ser una advertencia. El último informe de Opina Argentina entra en esa categoría. No porque muestre un derrumbe abrupto, sino porque confirma algo más profundo: el inicio de un cambio de clima social.
El dato más contundente es, también, el más estructural. El 62% de los argentinos cree que hoy está peor que en 2025 . No es solo una percepción económica: es una evaluación integral del rumbo. Y cuando esa sensación supera el 60%, la política entra en zona de riesgo. Porque ya no se trata de expectativas frustradas, sino de experiencia concreta.
Ese número, además, tiene un valor adicional: rompe el corazón del relato oficial. El gobierno construyó su legitimidad sobre la promesa de un sacrificio inicial con recompensa futura. Pero lo que empieza a emerger es otra cosa: la percepción de que el esfuerzo no está dando resultados visibles.
En paralelo, la aprobación presidencial confirma ese desgaste. Javier Milei cae al 35% de imagen positiva, el nivel más bajo desde el inicio de su mandato . Pero el dato clave no es solo el nivel, sino la trayectoria. Desde su pico en noviembre, la caída acumulada es de alrededor de 14 puntos, con una aceleración marcada en los últimos dos meses.
Ese ritmo de deterioro es más relevante que el número en sí. Porque indica que el desgaste no es lineal, sino creciente. Y en política, cuando la caída se acelera, el problema deja de ser coyuntural y pasa a ser estratégico.

El informe lo señala con claridad: el gobierno atraviesa su peor momento en la relación con la sociedad, con cuatro meses consecutivos de caída y un quiebre evidente en el bimestre marzo-abril . Es decir, no es un tropiezo puntual, sino un cambio de etapa.
Hay otro dato que completa el cuadro: el deterioro de las expectativas. En diciembre, el 46% creía que el país estaría mejor en un año. Hoy ese número cayó al 29% . La paciencia social —ese activo invisible que sostiene a los gobiernos en contextos de ajuste— empieza a erosionarse.
Ese es, quizás, el indicador más delicado. Porque los gobiernos no caen solo cuando la gente está mal, sino cuando deja de creer que va a estar mejor.
Sin embargo, el escenario no es lineal. El desgaste del oficialismo no se traduce automáticamente en una alternativa consolidada. La intención de voto de La Libertad Avanza cae de 44% en enero a 31% en abril, pero el peronismo tampoco capitaliza esa pérdida . Se mantiene estancado, e incluso retrocede levemente.

Esto abre un escenario más complejo: un gobierno que pierde apoyo, pero una oposición que no logra capturarlo. El resultado es un sistema más fragmentado, con crecimiento de opciones laterales como la izquierda o espacios “otros” que canalizan el desencanto.
En ese contexto, aparece un fenómeno interesante: la disociación entre malestar económico y traducción política. La sociedad empieza a expresar descontento, pero todavía no redefine su voto. Es una zona intermedia, inestable, donde todo puede moverse rápido.
La caída de la imagen de figuras como Manuel Adorni —que retrocede 16 puntos en un mes en medio de cuestionamientos— refuerza la idea de que el desgaste ya no es solo económico, sino también político . Cuando los problemas de gestión se combinan con crisis de credibilidad, el impacto se multiplica.
En definitiva, el informe de Opina Argentina no describe un final, pero sí un punto de inflexión. El gobierno sigue teniendo base, pero empieza a perder el clima. Y en política, perder el clima suele ser el primer paso para perder el control del escenario.
La pregunta que queda abierta no es si el gobierno cayó, sino si puede frenar la caída. Porque con un 62% que siente que está peor y una aprobación en retroceso sostenido, el margen para corregir se achica.
Y cuando eso pasa, el tiempo —ese mismo recurso que el oficialismo pidió al inicio— deja de ser un aliado y empieza a jugar en contra.
por R.N.















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