Atravesando los primeros meses del año 2026, la Armada Argentina no tiene ni un solo submarino operativo. El último fue el ARA San Juan, que desapareció en 2017 y finalmente fue hallado un año después. En el accidente fallecieron 43 submarinistas hombres y una mujer. La historia nacional tiene encuentros y desencuentros pendulares entre estos buques y nuestras políticas de defensa de los mares y ríos argentinos.
La necesidad de navegar bajo el agua, y con ello tener un arma que sorprendiera al enemigo, proviene de tiempos antiguos. Sin embargo, la aparición de naves que funcionaban con algún tipo de energía no anaeróbica, es decir sin hombres remando o pedaleando en su interior, data en 1863 y 1864, cuando Francia y España logran respetables resultados con máquinas que funcionaban a aire comprimido y a vapor, respectivamente. Con ellos se inició un lapso de 50 años de intensos desarrollos, hechos en muchos países con industrias avanzadas, para llegar a las primeras y poderosas máquinas submarinas: los U-Boot alemanes de la Gran Guerra. Pocos meses después, Francia, Italia y EEUU, tendrían sus propios submarinos en la Guerra.
Las dos últimas décadas del siglo XIX fueron intensas en el desarrollo de naves capaces de navegar bajo el agua. El desafío tecnológico era el quid de la cuestión: un barco que se sumerge en el agua y puede volver a emerger, con tripulantes dentro que precisan respirar aire sano, con máquinas que propinan la energía necesaria para muchas funciones, y armamento para la guerra. Una complejidad de tremenda magnitud.
Intentos
Pero en esos momentos la Argentina tuvo varias iniciativas en el mismo sentido. Hay informes que dan cuenta del ingeniero naval Jorge Bolthauser, que en 1891 se presentó ante las autoridades de la Armada llevando un proyecto de construcción de un submarino. El proyecto avanzó, pero el submarino nunca se construyó, sin quedar testimonio de las causas. En 1894, un ciudadano llamado Augusto Capdevilla D’Ausone se presentó ante el presidente Roca y afirmó que había estudiado y resuelto el tema de la navegación submarina. Sobre que pasó luego, nada se sabe.
También existe la experiencia en 1898 de un ciudadano francés llamado Vergniers, que presentó un aparato subacuático. En este caso, el ministro Levalle dio curso al pedido. Dispuso que el Estado Mayor de Marina nombrara una comisión técnica y analizara la utilidad del proyecto. El asunto avanzó: se acordó realizar una experiencia. El invento era una simple boya de 2,3 metros cúbicos. Tenía ojos de buey y teléfono para comunicarse con el exterior. Vergniers entró en persona en la boya que estaba en superficie y se realizó una maniobra de sellado de la escotilla desde afuera. Tras varias peripecias, el hombre quedó dentro de la boya flotando por más de 8 horas. El informe militar sobre lo observado afirmó “(…) que por ahora el aparato inventado por el recurrente no tiene aplicación en la escuadra”.
Pionero
Pero la experiencia que implicó un alto impacto político, militar y también social, fue el proyecto del Submarino Ricaldoni. La misma tuvo dos momentos de máxima atención por parte de la sociedad argentina: en 1893 y 1895. Tebaldo Ricaldoni, uruguayo, se recibió de ingeniero en la Universidad de Buenos Aires, fue un protegido de la familia Mitre, que lo instó a que presentara su proyecto de submarino eléctrico de 40 metros de eslora al gobierno nacional. En 1893 una comisión técnica de marinos, presidida por el entonces capitán de fragata Manuel García Mansilla, evaluó los planos y la memoria técnica elevados por Ricaldoni. Varios meses después, el estudio llegó a un dictamen que fue publicado en el diario La Nación. Para sorpresa de todos, si bien el estudio destacaba el trabajo de Ricaldoni, mintió al afirmar que las potencias extranjeras no han avanzado con certezas en el tema y dictamina una negativa a la construcción con el agregado de la decepcionante frase “En nuestra naciente armada no sabríamos qué papel asignarle a un submarino.”

El proyecto retomó impulso en 1895, cuando un grupo de diputados lo llevaron al Congreso Nacional, en una sesión secreta, y lograron su aprobación asignando recursos para que se construyera. La iniciativa nunca llegó a la Cámara de Senadores. Todo esto ocurría en un contexto geopolítico de posible guerra con Chile por cuestiones limítrofes, y ambos países endeudándose con Gran Bretaña para obtener armas. No estaba en agenda del gobierno argentino desarrollar una industria bélica local en un país que crecía en base al modelo agroexportador, con pocas industrias nacionales relevantes.
