Javier Faroni (CEDOC)

Javier Faroni y la pista de los millones de la AFA

El histórico empresario teatral se convirtió en una pieza clave de los negocios del fútbol argentino y en especial de la Selección. La relación con "Chiqui" Tapia y Toviggino.

Javier Faroni llegó al mundo del fútbol con un recorrido previo, con apellido conocido en la cartelera porteña y con la gimnasia de quien sabe moverse entre productores, artistas, contratos y números grandes. Durante años fue un empresario teatral clásico: obras comerciales, figuras taquilleras, temporadas en Mar del Plata y un olfato afinado para entender dónde estaba la plata y quién la administraba. En ese mundo, Faroni construyó vínculos, acumuló experiencia y, sobre todo, aprendió una lógica: el negocio no siempre está arriba del escenario, muchas veces está entre bambalinas.

Ese aprendizaje le sirvió para el día que decidió cruzar al terreno de la política. Su paso fue breve, pero significativo. Faroni llegó a la Legislatura bonaerense de la mano del Frente Renovador, cuando Sergio Massa todavía era el dirigente que prometía orden y gestión. Los Faroni y los Massa son familias amigas que compartían veranos en Pinamar, carpa de por medio en el parador CR. Incluso, de la mano de Massa, Faroni también tuvo un tránsito corto por Aerolíneas Argentinas, en un cargo que no dejó huella pública pero sí le permitió conocer cómo funcionan las empresas del Estado desde adentro. No fue un dirigente de discurso encendido ni un funcionario de perfil alto. Más bien lo contrario: tuvo un paso silencioso incluso, tal vez en búsqueda de esa “experiencia en el Estado” que suele seducir a los emprendedores, para aprender cómo funciona un Gobierno por dentro.

Cuando volvió al sector privado, Faroni ya no era solo “el productor teatral”. Era alguien que entendía la lógica estatal, que sabía cómo se firman contratos, cómo se arman estructuras y, sobre todo, cómo se administra poder sin exponerse demasiado. Ese capital fue clave en el siguiente salto que se fortalecería gracias a la pandemia del Covid en 2020.

Desde su lugar en Aerolíneas Argentinas Faroni trabó una buena relación con Claudio “Chiqui” Tapia, quien ya llevaba tres años en la presidencia de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). La gestión del “Chiqui” abrió una etapa distinta en el manejo del negocio del fútbol. Más centralización, más caja y una decisión clara: profesionalizar —o tercerizar— la explotación comercial internacional. Ahí ganó terreno Faroni como gestor. Alguien acostumbrado a negociar, a armar sociedades y a manejar porcentajes.

El contrato firmado en diciembre de 2021 entre la AFA y TourProdEnter LLC, la empresa radicada en Estados Unidos administrada por Erika Gillette, la esposa de Faroni, marcó un punto de inflexión, a tal punto que por ese entonces el empresario dejó su rol como director de Aerolíneas Argentinas. La firma se quedó con la representación comercial internacional de la Selección argentina, con exclusividad casi total y con un esquema de comisiones que no tenía antecedentes en el fútbol local. El número —30% más un adicional por logística— no pasó desapercibido en la industria, pero avanzó igual. Con Tapia, con Pablo Toviggino y con una estructura que concentró el cobro y la administración de los ingresos externos.

A partir de ese contrato, todos los dólares que entran por sponsors internacionales, amistosos, derechos y acuerdos comerciales pasaban por cuentas en el exterior manejadas por esa sociedad. Faroni no figuraba como el rostro visible del acuerdo, pero estaba en el centro del dispositivo. El empresario teatral que había aprendido a repartir porcentajes entre productores y artistas ahora administraba cifras que excedían largamente cualquier temporada en la calle Corrientes.

