En la madrugada de este martes 7 de abril, el silencio se apoderó de la mítica pista de Pinar de Rocha, pero no por el fin de una fiesta, sino por el fin de una era. Un operativo de la Policía Bonaerense y el Grupo de Apoyo Departamental (GAD) irrumpió en el complejo de Villa Sarmiento, partido de Morón, para ejecutar una orden de desalojo y clausura definitiva. Mientras cientos de jóvenes bailaban, la música se cortó abruptamente y las luces se encendieron para marcar el desenlace de un conflicto judicial que arrastra años de deudas y tensiones inmobiliarias.

La medida, dictada por el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 40 y supervisada por la jueza María Victoria Aloé, responde a la falta de pago de alquileres por parte de la administración del boliche. El proceso judicial, que se inició durante la pandemia, ya contaba con sentencias firmes en primera y segunda instancia. Según fuentes judiciales, el establecimiento funcionaba sin un contrato formal desde hace tiempo, acumulando una deuda que se volvió insostenible para la nueva propietaria del inmueble.
Daniel Bellini, el histórico "Rey de la noche" que rige el destino del lugar desde hace 53 años, se resistió inicialmente al operativo junto a sus empleados. En declaraciones a la prensa, Bellini atribuyó el conflicto a una disputa por el valor de la tierra. Según el empresario, la actual dueña pretende vender el predio para un ambicioso proyecto inmobiliario que implicaría la demolición total del complejo. "Me pidieron 10 millones de dólares por un terreno que no vale más de cuatro", afirmó Bellini, argumentando que la inactividad por el Covid-19 golpeó severamente la economía del lugar.

El cierre de Pinar de Rocha no es solo la caída de un negocio nocturno; es el adiós a un ícono cultural de la zona oeste que atravesó más de cinco décadas de historia argentina. Sin embargo, el destino del predio parece estar sellado por las leyes del mercado: la demolición asoma como el próximo paso para dar lugar a torres residenciales, dejando atrás las cenizas de una discoteca que fue testigo de las noches más famosas del conurbano.
Con las puertas selladas y la faja de clausura en el acceso de Avenida Rivadavia, el futuro de los trabajadores y del patrimonio nocturno queda en el aire, mientras la crisis y los juicios de larga data terminan de bajar el telón de un escenario que parecía eterno.













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