Funeral Indio Solari (CEDOC)
La despedida del Indio Solari: la multitud que no necesitó a nadie
Nadie los convocó, nadie los adoctrinó. Llegaron solos, bajo la lluvia, desde todos lados. Lo que Avellaneda reveló va mucho más allá del rock.
Hay preguntas que una sociedad no puede responder mientras está llorando. Recién cuando el llanto amaina, cuando las banderas se doblan, es posible mirar lo que pasó. Carlos Alberto Solari murió el viernes 5 de junio en su casa de Parque Leloir, a los 77 años, de un ACV hemorrágico. Y lo que ocurrió después no fue simplemente un duelo masivo. Fue un fenómeno social que merece ser leído con más cuidado que el que permite la emoción del momento.
Empecemos por los números, porque los números en este caso son elocuentes. Un flujo estimado de 15.000 personas por hora frente al féretro. Cerca de un millón de personas que colmaron las calles de Avellaneda desde el domingo hasta las primeras horas del lunes. Antes de eso, la misma tarde del viernes, distintos grupos de fanáticos llegaron desde distintos puntos del Área Metropolitana de Buenos Aires para participar de una despedida espontánea en Plaza de Mayo que rápidamente ganó masividad. Y no solo en Buenos Aires: en La Plata, en Mar del Plata, en Rosario, en Paraná, la ciudad natal del músico, se gestaron misas ricoteras espontáneas en el corazón de cada ciudad. Un influencer canadiense que se encontraba en Buenos Aires y filmó la escena en Plaza de Mayo resumió su perplejidad en una frase que se volvió viral: "No sabés si es el apocalipsis o una celebración."
Exactamente. Eso es lo que fue: las dos cosas al mismo tiempo. Y esa ambigüedad no es anecdótica. Es, en rigor, la clave para entender qué estaba despidiendo realmente esa multitud.
Porque hay algo que conviene decir con claridad desde el principio: nadie convocó a nadie. "Acá nadie nos convoca, nadie nos adoctrina. Agarramos la camioneta y nos vinimos", dijo uno de los asistentes en Plaza de Mayo. La fila en Avellaneda se formó de manera espontánea, sin un vallado que la organizara en toda su extensión, aunque por supuesto hubo una organización estatal que funcionó para encausar.
Al mediodía del domingo la fila ya superaba las 50 cuadras. Y no hubo aparato, no hubo transporte pagado, no hubo lista de adherentes. Hubo, simplemente, gente que decidió ir. Y eso, en la Argentina de 2026, es en sí mismo un dato político de primer orden, aunque la política no haya tenido nada que ver con la convocatoria.
En un país donde la representación política atraviesa una de sus crisis más profundas, donde los partidos tradicionales se han fragmentado hasta el punto de no reconocerse, donde el líder del momento construyó su poder precisamente sobre la promesa de destruir todo lo que existía antes, una comunidad de un millón de personas se organizó sola, en silencio, sin siglas, para despedir a un hombre que nunca quiso ser el líder de nadie. Esa paradoja merece atención.
El velatorio del Indio Solari expuso una tensión central del presente argentino: mientras el sistema político atraviesa dificultades para consolidar representaciones estables, persisten comunidades culturales capaces de movilizar pertenencias, emociones y sentidos de identidad a gran escala. Lo que Avellaneda reveló no es que el rock tenga más poder que la política. Lo que reveló es que hay vínculos sociales que la política ya no puede articular, y que esos vínculos encontraron durante décadas su lugar de encuentro en los recitales del Indio.
Y ahí entra la política, por la puerta de atrás, con su torpeza característica. La Casa Rosada descartó la posibilidad de que el velatorio se realizara en la sede del Ejecutivo o en el Congreso de la Nación, donde adujeron que "no están dadas las garantías".
Del otro lado, Kicillof no desaprovechó el momento. La negociación entre el gobernador y Máximo Kirchner para organizar la despedida popular en Avellaneda descongeló una relación política atravesada por un tenso distanciamiento entre ambos dirigentes. El dolor colectivo como lubricante de la interna peronista. El Indio, que nunca bajó a ningún ring electoral, terminó siendo involuntariamente el escenario de una reconciliación política que tenía pendientes de otra naturaleza. Kicillof organizó el operativo, estuvo presente, y remató la jornada con una frase que ya circula como slogan: "Si no se la provoca ni se la jode, la multitud se organiza." Verdad y oportunismo en partes iguales.
Pero la multitud, hay que decirlo, no le perteneció a nadie. La escena en Avellaneda dejó una imagen de alta densidad simbólica: una multitud diversa, sostenida durante horas bajo la lluvia, organizada sin mediaciones partidarias visibles y movilizada por una identificación cultural que trasciende coyunturas políticas. Ahí estaban los ricoteros de siempre, los hijos de los ricoteros, los que nunca fueron a un recital pero sabían cada letra, los que llegaron desde provincias que Solari nunca visitó. Una heterogeneidad que la política hace tiempo que no logra convocar.
Hay una tradición argentina de funerales que se convierten en otra cosa. Los de Gardel, los de Perón, los de Maradona. Cada uno de esos duelos masivos fue también, a su manera, una radiografía de la sociedad que los protagonizó. El de Solari no es la excepción. Pero tiene una particularidad que los anteriores no tuvieron en la misma medida: el muerto era alguien que activamente rechazó ser símbolo de algo que no fuera su propia obra. Que nunca habló en nombre de nadie. Que se mantuvo en las sombras cuando las cámaras apuntaban. Y sin embargo, o quizás justamente por eso, terminó representando algo que un millón de personas sintió como propio.
Lo que esa multitud estaba despidiendo no era solo a un músico. Estaba despidiendo una forma de pertenencia que ya no sabe dónde encontrar. Un tipo de vínculo comunitario que la política no ofrece, que el mercado no puede vender, que las redes sociales simulan sin producir. El Indio nunca quiso ser el líder de esa tribu. Pero la tribu lo eligió igual, y siguió eligiéndolo aunque él se fue de los escenarios en 2017 y aunque el Parkinson lo fue alejando hasta hacerlo casi inaccesible.
La pregunta que queda, la que importa más allá del duelo, es qué hace una sociedad con ese tipo de energía colectiva cuando el objeto que la convocaba ya no está. Si la dispersa, si la domestica, o si encuentra, en algún lugar improbable, una nueva forma de nombrarse.
Por ahora, la respuesta es el silencio que sigue al último pogo.
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