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MUNDO | 26-04-2013 15:04

Terrorismo made in USA

Qué motiva a un joven a perpetrar un atentado. Los lados oscuros de la mente y la influencia externa.

En algo se parecen al personaje de “Terrorista”, la novela de John Updike. Como Ahmed, los hermanos que cometieron el atentado en Boston no tendrían una razón personal objetiva. A la razón de semejante acto habrá que buscarla en algún pliego oscuro de la mente, donde se agazapan los traumas de la infancia.

Al muchacho musulmán de la última novela del escritor que también era de Massachusetts (cuya capital es precisamente Boston), fueron sufrimientos y rencores con sus progenitores lo que lo condujo hacia el fanatismo ultra-islamista.

Dzhokhar y Tamerlán Tsarnaev no habrían tenido motivos objetivos para odiar al país que los acogió hace diez años y en el que el mayor se recibió de ingeniero y se convirtió en boxeador, mientras su hermano menor iniciaba la Facultad de Medicina.

Si a la conversión al fanatismo la sobrevuela un personaje literario, el desenlace de la trama tuvo acción y espectacularidad cinematográfica. Las rápidas deducciones de los agentes del FBI y de varias agencias de inteligencia; la búsqueda y el tiroteo en el que cayó acribillado Tamerlán; y Dzhokhar logrando escabullirse hasta que lo rodearon en Watertown.

Su fallido intento de suicidio disparándose un balazo en la garganta, agregó dramatismo a ese final a toda orquesta, en el que los agentes del FBI que atraparon al muchacho salieron del lugar aplaudidos por los vecinos de Watertown. Sólo faltó la música de Ennio Morricone sobre créditos.

Sin embargo, la historia del atentado en la maratón de Boston no parece haber terminado. El final llegará si logra comprobarse que los terroristas actuaron solos y por decisión propia; o si, por el contrario, queda clara su pertenencia a una red mayor, vinculada al ultra-islamismo caucásico y en la cual no serían las únicas piezas existentes dentro de los Estados Unidos.

La pista chechena es la única firme y no sólo porque la familia Tsarnáev proviene de ese martirizado rincón centroasiático, sino por las sospechas que despertó en Moscú el viaje de que realizó Tamerlán a Rusia, donde pasó seis meses. Al fin de cuentas, el FBI pudo armar el rompecabezas porque llevaba tiempo siguiendo a Tamerlán a pedido de Rusia.

El atentado en Boston no parece responder cabalmente a ninguna de las dos variantes principales del terrorismo. Esas variantes son el terrorismo vernáculo y el terrorismo foráneo.

El rasgo principal del terrorismo de origen local la extravagancia. Un claro ejemplo fue el Ejército Simbiótico de Liberación, que habría quedado en la historia de la década del setenta como una simpática y paradojal versión armada del hipismo californiano, sino fuera por los asaltos a bancos perpetrados con fusiles AK-47 y los atentados con bombas a la policía de Los Ángeles y San Francisco, además de secuestros como el secuestro de Patty, de la nieta del magnate de la prensa amarilla William Hearst.

El ejemplo en solitario del terrorismo extravagante apareció en los ochenta con Unabomber y sus letales cartas explosivas. Le costó muchísimo al FBI descubrir al autor de tantos crímenes por correo y, finalmente, se sorprendió al encontrarlo. Sucede que el terrorista era nada menos que Theodor Kaczynski, un filósofo y matemático egresado de Harvard cuya portentosa inteligencia (con 167 de cociente intelectual alcanzaba el grado Asperger) había caído en el desvarío del “neoludismo”, visión apocalíptica sobre el avance de la tecnología.

También actuó en solitario Timothy McVeigh en 1995, cuando voló con un coche bomba el edificio federal Alfred Murrah matando a 165 personas. Ahora bien, aunque actuó por cuenta propia, ese joven y lunático miembro de la Asociación Nacional del Rifle afiliado al Partido Republicano, estaba influido por otra patología típicamente norteamericana: las milicias. Esos grupos armados hasta los dientes odian al gobierno federal y difunden estrafalarias teorías conspirativas, por caso que la ONU y la sinarquía judía maneja a Estados Unidos.

La variante externa es, fundamentalmente, el ultra-islamismo y, si bien no cuenta con una larga lista de atentados, perpetró nada menos que el 11-S, que implicó el salto del terrorismo desde la masacre hasta el genocidio, cuando lanzó aviones de pasajeros contra las torres gemelas y el Pentágono.

No está claro a cuál de las variantes del terrorismo que actúa en suelo americano pertenecen los hermanos Tsarnaev. El menor habría dicho a sus interrogadores que actuaron solos y por cuenta propia. Pero el origen checheno abre otras posibilidades.

Siguiendo la tradición guerrera de sus ancestros tártaros, los musulmanes de Chechenia quieren liberarse de Rusia, del supremacismo eslavo y del cristianismo ortodoxo, combatiendo con particular maestría y eficacia. Pero el movimiento independentista de la pequeña república caucásica tuvo, en las últimas décadas, dos momentos claramente diferenciados.

La etapa que encabezó el presidente Dyohar Dudayev, quien proclamó la independencia poco después de la disolución soviética, fue claramente nacionalista. Por cierto, para ganar la guerra contra el ejército ruso que envió el gobierno de Boris Yeltsin para someter a los sublevados, las milicias chechenas recibieron ayuda desde Afganistán. Pero será después de la muerte de Dudayev y de la segunda guerra caucásica, ordenada ya por Vladimir Putin, que Al Qaeda acrecentará su influencia sobre los comandantes chechenos. Esa influencia motoriza brutales ataques, como el copamiento del Teatro Dubrovka, en el corazón de Moscú, y el de una escuela en Beslán, Osetia del Sur.

Hasta hoy, Al Qaeda sigue influyendo sobre grupos terroristas caucásicos que actúan en varios puntos de Rusia. Por eso no es descabellado que, en su viaje a Rusia, Tamerlán Tsarnaev haya sido coptado y adiestrado para perpetrar atentados como el que perpetró con su hermano en Boston.

No hubo tiempo para militancias ni para vivencias sobre la opresión que padecen muchos musulmanes en Rusia, pero posiblemente, en un pliego oscuro de la mente de Tamerlán y de su hermano menor, estaba el trauma personal que le abre las puertas al fanatismo. Al fin de cuentas, eso logró el Sheij Rashid con Ahmed, el joven personaje de la novela “Terrorista”, en la que John Updike describe esa puerta por la que siempre puede entrar a los Estados Unidos el fanatismo más letal.

por Claudio Fantini

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