Federico Sturzenegger (CEDOC)

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Federico Sturzenegger: el chivo expiatorio perfecto

El último cruzado ideológico de Milei está en la mira por los recientes fracasos del Gobierno. El verdadero motivo del enojo de Karina. Los ataques de nervios del ministro y la emboscada de Toto Caputo. El operativo montado para contener al Presidente.

Federico Sturzenegger estaba hecho un manojo de nervios. Aunque le gusta que se lo retrate como un hombre de elevado nivel intelectual y formas refinadas, cuando pierde los estribos es como cualquier hijo de vecino. Aquella noche, a principios de julio, estaba en esa sintonía: venía de defender en medios y redes una ley polémica, uno de esos proyectos estrambóticos que nacen de largas veladas en la Quinta de Olivos, un cóctel que combina latas de bebida energizante y dibujos en hojas blancas de las cuales el ministro suele salir con el apoyo del Presidente para alguna idea que piensan revolucionaria.

Ese ímpetu guevarista suele chocar con varios escollos. A veces esa traba es la realidad, las complicaciones políticas, la falta de números en el Congreso, la zancadilla de los propios funcionarios o legisladores que están hartos de poner la cara por "el Coloso" o el desgaste propio de la gestión, y otras es simplemente la convicción de hierro del ministro.

Por eso aquella noche el funcionario se vio atrapado en el peor de los infiernos: obligado a enfrentar a su propio ego. El tema que había defendido en esos días, con el que pretendía posicionar a la Argentina como el país del futuro de la tecnología de avanzada, era sobre un campo que no conocía en profundidad. Había tenido un puñado de reuniones con especialistas, pero el mundo tech y la inteligencia artificial están lejos de sus campos de expertise. Tan es así que aquel día abrió "X", la red social que más usa, y se topó con largos hilos donde gente que efectivamente había estudiado la materia le marcaba distintos errores técnicos en sus presentaciones. Y verse expuesto en un error fue demasiado para el ministro: a varios de ellos, gente especialista en lo suyo pero que jamás tuvo una función pública o un perfil especialmente alto, les mandó mensajes personales, un "inbox", que incluían insultos y descalificaciones.

Esta es una postal de la crisis de nervios que atraviesa a Sturzenegger. Pero no sólo a él. Mientras que "el Coloso" se agarra con foristas de las redes, el resto del Gabinete lo elige como el chivo expiatorio del mal presente del oficialismo. Karina Milei, que hace rato lo tiene en la mira, descarga su guillotina sobre él, a la par de que Patricia Bullrich, otra apuntada, también prefiere levantar el dedo acusador hacia el ministro. La culpa ajena es barata y en el Gobierno, que atraviesa una de sus horas más dramáticas, parecería que está de remate.

Tormenta perfecta

El 26 de julio del 2017 Javier Milei hizo su debut en el programa que luego lo conduciría a la fama, la mediática antesala de su éxito político. "Animales sueltos", en el canal América, arrancó aquel día a las 23.30 de la noche, bien puntual. Un minuto y 58 segundos después el libertario iba a decir sus primeras palabras en ese show. Iban dirigidas al protagonista de esta tapa.

"¿Quién trabaja mejor? ¿Prat-Gay o Sturzenegger?", le preguntó Alejandro Fantino, en referencia a la interna ya visible entre el entonces ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central, que pulseaban entre sí por el control de las variables económicas. La respuesta de Milei fue categórica. "Por escándalo, pero por escándalo, le saca cincuenta cuerpos, Sturzenegger. Le gana por escándalo, y si le llega a salir lo que está haciendo va a ser el mejor presidente del BCRA de la historia", declaró en aquel momento.

Aquellos eran días en los que el libertario atosigaba a Sturzenegger con mensajes incesantes a su celular. "COLOSO", arrancaba cada uno de ellos, todo con mayúscula, como suele usar el libertario para los nombres propios en los chats. El entonces economista mediático le enviaba ideas, propuestas, fragmentos de notas en donde lo defendía, o simplemente quería sacarle charla y aparecer en su radar de atención.

