LOCUST (CEDOC)

El espejismo del LOCUST: escalada tecnológica y la postergación de lo inevitable

El cierre aéreo en El Paso expone los límites de la estrategia de EE.UU. contra el narco: más tecnología, menos decisiones.

El último incidente en el espacio aéreo de El Paso, provocado por el despliegue del sistema láser LOCUST, no es un simple error de coordinación. Es el síntoma más visible de una enfermedad profunda, y es la incapacidad estructural de Estados Unidos para tomar las decisiones duras que la guerra contra el narcotráfico exige. Este láser de energía dirigida de 20 kW, diseñado para interceptar drones en zonas de combate, fue trasplantado a un entorno urbano fronterizo sin protocolos compartidos entre el Pentágono y la FAA, provocando el cierre del espacio aéreo, pérdidas millonarias y un caos logístico que supera cualquier beneficio táctico imaginable. LOCUST no es una solución, es sólo juguete caro que patrulla el síntoma mientras la enfermedad se metastatiza.

Interceptar drones con láseres es una medida puramente reactiva. Los carteles los envían porque son baratos, descartables y fáciles de reemplazar. Por cada aparato destruido por un haz invisible de $20.000 dólares el disparo, el Cártel de Sinaloa o Jalisco Nueva Generación lanza diez más fabricados con componentes que cuestan menos que una cena en Washington. La hidra no se combate cortando cabezas desde el lado estadounidense de la frontera, sino yendo a donde están las cabezas.

Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda. México no es un aliado en esta guerra, sólo es, en términos funcionales, un Estado cómplice. La corrupción es el sistema mexicano, no la disfunción. Desde los municipios hasta los gobernadores, desde la policía local hasta las fuerzas armadas, la penetración del narcotráfico en las instituciones mexicanas es tan profunda que pedirle al gobierno de México que combata a los carteles es pedirle al gato que cuide la crema. Los testimonios judiciales, las extradiciones fallidas, las masacres impunes y la evidencia acumulada durante décadas no dejan espacio para la ingenuidad diplomática. Estados Unidos ya declaró a los carteles como organizaciones terroristas. Ahora tiene que actuar en consecuencia.

Y esta acción significa lo que Israel hace con Hamás y Hezbolá, es decir, realizar operaciones quirúrgicas de eliminación de liderazgo, destrucción de infraestructura criminal y secuestro de cuadros operativos para su enjuiciamiento en tribunales estadounidenses. Es lo que ya se hizo con figuras como Joaquín Guzmán y lo que se intentó con su hijo Ovidio. La diferencia es que debe hacerse con la sistematicidad y la contundencia de una campaña sostenida, no como operaciones aisladas subordinadas al calendario político. Si Estados Unidos puede localizar y eliminar a Qasem Soleimani en Bagdad, puede hacer lo mismo con los jefes de plaza que operan a 150 kilómetros de su frontera. La tecnología de inteligencia artificial, apenas utilizada en su potencial real para esta guerra, ofrece una ventaja asimétrica que Washington todavía no explota con seriedad. Los mismos algoritmos que rastrean redes terroristas en Medio Oriente pueden mapear, predecir y desmantelar las estructuras logísticas de los carteles con una eficiencia que ningún láser fronterizo puede igualar.

Pero la guerra no se gana solo con fuerza, ya que se debe cortar el flujo en su origen químico. El fentanilo no nace en México, sino en China. Los precursores químicos que alimentan los laboratorios de Sinaloa y Jalisco salen de fábricas chinas que operan con el conocimiento tácito de Beijing. La respuesta de Estados Unidos fue tibia con sanciones selectivas, presiones diplomáticas y comunicados bilaterales que no han reducido el flujo ni un gramo. La solución es simple y brutal, pasa por el corte total de importaciones chinas hasta que Beijing demuestre, con resultados verificables, que desmanteló la cadena de suministro de precursores. También se sumarían sanciones secundarias a cualquier país o empresa que facilite el comercio con las entidades involucradas.

Si China quiere acceso al mercado estadounidense, el precio es dejar de envenenar a 50.000 estadounidenses por año. No hay negociación intermedia que valga.

Y finalmente, la pieza que nadie quiere tocar es la legalización. No limitada a la marihuana que ya dejó de ser relevante en esta ecuación, sino total, incluido el fentanilo, y regulada como se regula cualquier fármaco. El Estado interviene en la producción, controla la dosis, exige advertencias y establece puntos de venta supervisados. Si una persona, con toda la información disponible, decide consumir cinco dosis letales de fentanilo, esa es su decisión soberana, exactamente igual que la de quien decide tirarse de un quinto piso o beber hasta destruirse el hígado. El alcohol mata más que el fentanilo y se vende en cada esquina. La hipocresía de prohibir una sustancia mientras se comercializa otra igualmente letal no tiene justificación racional; tiene solo inercia política.

La legalización no pretende resolver todos los problemas del crimen organizado. Los carteles buscarán negocios alternativos, como cualquier organización criminal. Pero lo que sí hace es eliminar el incentivo económico central, el motor de cientos de miles de millones de dólares anuales que financia ejércitos privados, compra gobiernos y corrompe instituciones enteras. Sin ese flujo de dinero, los carteles se reducen a lo que son sin la droga, es decir, bandas criminales comunes, manejables con policía convencional, no con láseres de combate desplegados en ciudades estadounidenses.

El cierre del cielo en El Paso es la metáfora perfecta de una política que prefiere gastar millones en tecnología de interdicción antes que enfrentar las tres decisiones que resolverían el problema. La primera es golpear a los carteles donde viven, segundo estrangular a China donde le duele y por último, legalizar lo que el mercado negro convierte en una industria de muerte. Mientras Washington elija láseres sobre decisiones, el narco seguirá ganando. No porque sea invencible, sino porque su enemigo se niega a pelear en serio.

Las cosas como son

 

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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