Paraíso. (Gentileza prensa CTBA (foto Carlos Furman).)

Excelente experiencia escénica

"PARAÍSO" de Inmaculada Alvear, versión de Dany Mañas. Con Luciano Cáceres. Dirección: Ignacio Rodríguez de Anca. Teatro Regio, Av. Corrientes 1530.

Hay espectáculos teatrales, como “Paraíso”, que parten de una premisa provocadora y terminan revelando una verdad incómoda sobre el mundo feroz que nos toca habitar. Este intenso poema dramático de la española Inmaculada Alvear, pertenece a esa clase de propuesta que atrapa nuestros sentidos. Lo hace a partir de una idea, tan perturbadora como irresistible, en la que un ejecutivo despiadado recibe el trasplante de corazón de una prostituta dominicana.

La pieza es casi una reversión contemporánea de “Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, aunque aquí el conflicto, de forma inteligente, no pasa tanto por la lucha entre el bien y el mal, sino por las tensiones de clase, género y poder. En este caso, el monstruo no es la criatura que subyace en los suburbios de la mente, sino un empresario exitoso, frío y voraz, acostumbrado a manejar a las personas como si fuera un despiadado patrón de estancia.

Lo bienvenido, es que, desde el comienzo, el texto evita el trazo grueso. Lo que podría haber derivado en caricatura o provocación fácil encuentra un tono delicado, por momentos melancólico y profundamente humano. El órgano trasplantado comienza a alterar los deseos, la sensibilidad y hasta la sexualidad del protagonista. Primero aparece una extraña empatía, luego el temblor emocional y, finalmente, la pérdida absoluta de control que transforma el cuerpo en un territorio en disputa.

El talentoso actor Luciano Cáceres sostiene un verdadero tour de force. En soledad durante gran parte de la función, hace emerger a diferentes personajes desde la memoria, el deseo o la culpa de su protagonista. Su trabajo es admirable porque jamás cae en el exceso. Cada mutación sucede con naturalidad inquietante, con cambios mínimos en la voz, en la respiración, en la forma de caminar o mirar, suficientes para mostrar cómo esa otra vida que lleva dentro comienza a apoderarse de su alma. Su labor es de una valentía notable y de una sensibilidad poco frecuente.

El director Antonio Rodríguez de Anca acompaña con inteligencia ese descenso hacia la crisis de identidad. Con pocos elementos, pero con un uso muy preciso de proyecciones, luces y el diseño sonoro, construye una atmósfera asfixiante donde realidad, fantasía y delirio terminan mezclándose. 

Algo muy valioso de esta creación es su capacidad para convertir una fábula en una reflexión feroz sobre la desigualdad que nos rodea. El depredador identifica, muy tarde, que en su pecho late todo aquello que durante años decidió ignorar. Y en esa caída brutal desde la impunidad hacia la toma de conciencia, la obra encuentra una conmovedora dimensión trágica.

CINCO ESTRELLAS

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