Una mujer observa los precios de productos lácteos en un supermercado, en la ciudad de Buenos Aires. Argentina registró en agosto una inflación interanual del 236,7 por ciento tras reportar una variación mensual del 4,2 por ciento durante ese mes, informó el Instituto Nacional de Estadística y Censos. (Xinhua/Martín Zabala)
IPC en modo electoral y el objetivo de "desinflar"
Los precios desaceleran, pero para estar cerca del 1% mensual conspiran la compra de reservas y la suba del gasto electoral.
La inflación no es novedad en el escenario argentino, lo que sí logró Argentina es consolidarse como una economía que logró estar casi todos los años de los últimos 80 años con un IPC en dos dígitos anuales. La excepción son sólo uno de cada cinco años en que por un cambio drástico y luego de una severa política de ingresos, consiguió una relativa calma en los precios: 1953-1955, 1968-69, 1993-2001 y 2003-2006. El desafío planteado al comienzo de la gestión actual de gobierno, fue el bajar drásticamente la inflación (211% en 2013), cosa que logró hasta alcanzar 1,5% en mayo del año pasado. Sin embargo, el costo de ese descenso fue el del agotamiento de la cuenta externa y la generación de una corrida cambiaria que sólo frenó con la intervención del Tesoro de los Estados Unidos. El saldo del vértigo del invierno pasado fue una tasa de interés exorbitante por el apretón monetario, una caída en la actividad económica y un posterior rebrote inflacionario, que duplicó el alza mensual de precios en menos de un semestre.
El futuro. Un año más tarde, todo volvió al mismo lugar y el interrogante es si esta lenta desaceleración (1,9% fue el alza del IPC en junio) es un camino descendente automático o si deberá resetear el programa económico para poder compatibilizar varios objetivos que a primera vista parecen excluyentes: aumentar las reservas, alentar la recuperación de la actividad económica y dar un entorno favorable a las negociaciones sectoriales y con gobernadores para tejer las alianzas necesarias en el año electoral en marcha.
La aceptación implícita de graduar con realismo los objetivos tiene como primera consecuencia la imposibilidad de converger con las tasas de inflación anual de los países vecinos no ya este año sino para el crucial 2027. Martín Rapetti, director de Equilibra señala que mientras la mediana de las economías latinoamericanas (incluida México y desechada Venezuela) arrojó en el mismo mes 0,2%, la distancia sigue siendo abismal. En Uruguay, por ejemplo, la pauta presupuestaria está en 4,5% anual y en Brasil, el Gobierno tuvo que corregir su proyección y elevarla al 5,1% para este año.
Mientras tanto, la última encuesta REM que realiza cada mes el Banco Central arrojó una expectativa entre economistas de un 30% para este año, pero sólo 4 puntos menos para 2027 (26%). En el mes de julio la proyección que realizan las consultoras privadas da un escalón arriba del 2% y le atribuyen al cambio de dirección a la estacionalidad de algunos consumos, como servicios vinculados con las vacaciones. Por ejemplo, Sebastián Menescaldi, director asociado de Eco Go proyecta para julio una inflación minorista de 2,2% con bastante suba de los bienes y servicios estacionales, vinculados con consumos vacacionales (recreación, turismo, gastronomía) pero el rubro Alimentos no lo ven descontrolado, por lo que cree que la “inflación núcleo” seguiría por debajo del 2% mensual pero lo que sigue encima del promedio siguen siendo los servicios públicos y privados; los primeros por el cronograma de actualización y el resto por compensar otros retrasos anteriores. Para el resto del año estiman que podría estar un poco por debajo del nuevos “piso” del 2% mensual y abre puntos suspensivos con el impacto del dólar en esta ecuación. “Si bien no vemos shocks como los del año pasado y hay un control importante sobre la emisión de pesos, pero un poco más relajado lo que permite más holgura financiera. Sin embargo, en el segundo semestre no habrá la afluencia de dólares que hubo en el primer semestre, por lo que no caerá su valor y no facilitará seguir bajando la inflación por debajo del 1,5% mensual”, subraya Menescaldi. Pero no deja de poner un asterisco en este pronóstico: la falta de un verdadero colchón de reservas que oficie de escudo ante imponderables, no descarta que el temor a la crisis induzca a los actores económicos a resguardarse, como siempre, aumentando la demanda de divisas o sus sucedáneos: activos “dólar linked”, dólar futuro y una tasa de interés de contención con el consecuente impacto en la economía real.
El que apuesta al dólar… Hay un consenso marcado entre los economistas que el descenso de la inflación será moderado y que el tipo de cambio nominal no explotará durante este año y el próximo. Para diciembre de 2026 el conjunto de participantes pronosticó un tipo de cambio nominal de $1.673 (+15,5% respecto de diciembre de 2025).
La afluencia de dólares durante esta primera mitad del año tiene tres fuentes principales. En primer lugar, el superávit comercial: en el primer semestre se acumularon US$13.923 millones, impulsado por exportaciones totales de US$49.454 millones e importaciones por US$35.531, según el informe oficial del INDEC. El economista Salvador Distéfano afirma que al agro le resta liquidar, todavía, más de US$35.000 millones en este segundo semestre. También ingresaron divisas por emisión de deuda pública (las provincias reingresan en el mercado global) y Obligaciones Negociables de empresas bien calificadas, generalmente vinculada con los “motores” de la economía: energía, minerías y agroindustria.
Por el lado de la demanda, se notan dos aspectos llamativos: uno es el del relativo estancamiento de las importaciones (-3,9%) que contrasta con el salto de las exportaciones (+24,4%). La explicación radicaría en que en 2025 hubo un sobre stock o demandas insatisfechas de años de restricciones para importar y en la escasa actividad industrial que explica la demanda de dos tercios de las compras totales del exterior. Por su parte, la demanda de dólares para ahorro (estimada en US$2.000 millones por mes) además de mostrar la tendencia a dolarizar parte de su cartera por parte del inversor minorista, le pone un piso a la demanda. El Banco Central, además, fue nuevamente comprador neto de divisas: US$1.500 millones en julio y más de US$12.700 millones en lo que va del año. Con este ritmo, el compromiso de acumulación de reservas internacionales asumido con el FMI se podría alcanzar antes de fin de año, pero aún así todavía las reservas netas seguirían en una magnitud negativa por un tiempo más.
Balance. Finalmente, la flexibilización también alcanza a la meta fiscal, algo previsible en un contexto electoral pero que pone bajo la lupa la magnitud de estos desvíos. La encuesta del REM proyecta un resultado fiscal primario del Sector Público Nacional no Financiero de +$15,7 billones para 2026 (-$300.000 millones respecto del REM previo) lo que muestra que la receta de la motosierra encuentra su límite: cada vez es más difícil encontrar gastos susceptibles de ser cortados sin alterar el funcionamiento del Estado ya que casi 60% del total son rubros indexados (como las jubilaciones, pensiones y la AUH). La apuesta es a que la recaudación tributaria permita subsanar este bache, pero se choca contra una paradoja: los sectores “ganadores” (menos el agro) son los que menos generan ingresos fiscales y el consumo que sí lo hace está estancado. En la resolución de esta ecuación está la clave para asegurar la sostenibilidad de la inflación en retroceso.
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