Donald Trump (CEDOC)
Trump entre los votantes y los ayatolas
El laberinto sin salida en el que se metió el presidente de Estados Unidos. En qué puede terminar el conflicto de Medio Oriente.
Puede que Donald Trump sea el hombre más poderoso del universo conocido, pero así y todo sabe muy bien que su propio destino dependerá de la evolución del precio de la nafta en las estaciones de servicio norteamericanas. Mal que le pese, al acercarse las elecciones de medio término, se siente constreñido a subordinar sus ambiciosos proyectos geopolíticos al estado de ánimo de sus compatriotas. En Estados Unidos, el consumidor es rey y no vacila en castigar electoralmente a quienes lo olvidan. Si están en lo cierto los que dan por descontado que en noviembre los republicanos perderán algunas bancas en el Senado y la Cámara de Representantes, a partir de aquel momento los demócratas se dedicarán a hacerle la vida imposible.
Puede entenderse, pues, la frustración que siente el hombre que se ha propuesto reconstruir el orden mundial frente a regímenes, como el cubano y el iraní, que no tienen que preocuparse por lo meramente material. Si bien es posible que, por fin, esté a punto de caer la inepta tiranía castrista por, entre otras cosas, haber reducido a la indigencia a casi todos los habitantes de la isla en nombre de la justicia social, podría sobrevivir lo que aún queda de la dictadura teocrática iraní a pesar del colapso económico que precedió a la devastadora ofensiva militar de Estados Unidos e Israel.
Trump quisiera que el pueblo iraní se alzara en rebelión contra los responsables de sus muchas desgracias, pero sin armas los hartos de la dictadura "de Dios" no están en condiciones de hacer mucho más que protestar clandestinamente. Se estima que por lo menos el ochenta por ciento de la población quisiera vivir en un país más libre, pero el año pasado el régimen islamista masacró a decenas de miles de manifestantes y, según se informa, todos los días mueren ahorcados docenas de presos políticos.
En ambos casos, tanto el cubano como el iraní, se trata de regímenes conformados por personajes que están tan enamorados de una abstracción, sea "la revolución cubana" o el sueño de un mundo subordinado a una versión despiadada del islamismo chiita, que no les importa un bledo el sufrimiento de la gente común. A diferencia de los norteamericanos que, por una cuestión de centavos, suelen perder fe en sus gobernantes para entonces defenestrarlos, los cubanos e iraníes entienden que su bienestar no figura entre las prioridades de quienes monopolizan el poder. Es por tal razón que la maligna tiranía iraní sigue en pie después de ver destruida buena parte de su capacidad militar y económica. Según el modo de pensar de los estrategas occidentales, Estados Unidos e Israel ya derrotaron al Irán ultra-islamista, pero sucede que rige otra lógica en el país de los ayatolas furibundos.
Por ser Trump un personaje tan polémico, y tan antipático, y por haberse puesto de moda entre los supuestos progresistas del mundo democrático el odio hacia el único Estado judío, muchos están celebrando la negativa a darse por vencidos de los ayatolas y los jefes de la sanguinaria Guardia Revolucionaria Islámica. Asimismo, está difundiéndose en los círculos de élite occidentales la opinión de que el presidente estadounidense cometió un error estratégico sumamente grave cuando decidió acompañar a Israel en un esfuerzo por aniquilar a un régimen que, además de exportar el terrorismo al resto del mundo, incluyendo a la Argentina, a juicio del director general del organismo atómico de la ONU, Rafael Grossi, ya ha enriquecido bastante uranio para diez bombas nucleares.
Por fortuna, parecería que, gracias al bombardeo de las instalaciones que lo producían, el uranio está sepultado bajo tierra, pero aún así las aspiraciones iraníes en tal ámbito siguen siendo muy peligrosas. Como muchos han señalado, serían plenamente capaces de aprovechar una eventual "solución diplomática" al problema que se ha planteado para reanudar su programa nuclear.
Antes de la "guerra de los doce días" del año pasado en que participó brevemente la aviación norteamericana, una banda de fanáticos religiosos estaba a punto de adquirir armas de destrucción masiva que le hubieran permitido barrer de la faz de la Tierra al odiado "ente sionista", Israel y, de paso, a millones de palestinos que viven en el mismo vecindario, además de chantajear a los países árabes cercanos. Es factible que Trump y Benjamín Netanyahu exageren cuando dicen que los iraníes estaban a semanas de alcanzar su objetivo, pero ello no quiere decir que fuera irracional de su parte intentar eliminar el peligro atacando preventivamente a Irán. Tampoco es irracional que el israelí esté mucho más interesado en el futuro de su propio país, cuya existencia está en juego, que en el panorama electoral norteamericano que tanto obsesiona al magnate.
