Maru Botana (CEDOC)
Maru Botana, la cocinera que no come
La jurado de MasterChef casi no prueba los platos de los concursantes. Cruzada contra las harinas, delgadez y memes.
Una empanada abierta, una hamburguesa desarmada y un bocado que las redes pusieron bajo la lupa. Maru Botana quedó en el centro de una polémica que toca el corazón de “MasterChef”: cómo se juzga una preparación si no se prueban todos sus componentes. Sus degustaciones mínimas incluso generaron pedidos de que abandone el jurado. Pero, entre las críticas a su desempeño y los memes, aparecieron acusaciones sobre su salud y una discusión amplia sobre la delgadez extrema, la restricción alimentaria y los mensajes que circulan en televisión.
El 3 de octubre, la cuenta Tendencias en Argentina, @porqueTTarg, difundió un recorte de Botana ante una empanada y lo presentó con la palabra “Obsesiva”. La publicación aseguró que no probaba la masa para evitar engordar. Ese motivo era una interpretación de la cuenta, no una explicación de la cocinera. El post superó los tres millones de visualizaciones.
En una empanada, el relleno no permite conocer por sí solo la textura, la cocción o el espesor de la masa. En un sándwich, el pan también forma parte del resultado. Quienes concursan presentan una combinación de sabores y técnicas, y esperan una devolución sobre ese conjunto. De allí surge la pregunta que sostiene el enojo: cuánto de lo que cocinan llega efectivamente al paladar de quien debe decidir si siguen en competencia.
El 15 de octubre, la misma cuenta sumó otro episodio. Bajo el rótulo “Indirecta”, compartió una frase de Damián Betular: “Hay que probar todo, para eso me pagan”. La publicación la interpretó como un dardo dirigido a Botana y volvió a ironizar sobre el tamaño de sus bocados. La lectura de un enfrentamiento entre jurados pertenece al comentario que acompañó el recorte; la frase condensó el argumento de quienes reclaman una degustación completa.
Un día después, la controversia ya tenía título televisivo. América TV publicó un fragmento de “Sálvese Quien Pueda” con el anuncio “MasterChef: piden que se vaya Maru Botana”. El cuestionamiento había pasado de observar qué dejaba en el plato a discutir su continuidad ante el enojo de las redes.
El 17 de octubre apareció otra escena, esta vez vinculada con “MasterChef Junior”. La cuenta @porqueTTarg sostuvo que Botana había desarmado una hamburguesa preparada por chicos para comer solamente la lechuga. La publicación acompañó esa descripción con imágenes.
El episodio agregó una incomodidad al debate: frente al esfuerzo de los participantes más pequeños, separar los ingredientes fue leído como una forma de desatención. También volvió más visible la pregunta por los mensajes sobre la comida que transmite un programa familiar.
El nuevo pico llegó el 20, cuando la misma cuenta difundió otro recorte con la expresión “Mordida falsa” y acusó a la jurado de simular la degustación. En la cobertura de esa jornada, el foco estuvo en las empanadas de mondongo de Campi: Botana cortó una, observó el relleno y agregó salsa. Los cuestionamientos apuntaron a que no se advertía un mordisco a la masa. Presentar esa lectura como una simulación deliberada supone atribuirle una intención que las imágenes aisladas no alcanzan a establecer.
Botana respondió en un móvil de “Sálvese Quien Pueda”. Dijo que no seguía los memes y se describió así: “Yo como muy poquito, como un pajarito”. Para defender su criterio, apeló a sus más de treinta años de experiencia en la cocina y sostuvo que podía reconocer si una preparación estaba bien o mal sin comer grandes cantidades.
Su explicación puso el acento en el volumen de la degustación. El reclamo de sus críticos, en cambio, apunta a la selección: probar poco no resuelve la duda sobre qué partes del plato se prueban.
La respuesta también alimentó una conversación más delicada. Un nuevo tuit, publicado por @dopaminestate, compartió un post con las declaraciones de Botana y especuló sobre un posible trastorno alimentario de la cocinera, en sintonía con otros mensajes en las redes. Esa afirmación no constituye un diagnóstico. Sirve, en todo caso, para mostrar hasta dónde avanzó el debate: del desempeño de una jurado a la presunta historia clínica de una persona a la que los usuarios conocen por los medios.
El Instituto Nacional de la Salud Mental de Estados Unidos advierte que los trastornos alimentarios pueden afectar a personas de distintos pesos, edades y sexos. No se puede determinar si alguien los padece por su apariencia. Son enfermedades en las que intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales, y requieren evaluación profesional.
Por eso, asociar sin más un cuerpo delgado o un bocado pequeño con un trastorno no ayuda a comprenderlos. Tampoco se puede afirmar, a partir de estos recortes, que Botana haya eliminado todas las harinas de su alimentación.
Esto no impide discutir el ideal de delgadez extrema ni revisar la celebración de comer cada vez menos. La frase del “pajarito”, en un programa dedicado a cocinar, abre una pregunta sobre el lugar que se les concede al disfrute y al apetito. La televisión puede abordar esa tensión sin convertir la restricción en una virtud ni el cuerpo de una mujer en un espectáculo sometido a inspección. Y las redes pueden cuestionar un criterio profesional sin usar una enfermedad como descalificación.
“MasterChef” tiene una discusión pendiente que puede formularse sin invadir la intimidad de nadie: cómo garantiza una evaluación suficiente y comprensible para los concursantes y para quienes miran. Explicar qué se prueba y cómo se juzga permitiría volver al plato. Allí está el reclamo que merece respuesta.
Lo demás exige una cautela que la velocidad del escándalo suele dejar afuera: hablar de alimentación sin improvisar diagnósticos ni convertir cada comida en un examen moral.
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