El Umbral (CEDOC)

El Umbral, de Patricia Bottale: la epifanía como riesgo literario

De Cortázar a Carver, el cuento se debate entre el golpe final y la revelación íntima. Bottale eligió el segundo camino.

Un umbral es el lugar donde termina un adentro y empieza un afuera. No es ni una cosa ni la otra. La antropología lo llama liminal y Patricia Bottale lo eligió como título de su nuevo libro de relatos, que acaba de publicar Editorial Planeta. El gesto es una declaración de poética: no narrar los hechos sino el instante en que los hechos vuelven irreversible una vida.

Es una apuesta de alto riesgo. El cuento argentino tiene dos linajes. Uno es el del knock out, la fórmula de Julio Cortázar heredada de Horacio Quiroga y de Edgar Allan Poe: relojería narrativa que se cierra de un golpe. El otro es el de la epifanía, la línea que va de James Joyce a Katherine Mansfield y de ahí a Raymond Carver, donde no pasa casi nada y lo que pasa es interior. Bottale eligió el segundo. La contratapa lo dice sin rodeos: lo esencial no está en lo que sucede sino en aquello que deja huella.

Ese linaje es prestigioso y traicionero. La epifanía tiene un defecto de fábrica: repetida, se vuelve fórmula. Y la fórmula de la revelación íntima es hoy el lugar más transitado de la narrativa breve en español. Entre la resonancia y la vaguedad hay un paso. Un final abierto puede ser un hallazgo o puede ser la salida elegante de un cuento que no encontró su cierre. En 208 páginas de historias que comparten el mismo procedimiento, el peligro tiene nombre: que el lector aprenda demasiado rápido cómo funciona la máquina.

El material declarado es de alto voltaje: memoria, culpa, deseo, arte y pérdida, en relatos que cruzan distintos tiempos y geografías. Ahí aparece la segunda tensión del libro. La dispersión de épocas y lugares puede ser amplitud de registro o puede ser falta de eje. Los grandes libros de cuentos tienen una obsesión que los ordena por debajo. Habrá que ver si acá esa obsesión es el umbral o si el título funciona como paraguas de un conjunto reunido por otras razones.

A favor juega la trayectoria. Bottale no es una debutante que descubre el género. Es doctora en historia por la Universidad Católica de Rosario y dirige el taller Palabras a Bordo, en Argentina y Uruguay, desde hace más de treinta años. Investigadora y docente de escritura: esa doble condición explica su obra anterior. En Sin Rouge, su primer libro en Planeta, escribió cuarenta historias con un protagonista masculino en todos los casos. Un ejercicio de ventriloquia poco frecuente en un momento en que la literatura argentina escrita por mujeres exploraba sobre todo la primera persona femenina. En El sudor del sol, la novela de 2021, viajó a Perú a reconstruir el mundo incaico. Dos libros distintos entre sí y distintos de este. La versatilidad, en un catálogo comercial, no es un dato menor.

Hay una zona incómoda que ninguna reseña honesta debería esquivar. Los treinta años de taller son una virtud y una sospecha al mismo tiempo. El tallerismo argentino produjo obras notables y también un estándar reconocible: prosa pulida, frase corta, imagen bien colocada, oficio que a veces se paga con la pérdida del riesgo. La editorial elogia esta escritura llamándola precisa. Es un elogio ambiguo. La literatura que perdura rara vez es la más precisa. Es la más necesaria.

El contexto vuelve el gesto más interesante. El cuento es el género que menos vende y el que las grandes editoriales publican con más reticencia. Que Planeta sostenga a Bottale por tercer año consecutivo, en un catálogo donde el rubro relatos convive con Roberto Arlt y Haroldo Conti, es una decisión de fondo. Y que la única autora rosarina de ese catálogo llegue desde un taller y no desde la academia dice bastante sobre cómo se reconfigura el mapa de la literatura argentina fuera de Buenos Aires.

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