Tratamiento de la obesidad. (Cedoc.)

La obesidad como enfermedad crónica y los nuevos fármacos que están siendo testeados

Los consensos internacionales de expertos coinciden en que ya no constituye un factor de riesgo, sino una patología en sí misma. Por qué lo más importante no es el peso ni el índice de masa corporal. Las drogas que están en ensayos clínicos.

El aumento de la obesidad se ha desacelerado y está alcanzando una meseta en la mayoría de los países de altos ingresos. En muchas de esas naciones, la velocidad de crecimiento en 2024 fue cercana a cero. Hasta aquí las noticias son buenas. El problema es que, por el contrario, en la mayoría de las naciones de ingresos bajos y medios (en África, Asia, América Latina y el Pacífico), la prevalencia de la obesidad continúa aumentando de manera constante, y hasta acelerada. Es lo que afirma un paper publicado en la revista Nature por la Universidad de Helsinki (Finlandia) en colaboración con NCD Risk Factor Collaboration, una red de científicos de la salud especializada en recopilar y proveer datos acerca de las principales enfermedades no transmisibles en países de todo el mundo.  

El trabajo presenta un análisis pormenorizado de la dinámica de la obesidad en 200 países y territorios desde 1980 hasta 2024. A diferencia de informes previos que comparan prevalencias por décadas, este estudio evalúa la "velocidad" de la obesidad (el cambio absoluto anual en la prevalencia) para identificar si el aumento se está acelerando, desacelerando, estabilizando o revirtiendo.

La desaceleración en los países ricos comenzó durante la década de 1990. En 2024, se observaron indicios de un pequeño descenso en la obesidad infantil en naciones como Italia, Portugal y Francia. Por otro lado, la desaceleración de la población adulta en las naciones desarrolladas ocurrió aproximadamente una década más tarde. Sin embargo, algo a tener en cuenta es que el nivel en el que se estabiliza la obesidad es muy variable. Por ejemplo, en niñas de Japón y Francia la meseta se sitúa entre el 3% y el 6%, mientras que en los Estados Unidos y Kuwait se estabiliza en niveles mucho más altos, entre el 19% y el 25%.

En lo que a la América Latina le toca, como en la mayoría de los países en desarrollo, la prevalencia de la obesidad ya ha superado a la de los países de altos ingresos. El estudio concluye, entonces, que calificar a la obesidad como una "epidemia global" uniforme oculta dinámicas muy distintas, y que las políticas para revertir la incidencia de la enfermedad deben ser específicas para cada país. “Es imperativo implementar políticas regulatorias (como los impuestos a bebidas azucaradas) y mejorar la infraestructura de alimentos frescos en los países en desarrollo, donde el aumento no muestra signos de detenerse”, advierten los autores del estudio. 
Además, muestran preocupación porque “aunque los nuevos medicamentos para la pérdida de peso son eficaces, su impacto en las tendencias globales analizadas hasta 2024 es aún pequeño debido a su cobertura limitada y alto costo, factores que podrían aumentar las desigualdades de salud en el futuro”.

 

Innovación y fármacos antiobesidad

En ese sentido, los cambios que comenzaron con la liraglutida, que de alguna manera marcó un antes y un después en el tratamiento farmacológico de la obesidad. Su formulación aprobada para el control del peso crónico recibió luz verde en torno a 2014 por los organismos reguladores de fármacos tanto en Europa como en los Estados Unidos, consolidándose como una opción para personas con obesidad o sobrepeso con comorbilidades, siempre como complemento de una dieta hipocalórica y actividad física. Al actuar sobre la vía de las hormonas intestinales tipo GLP‑1, ayuda a reducir el apetito y a mejorar el control del peso, aunque con el inconveniente de que, en su uso habitual, implica dosis diarias.

