Hairspray (gentileza Sol Tomaselli )

La fuerza de un clásico moderno

Hairspray vuelve a la cartelera porteña con Belén Bilbao y Damián Betular y confirma que el musical de Broadway sigue vigente: diversión con mensaje.

Hay espectáculos que entretienen y otros que, además, logran hacer reflexionar al público. Este musical, nacido en Broadway en 2002, a partir de la película de culto de John Waters de 1988, llevado luego al cine con John Travolta, conserva intacta su capacidad para hablar de discriminación, diversidad y aceptación sin resignar ritmo ni emoción. La cartelera porteña conoció una recordada puesta con Enrique Pinti y Vanesa Butera, pero este nuevo montaje demuestra que el título todavía tiene mucho para decir.
Ambientada en el Baltimore de 1962, la historia sigue a Tracy Turnblad, una adolescente que desafía los prejuicios sobre el cuerpo, la belleza y la segregación racial mientras persigue el sueño de participar en un exitoso programa de tv. Lo admirable es que nunca convierte esos conflictos en una lección solemne. Por el contrario, todo fluye con una ligereza que hace del entretenimiento el vehículo de un mensaje aún vigente.
Belén Bilbao interpreta a Tracy con seguridad poco habitual para un papel de semejante exigencia. Canta, baila y actúa con una frescura que sostiene toda la obra. Alejandra Radano construye su Velma Von Tussle con impecable presencia escénica, capaz de combinar ironía, autoridad y preciso manejo del humor. El promocionado debut del pastelero Damian Betular, como Edna, la madre de la protagonista, no asombra, pero tampoco desentona, está correcto. 
Dentro del numeroso elenco, de compromiso escénico y nivel interpretativo sin altibajos, se destaca Ian Ferreira (Sammy), una verdadera revelación, que aporta vitalidad y confirma un talento a tener muy en cuenta. También Sonia Savinell (Garganta feroz) al ofrecer uno de los momentos más conmovedores de la noche gracias a su voz poderosa y una interpretación que emociona. 
Fernando Dente, aquí como sobresaliente director, confirma que es uno de los nombres fundamentales del teatro musical local. Su puesta combina precisión, dinamismo y una notable capacidad para sostener el ritmo sin descuidar la construcción de los personajes. Cada escena encuentra su propio pulso y el relato avanza con naturalidad.
Las coreografías de Vanesa García Millán son otro de los grandes aciertos y lejos de funcionar como simple despliegue visual, impulsan la acción dramática y contagian una energía permanente que transmite entusiasmo y convierte varios cuadros en auténticos puntos altos.
La generosa producción de Club Media y Olga ratifica que los grandes musicales no se sostienen solo en canciones memorables. También pueden hablar de igualdad e inclusión a través de una celebración tan divertida como necesaria. (****)