En paralelo, aparecieron otros negocios vinculados: la ticketera Deportick, que pasó de vender entradas de clubes chicos, como Tigre, a manejar partidos de la Selección; la compra del club italiano Perugia; y operaciones ligadas a eventos internacionales, viajes y logística. Todo dentro de un ecosistema donde el fútbol funcionaba como plataforma y la AFA como garante institucional. Faroni tiene incluso el registro de la marca Universidad AFA para explotarla en Estados Unidos y cualquier parte del mundo.

La magnitud del esquema empezó a generar ruido cuando la Justicia puso la lupa sobre los movimientos de dinero, los gastos y las transferencias. Aviones privados, consumos de lujo, sociedades en Florida y montos que no cerraban del todo. Incluso se investigan viajes privados de Tapia y Toviggino en un avión Gulfstream G400 matrícula T7-SUE. Ese avión cambió su radicación a la Argentina y ahora lleva la matrícula LV-SYG.

La relación entre Faroni y Toviggino se consolidó con el tiempo. Si Tapia fue la firma política de los acuerdos, Toviggino, como tesorero de la AFA, funcionó como el engranaje operativo. Con el flujo aceitado, empezaron los movimientos laterales. Transferencias que no respondían a servicios claros, sociedades que crecían sin actividad visible y una lógica de atomización que evitaba llamar la atención. Una de las piezas centrales fue SOMA SRL, una firma del ecosistema Toviggino radicada en Santiago del Estero, formalmente dedicada a transporte y servicios, pero sin estructura acorde a los montos que empezó a recibir. Desde cuentas de TourProdEnter salieron transferencias por casi medio millón de dólares hacia esa sociedad, en giros espaciados, con montos variables y desde distintos bancos, según reveló el diario La Nación. Esos giros coincidieron con movimientos patrimoniales del entorno de Toviggino.

En paralelo, apareció una transferencia personal de 40 mil dólares a María Florencia Sartirana, ex gerente de Finanzas de la AFA. El dato no es menor. Sartirana había salido del organismo cuando el esquema comercial ya estaba en marcha y, poco después, empezó a desarrollar negocios propios vinculados al mismo ecosistema: vinos premium que abastecían eventos del fútbol, facturación cruzada con empresas del entorno y una presencia constante en el circuito AFA.

El mapa se completa con otros activos que están bajo la mira de la Justicia. La mansión de Pilar, adquirida mediante sociedades interpuestas; un vino llamado Neurus, un hotel en Santiago del Estero; estaciones de servicio, helipuertos y emprendimientos inmobiliarios; y un patrimonio ecuestre que no se explica solo con ingresos declarados.
¿Cuál es el origen de los fondos para semejante despliegue de negocios? La pista llegaría hasta Faroni que, en este tablero, no fue un espectador. Habría sido el gestor del flujo. El que recaudaba afuera y distribuía adentro. Toviggino, el que necesitaba que ese circuito funcionara sin sobresaltos y Tapia como el jefe de un triángulo de oro. No hay una sociedad comercial declarada entre ellos, pero sí una coordinación evidente. Hoy, con la Justicia mirando cada movimiento, esos vínculos dejaron de ser un rumor para convertirse en un problema concreto.

La investigación todavía está en curso, pero ya dejó en claro algo: Faroni es un protagonista de los negocios de la AFA. Y para estar a la altura de la situación, contrató un abogado conocido en los pasillos de los tribunales: Maximiliano Rusconi, quien, además de la defensa legal, también hace la defensa mediática. Entre las primeras declaraciones que hizo estuvo despegar a Sergio Massa, quien también por su lado mandó a decir que la relación con Faroni ha perdido frecuencia.

Hoy, mientras los expedientes avanzan y los números se revisan, la historia de Faroni funciona como síntoma. No del teatro ni de la política, sino de un modelo donde el negocio se mueve rápido, los contratos se firman en otros países y los protagonistas rara vez están en la foto principal. Faroni siempre prefirió estar detrás del telón, monitoreando todo el negocio.

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