Iñaki Urlezaga (Néstor Grassi)

Iñaki Urlezaga: “El escenario sigue siendo un acto de fe”

El bailarín y coreógrafo vuelve a escena tras ocho años de retiro y reflexiona sobre el cuerpo, el oficio y la despedida.

El bailarín y coreógrafo argentino Iñaki Urlezaga pertenece a una generación de artistas para la que el escenario no fue solamente un lugar de trabajo, sino también una forma de entender el mundo. Formado desde muy joven en el Instituto Superior de Arte del Colón, construyó una carrera internacional que lo llevó desde Buenos Aires a los grandes escenarios.

Cuando todavía era alumno, viajó becado para perfeccionarse en la School of American Ballet de Nueva York y, más tarde, Sir Anthony Dowell lo convocó para integrar el Royal Ballet de Londres. El recorrido continuó en el Dutch National Ballet de Ámsterdam cuando se sumó como principal bailarín invitado.

También dirigió durante cinco años el Ballet Clásico Nacional en la Argentina, una experiencia que lo llevó a pensar la danza más allá del escenario.

Hace ocho años decidió retirarse de la actividad profesional y atravesó el duelo que implica abandonar roles protagónicos y una disciplina que, durante décadas, organiza la vida alrededor del cuerpo. El artista vuelve a bailar en “El aplauso final”, un espectáculo que explora el mundo de un coreógrafo y la despedida de una bailarina. La obra recorrerá distintas ciudades del interior del país y llegará también al Teatro Solís de Montevideo. 

En la charla con NOTICIAS, este platense cordial, afable y muy atento, habla de los desafíos que enfrentó durante su carrera.

Noticias: ¿Qué soñaba cuando empezó a estudiar? ¿Su sueño se modificó?

Iñaki Urlezaga: El ambiente donde estudias te conforma y te enseña que la imaginación puede ser más potente que la realidad. De niño soñaba con bailar y ser artista del Teatro Colón, pero no con una proyección internacional. A los 15 años me fui a Estados Unidos por un convenio cultural y prácticamente ya no volví. Regresé dos años después creyendo que podía volver al Colón, pero la Argentina había cambiado y yo también. Después de seis meses me fui a Inglaterra. Soñaba con vivir en mi país y bailar en el teatro, aunque terminé recorriendo muchos continentes.

Noticias: ¿Qué significa para un bailarín la disciplina cotidiana?

Urlezaga: Para un bailarín clásico hay una liberación cuando termina esa etapa. A la mañana hacemos una clase para poner en valor el instrumento, con ejercicios que optimizan la calidad física. Para mí era como lavarme los dientes. Te levantás y tenés que ir a clase. Es una rutina religiosa. Hay una disciplina que te acompaña toda la vida y un enorme cuidado del cuerpo, porque el bailarín no tiene elementos externos. Todo depende de lo propio.

Noticias: ¿Qué libertades le dio dejar la danza profesional?

Urlezaga: Comer cosas ricas (sonríe). Acostarme o levantarme a las cuatro de la mañana porque estaba desvelado y prender la televisión sin preocuparme porque al día siguiente tenía que levantarme a las ocho para trabajar. Hay un corrimiento de horarios. Un bailarín se retira muy joven, con un cuerpo que no ha envejecido porque lo cuidaste. Tenés una vitalidad que no es la de un jubilado. También te sacás el corset mental de los horarios. Hoy estás acá, mañana en Dubái, después volvés a Londres. Cuando eso se interrumpe, es una liberación.

Noticias: ¿Decidió retirarse o fue su cuerpo el que marcó el final?

Urlezaga: Todo artista va cumpliendo un repertorio distinto, haciendo sus últimos roles y viendo cómo cambia el cuerpo. Eso transforma el lenguaje y el trabajo. Lo venía planeando y elaborando el duelo. Cada rol que uno abandona significa dejar una historia de veinte o treinta años. Además, llevaba adelante un proyecto para construir un ballet nacional en la Argentina. Lo hice durante cinco años y cada vez bailaba menos porque ya me excedía. Cuando el gobierno decidió terminarlo, pensé que podía cerrar mi etapa escénica y artística. Si algún día volvía a dirigir, sería desde el otro lado del escenario.

Noticias: ¿Extraña la adrenalina de las funciones?

Urlezaga: No sé si extraño eso, sí la libertad del escenario. Tiene una energía misteriosa, lúdica. Te desnuda de una manera única. También está el silencio que antecede al aplauso y la intimidad con tu compañera. Tal vez sea la manera que encontró el bailarín de volar. Hay que estar un poquito loco para subir a un escenario. Existe un velo que te permite no darte cuenta de todo lo que estás haciendo, porque si no te inhibirías.

Noticias: ¿Alguna vez olvidó una coreografía?