Será recién en abril de 1933, cuando una escuadrilla de tres submarinos comprados y construidos en Taranto, Italia, fue revisitada por las más altas autoridades nacionales. Se trataba de los primeros buques submarinos que incorporaba la Armada Naval, llamados Tarantinos por su origen. Habían pasado cuarenta años entre ambos sucesos.
El presidente que ese día de 1933 pasaba revista era Agustín P. Justo, un militar que ejercía el cargo de presidente de facto, también pasaba revista el ministro de Marina, el almirante Pedro Casal, quien hasta 1921 seguía dudando sobre si incorporar o no submarinos a la marina, a pesar de los buenos resultados observados en la Gran Guerra. También estuvo el almirante Manuel Domecq García, antiguo promotor del submarino de Ricaldoni, y luego impulsor de la compra de los Tarantinos en 1926.
Hasta 1914, último intento de Ricaldoni para lograr que se construya su submarino, la propuesta de submarinos construidos en Argentina venía de la mano de inventores locales. Si se hubiera optado por hacerlos, el hecho rompería el molde seguido por el país para contar con buques de guerra. Salvo contadas excepciones, Italia o el Imperio Austrohúngaro, toda la flota argentina se compró y construyó en Inglaterra.
Si el camino soberano a medias elegido por el país era la compra de tecnología naval extranjera solo para la defensa en superficie, llegado el año 1914 el mismo se muestra en desnudez cuando se sabe que Perú adquirió en 1911 submarinos a Francia y Brasil, que incorporó en 1913 submarinos italianos, y que Chile recibió de Inglaterra y Estados Unidos buques submarinos. Aun entendiendo que el contexto político y económico nacional que impuso la generación del ´80 no colaboraba con un proyecto nacional de industria naval, y menos aún con la idea de construir submarinos de modo local, cualquier adquisición posterior a 1914 parece que fue demorada.

Camino importador
Pero luego las posiciones fueron cambiando. En 1917, el Ejecutivo a cargo de Yrigoyen presentó al Congreso un proyecto de ley para adquisición de material naval. Entre otras compras y construcciones, el gobierno pedía veinte submarinos. La presentación no prosperó. Por otro lado, la Armada nacional resolvió tener sus primeros submarinistas, que se formaron en EE.UU.
Los Tarantinos adquiridos en 1933, ARA Santa Fe, ARA Salta y ARA Santiago del Estero, prestaron servicio por más de dos décadas. Sacados de servicio entre 1956 y 1969. La Armada Nacional, para su remplazo, adhirió al programa que dispuso Estados Unidos para que países “amigos” se pudieran equipar con su abundante armamento de posguerra.
El programa se llamaba Military Assistence Program (MAP). A partir de entonces, Argentina apreció tener un plan, con dificultades, pero que aparece como sostenido en el tiempo para contar submarinos. Luego de los buques norteamericanos, vendrán los submarinos alemanes. Iniciada en 1972 con procesos de ensamblado y mantenimientos de media vida, hechos en un astillero argentino especialmente diseñado para submarinos, es la que finalmente formaliza y genera una industria nacional especializada en el rubro. El desenlace de la Guerra de Malvinas, las políticas de desfinanciamiento y el desguace del Estado en el gobierno libertario, deshacen aquellos logros, que resultaron temporales y efímeros.
La etapa final de este recorrido, 1984 – 2025, encuentra a una nueva generación de submarinos alemanes, en distintos estadios de inutilidad: el ARA Santa Fe ensamblado en un 70% y el ARA Santiago del Estero ensamblado en un 30%, pues esta etapa incluía claramente procesos de transferencia tecnológica. Ambos siguen estando hoy detenidos en el tiempo, en los galpones de las instalaciones del astillero Almirante Segundo Storni. Por otro lado, el ARA Santa Cruz, inmovilizado, en proceso suspendido de recambio de baterías; y el ARA San Juan que naufragó en 2017 con 44 submarinistas a bordo, sin sobrevivientes.
Aprovechando las conversaciones iniciadas con Francia, por parte del gobierno de Alberto Fernández, donde anidaba etapas de compra y construcción de submarinos franceses en Argentina, el actual gobierno del presidente Milei, ha dicho que va a re equipar la Armada Nacional comprando “llave en mano” tres submarinos de ataque franceses. Aunque se firmó una carta de intención en noviembre de 2024, la operación enfrenta retrasos. Y que estas naves cuestan u$s 2.300 millones, y el gobierno no consigue quién se los preste.
(*) Por Bruno Pedro De Alto- Especialista en Gestión de las Tecnología y la Innovación. Director de la Especialización en Vinculación y Gestión de la Tecnología de UNaB. Autor de “La derrota del submarino”. Co edición CICCUS – UNaB. (2025)
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