Sea como fuere, parece evidente que Trump sí cometió un error muy grave al procurar poner fin a la amenaza iraní sin poner "botas sobre el terreno". Es que, como Trump sabe muy bien, en el Occidente actual la muerte de un solo efectivo militar podría motivar una reacción mediática explosiva. Mientras que Vladimir Putin puede encogerse de hombros al enterarse de que medio millón de soldados rusos han perecido en Ucrania a cambio de nada, Trump, que según parece lo envidia, teme que la pérdida de tantos como suelen morir en un accidente aéreo desataría una crisis inmanejable que le costaría un sinnúmero de votos.
He aquí la razón por la que la guerra contra Irán ha resultado ser tan asimétrica. No se equivocan los ayatolas y sus simpatizantes cuando calculan que su poder de resistencia es llamativamente superior a aquel de la administración norteamericana. Quienes reemplazaron a los líderes que murieron en la primera fase de la guerra ya han comenzado a cantar victoria por haber sobrevivido a los ataques de sus enemigos; creen que el tiempo corre a su favor y que Trump termine aceptando virtualmente cualquier acuerdo que le permitiría zafarse de la situación incómoda en que se encuentra con la dignidad intacta.
De más está decir que los clérigos iraníes y los jefes de la Guardia Revolucionaria Islámica cuentan con una ventaja que podría ser clave: la ubicación geográfica del país que dominan. Para desconcierto de Trump, al que parecería no se le ocurrió que serían capaces de cerrar el Estrecho de Ormuz por el que en tiempos de paz transita aproximadamente el veinte por ciento del petróleo y gas que necesita la economía mundial, se las han arreglado para provocar una crisis energética y por lo tanto económica global que perjudica a docenas de países. De haberse dado cuenta a tiempo de lo que harían los iraníes, el mandatario norteamericano pudiera haber ordenado la ocupación inmediata de la zona circundante pero, claro está, no quería correr los riesgos que le supondrían enfrentamientos armados con yihadistas bien pertrechados que se mofan de la muerte. Trump sabe que el electorado norteamericano podrá tolerar una guerra relámpago con tal que sus propias fuerzas no sufran muchas bajas, pero antes de regresar a la Casa Blanca juró una y otra vez que nunca dejaría que Estados Unidos quedara atrapado en una nueva guerra interminable como las de Afganistán e Irak.
En vista de los sentimientos pacifistas, auténticos o simulados, de tantos norteamericanos y otros occidentales, tal actitud puede entenderse, pero a Trump no le será dado encontrar una salida fácil del berenjenal en que se ha metido al improvisar una operación sin duda necesaria, pero así y todo nada sencilla que, fiel al inmediatismo que lo caracteriza, esperaba llevar a cabo en un par de días. Tal y como están las cosas, podría caer en la tentación de resignarse a sufrir lo que, en retrospectiva, sería visto como una derrota estratégica catastrófica. De ser así, tendría un lugar en los libros de historia equiparable al ocupado por el primer ministro británico Neville Chamberlain que, por un par de semanas, pudo enorgullecerse del tratado de paz que firmó con Hitler en Múnich.
Debería ser innecesario decir que Estados Unidos e Israel no serían los únicos países que se verían beneficiados por el eventual reemplazo del delirante gobierno iraní por un régimen menos fanatizado, sea cuestión de una democracia republicana, una monarquía constitucional o incluso una dictadura "normal" sin pretensiones apocalípticas. En vista del peligro existencial planteado por la secta chiita que durante casi medio siglo ha gobernado Irán, todos los países europeos, China, India, Japón, los estados árabes y hasta Rusia tendrían buenos motivos para celebrar su destrucción.
Puede entenderse, pues, el rencor que siente Trump hacia sus tradicionales aliados europeos que, a comienzos de la guerra contra Irán, se negaron a ayudarlo porque no los había consultado antes del inicio de las hostilidades, si bien, andando el tiempo, algunos comenzaron a modificar su actitud. En cuanto a Xi Jinping, el mandamás chino antepone la rivalidad de su país con Estados Unidos a cualquier proyecto de largo alcance que podría tener y en el que difícilmente se encontraría un Irán hegemónico en el Oriente Medio. Si bien a veces parecería que a Trump le gusta la idea de que Estados Unidos comparta con China los deberes correspondientes al "gendarme internacional" de turno, desde el punto de vista de la elite gobernante de la dictadura comunista, aún es prematuro pensar en tales términos.
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