Con el tiempo, el campo avanzó hacia moléculas más eficaces y, en muchos casos, con pautas más cómodas. El relevo llegó con la semaglutida 2.4 mg, también basada en la vía GLP‑1, pero con resultados promedio superiores y administración semanal, lo cual la hizo ganar protagonismo clínico. Finalmente, la evolución dio un salto adicional con la aparición de la droga tirzepatida, un fármaco dual que combina GIP y GLP‑1, logrando mejoras destacadas en pérdida de peso; en el marco de la obesidad, su consolidación como tratamiento llegó con la aprobación específica para tratar la obesidad en 2023.

GIP es una hormona intestinal (incretina) que el cuerpo libera, sobre todo cuando comemos, y lo que hace es aumentar la liberación de insulina en el páncreas de forma dependiente de la glucosa (es decir, que su efecto es mayor cuando hay niveles altos de glucosa). También influye en el metabolismo y puede contribuir a reducir el apetito y modificar la forma en que el cuerpo maneja la energía, aunque sus efectos exactos en la obesidad varían según el contexto y la combinación con otras vías.

En este caso la medicación se aplica a través de una inyección semanal que controla el peso y la glucosa en sangre, y que rápidamente se convirtió en el fármaco más rentable del planeta, desplazando a la mismísima semaglutida, que en algún momento desapareció de las farmacias porque personas de buen poder adquisitivo la compraban sin receta solo para adelgazar, sin tener enfermedades como la diabetes (su indicación principal).
La tirzepatida (del laboratorio Eli Lilly) generó en 2025 ingresos de 36.500 millones de dólares, superando a un fármaco oncológico que había liderado el ranking desde 2023 y que, el año pasado, alcanzó ingresos de "apenas" 31.600 millones de dólares. Sin embargo, esta no es la última parada. Los recursos terapéuticos basados en fármacos para la obesidad siguen cambiando. Con la expiración de la patente de la semaglutida, se desató una carrera por versiones similares y más económicas, que deberían ampliar el acceso e incluso competir con el mercado paralelo e irregular. También se esperan comprimidos diarios con el mismo mecanismo de acción que las plumas inyectables para 2027, y hasta versiones en comprimidos. Sin embargo, hay varios medicamentos inyectables en desarrollo, como lo demuestra una investigación reciente presentada en el congreso de la Asociación Americana de Diabetes en Nueva Orleans (Estados Unidos).

Desarrollos en la palestra

Uno de los fármacos en esta categoría es la retatrutida, también de Eli Lilly. En la fase final de los estudios, las personas obesas que utilizaron la pluma inyectable semanal perdieron alrededor del 30 % de su peso después de 104 semanas de tratamiento, y más de una cuarta parte de los pacientes lograron eliminar el 35 %. No solo generan reducción de la masa grasa, sino que quienes tenían prediabetes y tomaron el medicamento vieron cómo sus niveles de glucosa volvían a la normalidad y sus niveles de colesterol y triglicéridos disminuían considerablemente. Estos cambios permitirían, a largo plazo, proteger contra el riesgo cardiovascular que implican tanto la diabetes como la obesidad. 

Si la retatrudida imita la acción de tres hormonas para potenciar la pérdida de peso, la empresa alemana Boehringer Ingelheim apuesta por un suplemento semanal que promueve la quema de grasa sin sacrificar masa muscular. Este es un factor diferenciador importante, ya que uno de los principales efectos secundarios de los análogos del GLP-1 -nombre técnico de esta categoría- es la disminución de la masa magra. La survodudida imita dos hormonas y sus desarrolladores buscan evitar este problema.

En estudios, la sustancia produjo una reducción promedio del 16% del peso inicial, pero la calidad de esta pérdida llamó la atención de los expertos: de los 20 kilos perdidos, aproximadamente 2 kilos eran músculo, evidencia de que la mayor parte de lo eliminado era, en realidad, grasa. Grasa que, según pruebas de imagen, provenía del abdomen y el hígado, el tipo más perjudicial para la salud.

No son los kilos, es la calidad de la salud

Todo esto está relacionado, además, con un cambio en el paradigma del modo de entender la obesidad. Y es que los expertos cada vez más se refieren a dejar de lado “los kilos”, el “peso” de una persona, y el Índice de Masa Corporal (IMC) del que tanto se ha hablado en las últimas dos décadas, por otros criterios, que consideran más cercanos a la realidad del cuerpo con obesidad. El objetivo ya no es solo perder peso, sino perder lo que importa, preservando lo que es relevante para la calidad de vida: los músculos.

