BTS (CEDOC)
El impacto del K-pop en Argentina: ¿Por qué BTS lidera la nueva ola cultural?
Fandom como motor productivo: merchandising fan-made, eventos autogestionados y comunidades hiperconectadas muestran cómo el K-pop genera economía, pertenencia y aprendizaje social.
En los últimos años, el K-pop trascendió las fronteras de Corea del Sur para convertirse en un fenómeno global, y Argentina no es la excepción. Durante 2025, enormes cantidades de jóvenes se congregaron a lo largo y ancho del país para cantar, bailar y celebrar a sus grupos favoritos: BTS, Stray Kids, ATEEZ, entre otros. Verlos reclamar la presencia de sus ídolos en nuestro país me hizo reflexionar sobre la influencia y el poder cultural, social y económico que esta industria puede tener en nuestra sociedad.
La fuerza de este movimiento no se mide solo en gritos o coreografías sincronizadas. Existe un lado menos visible del fenómeno K-pop, pero no menos potente: el de las microeconomías que se generan alrededor del fandom. En Argentina, donde el merchandising oficial suele ser escaso o inaccesible, los fans desarrollaron un ingenio notable. Merch fan-made, productos artesanales y reventas organizadas forman parte de un circuito económico alternativo, autogestionado y colectivo. Este entramado no solo mueve dinero: genera conocimiento, redes de confianza y una lógica colaborativa que sostiene al fenómeno incluso en contextos adversos.
Para dimensionar el impacto de este modelo, basta señalar que solo BTS genera más de 5 mil millones de dólares anuales para la economía surcoreana. Esto demuestra hasta qué punto la cultura, cuando es pensada estratégicamente, puede convertirse en motor económico y social. Y hace apenas unos días se confirmó una nueva gira por la región, con presencia en nuestro país, lo que refuerza la idea de que Argentina forma parte activa de este mapa cultural global.
Hablamos, entonces, de decenas de miles de personas conectadas en redes sociales, compartiendo contenido, organizando eventos, aprendiendo coreografías en grupo y sosteniendo comunidades activas. Pero también hablamos de algo más profundo: una dimensión espiritual y motivacional que interpela directamente a una sociedad acostumbrada al individualismo. El K-pop propone otro paradigma: proyectos colectivos, bandas que funcionan como espacios de convivencia real, donde el esfuerzo es compartido y el éxito o el fracaso nunca es individual. Se sube y se baja juntos. Cada integrante importa. No son solistas acompañados, sino estructuras humanas complejas que enseñan, con el ejemplo, que el trabajo en conjunto potencia resultados que el individualismo rara vez alcanza.
En ese sentido, estos grupos son mucho más que artistas que cantan, bailan e interpretan sobre un escenario. Son modelos de disciplina, cooperación y resiliencia. También de responsabilidad cívica. En Corea del Sur, los ídolos del K-pop cumplen con las obligaciones que impone su país, incluso cuando eso implica tomar decisiones que van en contra de la lógica del mercado o del éxito inmediato. El caso de BTS es paradigmático: la banda más influyente del mundo frenó su carrera grupal durante aproximadamente tres años, en el momento más alto de su popularidad global, para que cada uno de sus integrantes pudiera cumplir con el servicio militar obligatorio. Lo hicieron sin excepciones ni atajos, aun sabiendo el impacto económico y simbólico que esa pausa tendría. Ese gesto —que no está exento de debate— envía un mensaje potente: nadie está por encima del compromiso colectivo ni de las reglas que sostienen a una comunidad.
La pregunta inevitable es qué ejemplos ofrecemos nosotros, como argentinos, desde nuestras figuras públicas, culturales y políticas, en términos de responsabilidad, esfuerzo y coherencia entre discurso y acción. ¿Qué valores transmitimos cuando el éxito personal parece justificar cualquier excepción?
Como hijo de inmigrantes coreanos, conozco de cerca los valores de la cultura del país de mis ancestros: planificación, constancia y visión a largo plazo. El K-pop es, en ese sentido, un ejemplo claro de innovación entendida como proyecto colectivo, con metas ambiciosas y sostenidas en el tiempo. No se trata de genialidades aisladas, sino de sistemas creativos donde el talento individual se ordena dentro de una estrategia común. Argentina, con su enorme capital creativo, tiene mucho para aprender de este enfoque y adaptarlo a su propia identidad.
Nuestra juventud tiene talento, energía y creatividad de sobra. Lo que a veces falta es una política cultural que entienda la cultura no solo como expresión, sino como industria, comunidad y proyecto de país. El K-pop no es solo entretenimiento: es una oportunidad para repensar cómo organizamos el trabajo creativo, cómo fomentamos la cooperación y cómo proyectamos nuestras producciones al mundo.
Por eso, como argentino que ama a su país, creo que es momento de mirar al K-pop no solo como música, sino como un modelo inspirador. En uno de los últimos encuentros en Barrancas de Belgrano, vi el entusiasmo de miles de fans pidiendo a sus ídolos en Argentina: eso también es un llamado a todos nosotros. Repensemos cómo hacemos cultura, cómo apoyamos a nuestra juventud y cómo construimos proyectos colectivos con visión, compromiso e innovación.
El futuro de nuestra industria cultural dependerá de nuestra capacidad de aprender de los ejemplos exitosos, fortalecer nuestras microeconomías creativas y volver a creer en el valor del trabajo conjunto. Estoy convencido de que esta nueva ola no es una moda pasajera, sino una oportunidad histórica que Argentina puede —y debería— aprovechar.
Alejandro Kim es abogado y empresario
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