Dibujo Milei (CEDOC)
Los pros y contras de una campaña interminable
Las razones por las que el Gobierno instaló la reelección de Milei en pleno Mundial. Y la deserción de los opositores.
A Javier Milei le hubiera gustado subordinar todo lo demás a su voluntad de alcanzar los objetivos económicos que se ha propuesto, pero no tardó en darse cuenta de que el gobierno que encabezaba no podría pasar por alto una multitud de temas que no se prestan a las ecuaciones matemáticas de los libros de texto que lo fascinan. Optó por dejarlos en manos de su hermana Karina que, para consolidar el poder que le había cedido, intentaría hundir a sus presuntos rivales, comenzando con el gurú presidencial Santiago Caputo, desatando así una serie de conflictos internos muy costosos que provocarían una caída abrupta del nivel de popularidad del presidente.
Si sólo tienes una motosierra, todo se parece a un arbusto ramoso que necesita ser podado. Aunque a inicios de su gestión Milei hizo de la pulverización de la inflación su meta principal y, por un rato, sus proezas en la batalla contra aquel mal que tantos problemas provocaba le reportarían muchos beneficios políticos, finalmente entendió que para conservarlos tendría que suplementarlos con otros logros que no podría conseguir reduciendo el gasto público. Mal que le pese, un presidente no puede limitarse a manejar las finanzas nacionales como si fuera un funcionario del ministerio de Economía, y su actuación como un rockstar de “la derecha” internacional ya motiva más extrañeza que adhesiones al movimiento político así denominado
Cuando de elegir prioridades que no sean económicas se trata, Milei se ve en dificultades. Por ser tan excéntrica su cosmovisión, propende a despilfarrar partes sustanciales del capital político que acumuló a comienzos de su gestión privilegiando asuntos que son meramente personales. Pagaría un precio muy alto por la defensa quijotesca, y a ojos de la mayoría incomprensible, de su amigo Manuel Adorni que, desde luego, contaba con el apoyo resuelto de la mujer fuerte del improvisado equipo libertario.
Sea como fuere, ya concluido aquel capítulo extraño del relato oficial, Milei y sus adláteres, capitaneados por su hermana, han optado por concentrarse en las elecciones del año que viene. Puesto que tendrán que transcurrir más de quince meses antes de llegar la fecha indicada para las presidenciales, la decisión puede parecer un tanto prematura, pero desde el punto de vista de los mileístas, hacerlo tiene el mérito de simplificar un panorama que se hacía muy confuso. También permitirá que, hasta nuevo aviso, Karina, que figura como la estratega principal de La Libertad Avanza, siga desempeñando el papel protagónico en el drama político nacional a pesar de ser dueña de una imagen personal muy mala.
Con todo, los libertarios tienen buenos motivos para confiar en que casi todos los demás políticos aprovechen con entusiasmo la oportunidad que les ha brindado para ponerse en campaña. Por los instintos deportivos que tanto inciden en la mentalidad de quienes se dedican a actividades como la suya que son sumamente competitivas, los profesionales de la política suelen sentirse mucho más motivados por las peripecias de las carreras electorales que por las aburridas tareas administrativas que, en teoría, deberían serles prioritarias.
El electoralismo obsesivo dista de ser un vicio exclusivamente argentino. Hoy en día, perjudica a casi todos los países democráticos cuyos gobiernos se sienten obligados a tomar en cuenta los mensajes insinuados por las encuestas de opinión confeccionadas por las empresas que se han creado para sacar provecho del hambre de presuntas certezas que aflige a políticos, periodistas y otros. Se trata de un fenómeno que ha tenido consecuencias desafortunadas en muchas partes del mundo, ya que hoy en día es habitual que los gobiernos temen tomar medidas que podrían costarles algunos puntos aun cuando sepan muy bien que son necesarias. Conscientes de los riesgos así planteados, los británicos elaboraron un sistema en que las campañas electorales tendrían que ser muy breves, pero parecería que, merced a las incesantes internas partidarias, últimamente ellos también han caído víctimas del cortoplacismo estimulado por la proliferación de sondeos.
Para más señas, el electoralismo compulsivo está teniendo un impacto muy fuerte en la geopolítica mundial; la voluntad de Donald Trump de pactar con la sanguinaria dictadura yihadista iraní tiene mucho más que ver con la proximidad de las elecciones de medio término en Estados Unidos que con los riesgos que enfrentarían los militares norteamericanos si pusieran botas sobre el terreno enemigo. Si no tuviera que preocuparse por las consecuencias electorales del aumento del precio de la nafta en las estaciones de servicio y otros bienes, Trump hubiera adoptado una actitud mucho menos vacilante frente a un régimen liderado por fanáticos religiosos que, como él mismo ha dicho, sueñan con provocar un apocalipsis nuclear.
