SALUD | 06-01-2012 13:54

La soledad que nos protege

Razones científicas de la utilidad de saber aislarse. Los riesgos y cómo evitar los excesos hermitaños.

A los 60 años, John Cacioppo es tenido como uno de los más influyentes psicólogos de los Estados Unidos y uno de los mayores especialistas en soledad. Su visión es evolucionista: según él, estar solo es un estado imprescindible para la supervivencia de la especie humana. “La sensación de aislamiento tiene un efecto semejante al del dolor y al del hambre”, dice el investigador que, en el 2004, fundó el Centro de Neurociencia Cognitiva y Social de la Universidad de Chicago, que dirige. Cacioppo defiende la idea de que no es necesario casarse para ser feliz (y si no, que lo diga el soltero convencido George Clooney, de 50 años) y que las redes sociales, como Facebook (creada por Mark Zuckerberg), son buenas mientras no sustituyan las interacciones en la vida real.

Cacioppo dice que la soledad tiene un fuerte componente genético. Por eso es que algunas personas precisan tener menos compañía que otras. Como ejemplo extremo, cita el caso del estadounidense Chistopher McCandless, cuya aventura solitaria por Alaska dio origen al libro y al film “La naturaleza salvaje”. McCandless solo intentó salir del aislamiento absoluto cuando ingirió una planta venenosa por engaño. Acabó muriendo por inanición.

Más allá de que el aislamiento físico contribuya a la sensación de soledad, ella es mucho más que eso. Podemos estar casados, tener una familia numerosa o estar en el medio de una multitud, y así y todo, sentirnos solos.

La soledad es una condición psicológica caracterizada por una profunda sensación de vacío. Es un estado adverso que, desde el punto de vista evolutivo, nos motiva a cambiar, a buscar compañía. Así, la sensación de aislamiento tiene un efecto semejante al del dolor y al del hambre. La incomodidad que provoca la soledad es una de las fuerzas que nos empujan a hacer vida gregaria, a preservar un cuerpo social, imprescindible para nuestra supervivencia y prosperidad. En los primeros días de la especie humana, sobrevivimos apenas porque nos mantuvimos en grupo, lo que es garantía de protección mutua.

“La soledad es en un 50% hereditaria y en otro 50%, circunstancial. De hecho, más fuerte y más dolorosa que la determinación genética es la sensación personal de aislamiento”, advierte Cacioppo. Y continúa: “Dentro de un contexto evolutivo, los individuos más sensibles al aislamiento son aquellos que no se despegan fácilmente de un grupo y que hacen todo para mantenerlo unido. Por el contrario, los menos sensibles a la soledad son los más arriesgados, lo de más coraje para explorar nuevos ambientes. Ambos perfiles son necesarios para preservar la especie”.

La alegría existe igual

La soledad puede encerrar timidez pero, si una persona es introvertida, eso no significa que sea más solitaria. En ese caso, lo que sucede es que ese individuo precisa de menos gente cerca para sentirse completo. Un tímido puede tener solamente un buen amigo y, así y todo, ser feliz.

Un estudio reciente muestra que si alguien intentara ser feliz sin tener ningún tipo de compromiso, y si se empeñara a fondo en ese sentido, acabará sintiéndose frustrado porque tenderá a sufrir con su soledad. Pero si alguien decide intentar ser feliz en los próximos seis meses, comprará cosas que siempre quiso tener, hará cosas que siempre quiso hacer y prestará menos atención a las otras personas.

“Tal comportamiento lleva al deterioro en la calidad de las relaciones. Y lo que hace feliz a una persona son esas relaciones. La soledad es la ausencia de contactos significativos”, advierte el neurocientífico. “Pero la soledad no es estar soltero en lugar de casado. Hay personas que están casadas y que se sienten solas, en una situación infinitamente peor que la de los solteros, que tienen más oportunidades de salir y de relacionarse con otros".

El problema es que, para la mayoría, la idea de felicidad va siempre con el casamiento, la unión amorosa”.

Tiempo para sí

Para mantener un buen contacto con las otras personas, es preciso distanciarse de ellas de vez en cuando, puntualiza Cacioppo. De lo contrario, todo termina siendo muy cansador. “Las personas no hablan solamente de cosas lindas, también tienen demandas. A veces uno precisa dar un paso hacia atrás, para poder recuperar su equilibrio. Para una madre, por ejemplo, cuidar de su hijo puede ser muy gratificante. Pero, para que ella siga siendo amorosa y generosa, necesita tener horas para sí misma y dejar los cuidados del hijo sobre los hombros y la responsabilidad de otra persona”. Porque, a fuerza de verdad, “quedarse solo no es lo mismo que ser solitario”, señala especialmente.

El peligro del egocentrismo

La soledad, cuando es ignorada, puede comprometer la capacidad del individuo para relacionarse. Es como el hambre: si no hacemos nada, perjudicaremos seriamente a nuestro organismo y, en un punto límite, estaremos imposibilitados de conseguir comida.

Cuando una persona se siente sola, tiende a ocuparse y a preocuparse más por sí misma, como una forma de protección. Si el estado de soledad dura mucho tiempo, la persona está tan enfocada en sí misma que compromete su capacidad de establecer contacto con los demás. Y aun cuando interactúe con otras personas, estará pensando más en sí mismo que en los demás. Ese comportamiento es, justamente, el que lo llevará a un mayor aislamiento.

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