De hecho, por estos intercambios y algún encuentro que tuvieron, Milei contó alguna vez en su etapa como panelista que fue "asesor ad honorem" de Sturzenegger durante el tiempo de este en el Central, una idea difícil de contrastar con la realidad pero que hacía juego con un hecho que en aquel momento a él lo perturbaba profundamente: por sus apariciones constantes en la televisión, donde hasta hablaba de cómo practicaba sexo tántrico o se mostraba improvisando unos defectuosos pasos de baile, ningún liberal "serio" lo tomaba en cuenta. Milei buscaba en figuras como Sturzenegger la validación que toda la vida le costó obtener, en especial en figuras distinguidas del mundo académico en el que era algo parecido a un paria.

De aquella época a esta cambiaron unas cuantas cosas, en especial que quien entonces se desesperaba por un instante de fama se convirtió en el Presidente de la Nación. Sin embargo, hay algunos lazos que el paso del tiempo no puede borrar. Uno de ellos es la íntima afinidad ideológica entre ambos. En especial en este contexto: después de enfriarse su vínculo con Santiago Caputo o con figuras como el economista Juan Carlos de Pablo, por sólo citar algunos casos, los interlocutores con los cuales Milei puede pasar horas en largas diatribas sobre la economía, la historia del liberalismo o los defectos de la teoría keynesiana, las verdaderas pasiones del mandatario, están contados con los dedos de una mano.

En unos meses donde el mandatario pasa cada vez más tiempo encerrado en Olivos y enfrascado en sus redes, los que logran romper ese cerco para tener una relación mano a mano con él concentran algo más que un vínculo amistoso con el mandatario: mantener abierto ese canal significa, en esta particular administración, poder.

Este es el quid de la cuestión para Karina Milei. Como le sucedió antes a Ramiro Marra, Carlos Maslatón, Victoria Villarruel, Nicolás Posse, José Luis Espert, Diego Spagnuolo y siguen las firmas, si hay algo que no tolera la secretaria general es que figuras del Gobierno o sus alrededores tengan línea directa con el libertario. Es decir: que ese ida y vuelta no esté mediado por ella es algo que vive como una afrenta directa a su rol. Hay que entender que, para la menor de la familia, el mandatario no es sólo su hermano, sino que también es una unidad de negocios y su fuente de capital político, elementos que se sostienen exclusivamente por el control monopólico y total de su vida. Sturzenegger se convirtió en uno de los pocos que desafían esa barrera. Y, por lo tanto, se convirtió en un enemigo.

La trampa

El arranque de agosto le dio a la presidenta de La Libertad Avanza la excusa que venía buscando. Primero fue el fallido decreto 690/2026, que intentaba desregular el servicio de practicaje, los profesionales que suben a bordo del barco para guiar al capitán a través de canales estrechos, para la Hidrovía del Paraná. Esa idea que alcanzaba a sólo 500 trabajadores, algo que se podría decir que no mueve el amperímetro de la economía argentina, terminó teniendo una carambola compleja: se paralizaron los puertos a lo largo de ese río y el conflicto quedó al borde de desatar una parálisis que podía haber llegado a costar millones de dólares. Karina intervino, reemplazó a Sturzenegger por la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva para resolver este problema a la vez que ordenó dar marcha atrás con la polémica medida.

Esa fue la primera desautorización explícita al ministro. Luego llegó la frustrada ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Esa era otra ambiciosa normativa (en la que combinaba temas tan disímiles como la "modernización" del registro de la propiedad inmueble, modificaciones sobre el desalojo y el cupo máximo de tierras que podía adquirir un extranjero) que, aunque terminó con media sanción en el Senado, debió dejar atrás los capítulos más candentes. Entre ellos el que más le interesaba al Gobierno, sobre la "extranjerización" de la tierra, una idea tan mal calibrada respecto del sentimiento nacionalista post Mundial (algo que el propio oficialismo agitó) que ocasionó que hasta artistas que no registraban una sola declaración política en años se pronunciaran contra ella, como Tini Stoessel, que además es pareja de Rodrigo de Paul, o Emilia Mernes.

Este último traspié, que adquirió relevancia nacional, fue para Karina la excusa perfecta para desempoderar a Sturzenegger. El martes 11 lo sentó por primera vez junto a la "mesa política", un sello que tiene más de puesta en escena que de trabajo real, y le explicó, en presencia de Diego Santilli, Santiago Caputo y los Menem, que a partir de ahora cualquier proyecto de ley iba a tener que pasar por el filtro de ese espacio. O sea, del suyo. Para "el Coloso", que acumula doctorados y maestrías en prestigiosas universidades, debe haber sido todo un baño de humildad que alguien que hasta hace pocos años se dedicaba al tarot y a la venta online de pastelería lo haya regañado en público para luego ponerlo bajo sus órdenes.