Milei y sus partidarios más lúcidos apuestan a que la larguísima campaña electoral que prevén sirva para dividir a sus contrincantes al obligarlos a definirse ante las opciones frente al país. A esta altura entenderán que muchos que, en términos generales, aprueban “el rumbo” que ha emprendido el gobierno, son cada vez más reacios a tolerar los excesos a su juicio repugnantes del presidente y sus simpatizantes más agresivos. En opinión de los encargados de la campaña re-electoral oficialista, sería de prever que tales personas votaran a favor de Milei si creen que la alternativa más probable consistiera en permitir el regreso al poder de un partidario de una variante del modelo corporativista que fue elaborado por la primera generación de peronistas y que fue aprovechado con tanto éxito por los kirchneristas para enriquecerse a costa del resto de la población del país.
Mientras tanto, los mileístas esperarán que buenas noticias macroeconómicas continúen llegando y que, por fin, empiecen a incidir de manera visible en la marcha de la micro que, para su frustración, se resiste a reanimarse. Así y todo, el ala técnica del gobierno, por llamarla así, y Milei mismo, no pueden sino sentirse preocupados por la tendencia generalizada a atribuir los “problemas de la gente”, que son graves y a menudo dolorosos, a los éxitos financieros que festejan los economistas, como si la pobreza generalizada no se debiera a décadas de ineficiencia institucionalizada y una multitud de medidas que fueron tomadas a fin de favorecer a grupos determinados, sino al apego oficial a la austeridad. Puede que sea natural que muchos atribuyan el estado de su economía particular a la mezquindad o peor del gobierno de turno, pero tanto aquí como en muchas otras partes del mundo, tal actitud suele tener consecuencias nefastas.
Con todo, si bien es de prever que la evolución de la economía determine el destino del gobierno de Milei, ya que de ocurrir un boom de consumo, o un colapso monetario imprevisto, se modificaría radicalmente el panorama político, el que pareciera que una proporción sustancial del electorado haya llegado a la conclusión de que en el mundo actual no hay alternativas viables al capitalismo liberal y que por lo tanto no serviría para nada intentar crear una, no querría decir que el presidente responsable del cambio cultural así supuesta tenga asegurada la reelección. Por el contrario, un eventual consenso en torno al “rumbo” macroeconómico, a la importancia fundamental de defender el equilibro fiscal y así por el estilo, significaría que otras características del gobierno cobraran importancia, lo que no lo ayudaría en absoluto.
Al fin y al cabo, de convencerse la mayoría de que una derrota electoral de Milei no se vería seguida inexorablemente por el regreso de la corrupción militante de políticos como los Kirchner y sus secuaces, La Libertad Avanza perdería su carta de triunfo más valiosa. Así pues, a Milei no le convendría que todos los opositores -con la excepción de los trotskistas que, como diría Borges, son incorregibles- se reconciliaran con la economía de mercado.
Puesto que todos los partidos, tanto los relativamente grandes como los más chiquititos, están en crisis, es comprensible que el gobierno esté buscando la manera de asegurar que la fragmentación resultante no le perjudique, de ahí el interés oficial en las llamadas listas colectoras que sirven para dirigir votos por candidatos no afiliados a un partido nacionalmente significante hacia uno que sea capaz de aprovecharlas. También quiere eliminar las PASO, aquellas paritarias abiertas, simultáneas y obligatorias que invento Néstor Kirchner luego de la derrota electoral que en junio de 2009 sufrió en la provincia de Buenos Aires, porque brindan a los distintos partidos una oportunidad para superar los por lo común rencorosos conflictos internos que los mantienen divididos. Como es natural, los esfuerzos del gobierno mileísta por rediseñar el sistema han enojado a sus adversarios que, si pudieran, no vacilarían en introducir cambios orientados a permitirles cosechar más votos. De todos modos, hasta ahora no han prosperado los intentos oficiales por conseguir el apoyo de sus presuntos aliados “dialoguistas” que, aun cuando muchos coincidan en que sería mejor para el país que Milei siguiera en la Casa Rosada por cinco años más, son reacios a permitirle modificar las reglas del juego.
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