Urlezaga: Sí, pasa de todo y se resuelve con oficio. El problema es tu compañera, que no se olvidó y no sabe qué te está sucediendo ni cómo acompañarte. Es como el tango, se baila de a dos. Todo está coreografiado. Si estás solo, lo arreglás más fácil. Si no, le arruinás la vida al otro.

Noticias: ¿Cómo apareció el tango en su vida?

Urlezaga: A los 25 años me dio nostalgia vivir en el exterior. Vengo de una generación en la que no se enseñaba tango ni folclore. Era rock directamente. Escuchar a Piazzolla fue descubrir que Buenos Aires no estaba tan lejos. Después volví al tango por amor a la Argentina y empecé a coreografiarlo para acercarme a las raíces. Tiene que ver con un exilio artístico y con recuperar una raíz para sentirse cerca estando afuera.

Noticias: ¿Qué lo impulsa a regresar a la escena?

Urlezaga: Armé un espectáculo sin saber que yo mismo estaba incluido. Un sociólogo o un psicólogo se haría un festín conmigo (sonríe). No es autobiográfico, pero tiene que ver con el sueño de un artista, en este caso un coreógrafo. Es la visión de cómo se arma una obra, con bailarinas, diseñadores, vestuaristas e iluminadores. Tiene un plus emotivo porque está concebido para una bailarina que se despide. Una cosa es probarte un vestuario y otra hacerlo por última vez. Está el desafío y la congoja de despedirte de tus compañeros. Ese riesgo es grande.

Noticias: ¿Qué lugar ocupa el público en el proceso?

Urlezaga: El escenario sigue siendo un acto de fe. El público compra sin saber qué va a ver. Podés hacer campañas y anuncios, pero después está la realidad. Yo puedo imaginar algo y plasmarlo, pero después está la cuarta pared, que tiene derecho a su mirada porque pagó la entrada. El espectáculo se termina en el espectador. Por eso el estreno es el peor día y también el primer gran ensayo.

Noticias: En un contexto de restricciones presupuestarias, ¿qué consecuencias puede tener el recorte del apoyo estatal a la cultura y la danza?

Urlezaga: Celebro que la escuela del Colón sea pública. No me gusta decir gratuita porque no hay nada gratis en la vida. Los mejores bailarines del país salieron de ahí. La ecuación es sencilla. Un país sin educación pública de calidad no tiene destino promisorio. Si pasa a ser un privilegio, es un retroceso. No sé si existe conciencia del daño que eso genera.

Noticias: ¿Cómo ve el presente del Ballet del Colón?

Urlezaga: Tuve poco contacto. Creo que lo que Julio (Bocca) trata de hacer tiene correlación directa con su trabajo en Uruguay, y su experiencia como bailarín en Estados Unidos. Es su visión de cómo deben funcionar los teatros. Crecí viajando por el mundo. Tal vez tuve más afinidad con el viejo continente, donde la danza tiene otra historia y desarrollo por la educación y la cultura de cada lugar. Pero es respetable.

Noticias: ¿Es de proyectar el futuro?

Urlezaga: Sí, pero dije que nunca más volvía al escenario y mirá, acá estoy. Uno anuncia mucho y después la vida se encarga de desmentirte. Cuando me bajé del escenario dejé de planificar tanto. No sé si se podría hacer una carrera internacional sin planificación, porque es complicado no programar a futuro. Pero también existe una mecanización. Es vivir con el almanaque encima en vez de vivir con las emociones. Hoy trato de no rebelarme contra eso. Un espectáculo trae al otro y hay que estar atento. De cómo termine esto dependerá lo que siga. Después de varios años, volver no es un dato menor. Trato de hacerlo lo mejor posible hasta el último aliento.

Noticias: ¿Alguna vez le ofrecieron ser funcionario?

Urlezaga: Gracias a Dios, no.

Noticias: ¿Cuál fue el desafío físico más difícil de su carrera?

Urlezaga: No sé cuál fue el que más me costó físicamente. Sí me costó adaptarme a la danza contemporánea. Vengo de una generación en la que se discutía si los bailarines clásicos tenían que bailar contemporáneo. Hoy son ambidiestros y celebro que ya no se discuta si se baila contemporáneo o clásico. Trabajar con Nacho Duato (coreógrafo español) era amanecer todos los días preguntándome si podría hacerlo. Era ponerse en la guillotina. Fueron momentos de tensión y frustración, pero me encantó por la sensación de poder superarnos. Sentirte distinto, no superior, después de haber hecho algo que creías imposible, es magnífico.

Noticias: ¿Sus padres lo estimularon para que fuera bailarín?

Urlezaga: Mi papá quería que fuera médico como él. Tengo una familia de médicos y yo rompí un poco con eso. Había mucho deseo de que continuara con el legado familiar. El consultorio estaba y hasta tenía su mismo nombre. La chapita ya estaba hecha, prácticamente guardada. Pero no sucedió. Vine al mundo a hacer otra cosa.

 

 

Agradecimientos: Eduardo Slusarczuk.

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