El (IMC) se considera actualmente una herramienta insuficiente y "muy imperfecta" para diagnosticar la obesidad por sí sola, principalmente porque no refleja con precisión la composición de la masa corporal ni el estado de salud real de un individuo.

De acuerdo con un estudio realizado por la Lancet Comission y publicado en la revista médica The Lancet, el IMC solo explica la mitad de la variabilidad de la grasa corporal. Por ejemplo, para un mismo valor de IMC, el porcentaje de grasa corporal varía significativamente entre hombres y mujeres. Tampoco distingue entre tipos de masa, que puede ser magra (músculo) o grasa, esto puede llevar a diagnósticos erróneos en personas con mucha musculatura o en aquellas con poca masa muscular y exceso de grasa (tienen obesidad sarcopénica).
El IMC no ofrece información sobre dónde se localiza la grasa, lo cual es determinante para el riesgo metabólico. “La ciencia actual demuestra que la grasa visceral es la que marca el riesgo de enfermedades como la diabetes tipo 2 y enfermedades coronarias, mientras que otros depósitos, como la grasa glúteo-femoral, pueden tener incluso efectos protectores”, advierte el documento.

La obesidad es definida en la actualidad como una enfermedad crónica basada en el tejido adiposo, que incluye no solo la cantidad, sino también su distribución y función. El IMC es un "correlato débil" a nivel individual para determinar la relación entre adiposidad y enfermedad, ya que no detecta las consecuencias fisiopatológicas o clínicas de ese exceso de grasa. Propuestas recientes, como la de la Lancet Commission, sugieren que el IMC debería ser una herramienta de alerta, sí, pero que requiere ser confirmada con otras medidas antropométricas (como la circunferencia de cintura) o medidas directas de grasa corporal para un diagnóstico clínico preciso.
Con ensayos clínicos aún pequeños, la farmacéutica estadounidense Pfizer presentó un tratamiento experimental que podría inaugurar un nuevo régimen de administración de inyecciones con dosis mensuales. La berobenatida se basa en el GLP-1, el mismo principio que la semaglutida, pero tras aplicaciones semanales, demostró, en principio, poder ayudar a mantener el proceso de pérdida de peso con una inyección al mes. La reducción, de acuerdo con los experimentos, es de alrededor del 16 % de la masa corporal. Las dosis más espaciadas ayudarían a mejorar la adherencia al plan terapéutico, uno de los principales obstáculos en el control del peso actual.
Además, hay otras moléculas que empiezan a ser testeadas, ya sea en forma de inyecciones o de pastillas. El laboratorio danés Novo Nordisk, que en su momento lanzó la semaglutida, se asoció con una empresa china y ya está evaluando un posible competidor de la retatrutida: este medicamento, en una fase anterior de investigación, logró una pérdida de peso de casi el 20 % en menos de seis meses, un resultado relativamente rápido.

Todos estos candidatos deberán someterse al proceso científico para demostrar su seguridad y eficacia, un paso crucial antes de llegar al mercado, y requerirán cambios en los hábitos. Por ahora, son solo promesas, y cualquiera que intente venderlas o prescribirlas estará infringiendo las normas. Además, el consenso de los especialistas (como el de la Unión Europea, por ejemplo), indica que ante casos de sobrepeso y obesidad primero hay que comenzar por cambios en el estilo de vida (que incluyen desde qué y cómo se come) hasta la actividad física y el manejo del estrés y la ansiedad. Si con estas modificaciones no alcanza, entonces los médicos deberían recurrir a una apoyatura farmacológica acorde a las necesidades y realidades de cada persona. Finalmente, si nada de esto funciona, y para personas con una obesidad mórbida y con alto riesgo para la salud, a los métodos quirúrgicos. Siempre, todo, acompañado con un estilo de vida que acompañe y ayude.