“Voyeurs. El lado B” llegó a Mar del Plata como llegan las obras que ya encontraron su temperatura: con el texto aceitado, el elenco con reflejos y el público dispuesto a seguir un juego incómodo. En la Sala Agua del Teatro Cuatro Elementos la pieza confirma, función tras función, que el deseo no se agota: se desplaza. Y que “mirar” —cuando está bien escrito y mejor actuado— puede ser una forma de volver a tocar lo que parecía perdido.
Venida del circuito porteño, en “La Feliz” se instaló como una de esas propuestas que se comentan en la vereda y vuelven en forma de recomendación. No es un dato menor que los sábados se juegue a sala llena.
La obra parte de una pareja gastada por la convivencia, ese desgaste que no hace ruido pero deja marcas: “aburridos”, “decepcionados por el deseo perdido”, dice su sinopsis, antes de que el dispositivo encienda el motor dramático: enfrente aparece “la otra”, sensual y misteriosa, y con ella la fantasía como combustible y como trampa. En escena, el voyeurismo no opera como picardía sino como estructura: la tercera mirada no “suma”, complica; no libera, exige negociar límites. Porque el punto no es sólo lo que se ve, sino lo que se inventa para soportar lo que se vive.

El mérito de “Voyeurs. El lado B” es que no cae en la chabacanería (ese destino típico cuando el sexo se vuelve tema y no materia dramática). Y ahí entra una de sus claves: Walter Hugo Ghedin no escribe desde la consigna sino desde el oficio doble. Psiquiatra y sexólogo, pero también dramaturgo con trayectoria y formación teatral; su perfil lo ubica escribiendo y adaptando materiales diversos, y lista obras propias como “Los juegos del cada cual”, “Freud y Jung” y la versión teatral de “La vagina enlutada”, además de adaptaciones de Chéjov y Tolstoi. Esa combinación se nota: el texto entiende la mecánica del deseo, pero también sabe cuándo una escena necesita aire, remate o silencio.
En esa inteligencia, la dirección de Mariano Dossena elige un ritmo que esquiva el subrayado. La obra avanza sin pedir permiso: cuando roza lo trágico, no se queda a vivir ahí; cuando habilita la risa, no la usa como anestesia. Y ese equilibrio es un acierto en un material donde el borde (fantasía/perversión, juego/delito, intimidad/exposición) está siempre a un paso.

El elenco sostiene ese pulso con una precisión que no es solamente técnica: es moral. Mónica Salvador trabaja una energía rarísima —la de alguien que todavía desea, pero ya conoce el precio de desear— y le da espesor a los momentos donde, de pronto, lo que parecía comedia se vuelve confesión. Cristian Sabaz compone a un marido que intenta administrar el control como si fuera patrimonio, y en ese intento se revela más frágil que dominante. En el contrapunto, Victoria Carreras se mueve con una elasticidad notable: su personaje puede ser espejo, amenaza o refugio, según el ángulo de la luz. Los más jóvenes —Juan Manuel Fernández y Clara Campos— aportan timing y velocidad sin “actuar la juventud” como gimmick: están al servicio del conflicto.
Los rubros hacen su trabajo sin llamar la atención (que es el elogio verdadero). Vestuario y escenografía de Nicolás Nanni, iluminación de Claudio Del Bianco, música original de Rony Keselman: todo construye ese universo de persianas, ventanas y fuera de foco donde la obra respira. El espacio, además, juega a favor: en la Sala Agua la cercanía no es un plus, es parte del pacto. Mirar desde la butaca se parece demasiado a mirar desde una ventana: el teatro, por un rato, vuelve al origen voyeurista del espectador.

Si alguien quiere entender por qué Ghedin se mueve con comodidad en este terreno, alcanza con mirar su derrotero. En 2019 brilló con “Delirio de amor” —otra pieza suya— en la cartelera porteña. Y “La vagina enlutada” tuvo vida propia como comedia teatral basada en su libro homónimo. No es casual: su teatro insiste en un punto donde la conversación social se vuelve íntima, y la intimidad se vuelve política del cuerpo.
En Mar del Plata, “Voyeurs. El lado B” funciona porque entiende algo simple: la fantasía no es escapismo; es administración del deseo. Y cuando la realidad decepciona —casi siempre— el teatro se vuelve el lugar donde esa decepción puede decirse sin moralina y sin cinismo. Se sale con ganas de discutir: no para resolver nada, sino para aceptar que el deseo, como el teatro, vive de lo que no termina de mostrarse del todo.
por R.N.















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