La muerte de Ángel, un nene de 4 años en Comodoro Rivadavia, se convirtió en uno de los casos más conmocionantes de los últimos días y expuso, además de un presunto crimen, las fallas del sistema de protección infantil. La Justicia detuvo a su madre y a la pareja de la mujer, acusados de homicidio agravado, mientras avanza una investigación marcada por contradicciones, denuncias previas y un trasfondo judicial complejo.
El chico había sido trasladado de urgencia a un hospital tras descompensarse en la casa donde vivía con su madre. Murió poco después. Las primeras pericias revelaron lesiones en la cabeza compatibles con golpes, lo que encendió las alarmas de los investigadores y llevó a que el caso fuera tratado como una muerte violenta.
Desde el inicio, la madre y su pareja quedaron bajo sospecha. La fiscalía investiga si hubo una agresión directa o algún tipo de negligencia grave que derivó en la muerte del menor. Aunque en un primer momento no había imputaciones formales, con el avance de las pruebas se consolidó la hipótesis de homicidio y se ordenaron las detenciones.
Pero el caso va más allá del hecho puntual. Ángel había sido recientemente restituido a su madre por decisión judicial, en el marco de un proceso de revinculación. Durante años había vivido con su padre, quien ahora denuncia que advirtió el peligro y que sus reclamos no fueron escuchados.
Las acusaciones se amplificaron con el paso de las horas. Familiares del niño sostienen que existían antecedentes de violencia y denuncias previas contra la madre, incluso la pérdida de la tenencia de otro hijo. También apuntan contra organismos estatales —Defensoría, Justicia y áreas de niñez— por no haber intervenido a tiempo pese a las advertencias.
El padre fue contundente: “A mi hijo lo mataron”, dijo públicamente, en una frase que sintetiza el clima de indignación que rodea al caso. Para la familia paterna, la tragedia era evitable y responde a una cadena de decisiones que priorizaron el vínculo biológico por sobre la seguridad del menor.
Mientras tanto, la investigación sigue abierta. Los peritajes buscan determinar si las lesiones fueron producto de un ataque reciente o si existía un cuadro de maltrato sostenido. También se analizan responsabilidades institucionales en el proceso que llevó a que el niño volviera a convivir con su madre.
El caso Ángel no solo plantea un posible crimen brutal, sino que reabre un debate profundo sobre cómo actúa el sistema judicial ante situaciones de riesgo infantil. En el centro de la escena ya no está solo lo que ocurrió en esa casa, sino todo lo que pasó antes. Porque, como señalan quienes conocían la historia, la tragedia podría haber sido una crónica anunciada.
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por R.N.














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