En defensa de la secretaria general hay que decir que ella está lejos de ser la única que se opone a Sturzenegger. Otro es Luis Caputo, alguien que arrastra una íntima enemistad con "el Coloso" desde la época en que ambos eran funcionarios de Mauricio Macri y se echaban las culpas del mal devenir del rumbo económico. La ley de Sociedades, el intento de Sturzenegger de situar a la Argentina como referente mundial en el campo de la IA, fue un gran ejemplo de lo mal que anda este vínculo. El ministro desregulador envió un borrador del proyecto de ley al Ministerio de Economía, y cuando volvió había sido modificado el artículo 14, que se podría decir que era el corazón del proyecto: ahí es donde se proponía darle marco jurídico a las sociedades conformadas por "sistemas algorítmicos autónomos o agentes de inteligencia artificial". Los cambios, tal cual el ministro le relató a miembros de su equipo, fueron hechos sin consulta.

El destrato hacia Sturzenegger también se palpa en el Congreso. Por un lado está la bronca de quienes se ven obligados a "poner la cara" para juntar los votos para sus proyectos, bando en el que están el jefe de Gabinete Santilli y Bullrich, mientras que varios legisladores de la oposición amistosa relatan que en el último tiempo "nadie del Gobierno llama" para empujar leyes que salen de la cabeza del "Coloso".

El caso de la jefa del bloque del Senado merece una mención especial: más de uno podría achacarle que en varios momentos de junio, antes del Mundial y de la bandera de las Malvinas, tuvo la oportunidad para empujar la ley de inviolabilidad de la propiedad privada. Que la culpa recaiga sobre el ministro desregulador es una explicación que le sienta más que bien.

Laberinto

Todas las broncas contra Sturzenegger sirven para tapar el elefante en la habitación: el que lo aprueba y empuja es nada menos que el Presidente. Si el ministro es un cruzado ideológico, que mete en bretes al Gobierno con ideas complejas, el cierre del Coro de Niños fue el último capítulo, es pura y exclusivamente porque el mandatario es también un cruzado ideológico. Es más: alguno podría decir que a fuerza de ser un talibán es que Milei llegó hasta donde llegó. ¿Ahora Karina y la autoproclamada ala "racional" del oficialismo se dieron cuenta de que demasiada teoría libertaria hace mal? Y, en todo caso, ¿por qué es Sturzenegger el culpable y no el mandatario?

El ministro, si se lo hipnotizara, podría dar una respuesta. Luego de su traumática salida del macrismo se la pasó años diciendo que había sido "el chivo expiatorio" de esa administración. Si tuviera la libertad de hablar, o si no le tuviera el temor reverencial que todos los funcionarios tienen hacia la otrora tarotista, es más que probable que hoy dijera exactamente lo mismo. Algo de razón tendría: cuando quien entonces no era aún funcionario empujó la Ley Bases o el mega DNU 70, en el comienzo de la gestión, todo el oficialismo salió a defender y celebrar esas medidas. Que, de más está decirlo, eran igual o más ultraideologizadas que las de ahora. Entonces, parecería que el problema no son sólo las lecturas particulares del ministro, la confianza de hierro que tiene de sus propias ideas o las largas jornadas de debates en Olivos, sino algo tan viejo como la escarapela: el problema parecería ser que el apoyo político y social hacia el oficialismo viene menguando, tal cual registran la mayoría de las encuestas de opinión, y que lo que empuja la bronca hacia Sturzenegger es la necesidad de encontrar algún culpable de esa caída que sea cualquiera menos el que sostiene el dedo acusador.

La gran duda que queda, entonces, es cuál será el rol de Sturzenegger en el Gobierno de acá a un futuro. O, mejor dicho, si su rol durará mucho más. Hasta ahora todos los que fueron apuntados por el ojo de la hermanísima y que decidieron atrincherarse en su cargo con el apoyo del Presidente como único sostén terminaron afuera del oficialismo. ¿Será "el Coloso" la primera excepción a la regla? Parece imposible, pero se sabe que las fuerzas del cielo actúan de maneras misteriosas.

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