Ciencia / 15 de Enero de 2015

SOCIOLOGÍA

El territorio de las lonas

¿Cómo y por qué las personas ocupan cierto lugar en la playa? La lucha por el espacio.

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Llegar a la playa a las 4 de la tarde. Mirar alrededor. Pisar fuerte, marcando el territorio adonde quedarán acomodados los utensilios, léase lona, bolsos, tal vez sombrilla, heladerita, tablets, juguetes infantiles. Tratar de hacer el menor ruido posible (al menos, eso es lo que dicen las reglas de etiqueta playera) en medio de tanto despliegue, intentando al mismo tiempo mantenerse lo más lejos posible de los vecinos más cercanos, pero no tanto como para dejar de estar cerca de la movida marina.
Si una o dos mujeres pueden llegar con sus bolsos de mano, acomodar sus lonas pegadas una al lado de la otra y, modesta pero firmemente tenderse al sol, dos o más hombres acarrearán bebidas, vasos, sillas, plantarán una sombrilla con una intensa puesta en escena, reirán sonoramente. El espacio ocupado por los veraneantes masculinos se expandirá de manera inversamente proporcional a la cantidad de miembros del grupo.
La respuesta a estas actitudes no estaría dada porque las mujeres tengan alma de lagartos sedientos de sol y los hombres posean espíritus gregarios hambrientos de caza, sino algo más complejo: hay estudios científicos hechos por sociólogos, antropólogos, biólogos evolucionistas, que se han basado en analizar el comportamiento de los seres humanos urbanos en las playas y encontraron algunas explicaciones a por qué y cómo cada quién ocupa un lugar, y en qué situaciones.
A la playa las personas llegan y ocupan los espacios que pueden (a menos que esté semidesierta), comparten esos espacios con personas que no solo no conocen sino que por lo general son absolutamente diferentes a ellos (física, social, económica, etáreamente, por mencionar solo algunos aspectos), se quitan la ropa, dejan sus pertenencias (algunas, tan valuables como una tablet, una cámara de fotos, un celular de última generación, dinero, tarjetas de crédito), conviven en medio de reglas no escritas y, por lo general, lo hacen de manera pacífica.
¿Cómo es posible? Es la pregunta que se hacen los antropólogos. La realidad es que aunque las playas, hablando desde un punto estrictamente geográfico, existen desde hace miles de años, no fue sino hasta el siglo XVIII que el rey George III de Inglaterra comenzó a pregonar los favores que los baños de mar tenían sobre la salud.
Arrojarse hacia las olas y salpicarse mutuamente con agua salada es una imagen romántica que de natural (en el sentido evolutivo del término) no tiene nada. Tuvo que pasar mucho tiempo para que los seres humanos perdieran el temor al mar y empezaran a pensarlo como un lugar de placer y, más aún, de diversión.
Tan sorprendente fue que hombres y mujeres se dirigieran en malones hacia las aguas solo porque sí, apenas para compartir esos espacios con otros desconocidos, que Alain Corbin, un intelectual francés que también escribió ensayos sobre temas tan diversos como los sentidos, los olores y el canibalismo, describió el cambio general de actitud hacia los límites entre la tierra y el mar en el libro “El señuelo del mar: el descubrimiento de la playa, 1750-1840”.
Para la época en la que Jane Austen escribió en 1817 su novela “Persuasión” (“Sandition”, en inglés), considerada por algunos especialistas en literatura como la primera novela “de playa”, el mar y sus orillas comenzaban a ser vistos como algo intensamente placenteros y sensuales, y nacían las vacaciones playeras en resorts construidos sobre la arena y las dunas.
Fenómeno reciente. De algún modo, lo que se pone en juego al llegar a la playa, en época de vacaciones y por ende en época de amontonamientos en las orillas del mar, es la posesión de un pedazo de arena. Que podrá ser mayor o menos, dependiendo no ya de guerras territoriales, sino de gestos sutiles que, argumentan los investigadores sociales, dependen no solo de la personalidad individual de cada quien, sino de aspectos tan disímiles como el sexo y la nacionalidad.
William Kornblum, un sociólogo de la Universidad de la ciudad de Nueva York, y autor del libro “En el mar de la ciudad” admite: “Siempre pensé que los millones de viajes que se hacen a las playas cada verano representan uno de los grandes patrones migratorios de los mamíferos”. ¿Vamos hacia el calor, en manada, olvidando por ese período las diferencias que nos alejan?
Un psicólogo social, Herman Smith, fue uno de los investigadores que más revoluciones produjo en esto de averiguar por qué colocamos nuestra lona, toalla, reposera, sobre cierto retazo de arena, y no sobre otro.
Lo que hizo Smith fue investigar cómo actúan los veraneantes en la playa según su país de origen. El concepto de “espacio personal” difiere entre las culturas: mientras algunas tienen una burbuja personal restrictiva, otras precisan que esa burbuja sea mucho más amplia. ¿Se trasladan a la lona playera? Eso es lo que quiso saber Smith. Preguntó a los veraneantes que iban a playas de tamaños similares cuándo sentían que la playa estaba atestada, cuándo esto la hacía insoportable, qué edades tenían, qué llevaban, cómo extendían sus lonas y petates areneros, si formaban grupos, cómo marcaban sus territorios. Lo mismo habían hecho en los Estados Unidos Julian Edney y Nancy Jordan-Edney de la Universidad de Arizona. Smith comparó los resultados.
Batallas sordas. Y resultó que los hombres reclaman más territorio que las mujeres. También, que los grupos grandes toman menos espacio por persona, poniendo sus lonas una al lado de la otra, tocándose. La forma del territorio playero que dibujan los alemanes y los estadounidenses es más circular que la de los franceses, que tiende a ser una elipse.
¿Quiénes reclaman el territorio a ocupar más grande? Los hombres de los Estados Unidos, seguidos por los de Alemania y con Francia en tercer lugar (y conste que la investigación no tomó en cuenta aspectos de geopolítica).
Lo que para los franceses era una playa meramente “llena”, para los de los EE.UU era una “atestada” y, para los alemanes, una “imposiblemente apiñada”. A los franceses no les molesta compartir espacios muy cercanos con sus vecinos de arena, mientras que los alemanes precisan tener dos metros cuadrados libres a su alrededor. Una conclusión apresurada podría afirmar que los fóbicos sociales bien podrían planificar ir a playas de Alemania a partir del próximo verano. Aunque dar este tipo de respuestas es no es (claramente) la intención de estas investigaciones en ciencias sociales.
Pero además, hay otros detalles. Mientras muchos alemanes tienen la costumbre de marcar partes de la playa como perteneciente a un grupo X o Y entre determinadas horas, y hasta dividen las áreas con castillos de arena, los franceses dicen que la playa es un área pública y que por lo tanto quién es quién para decir que precisa cierta cantidad de espacio por sobre los demás. ¿Son entonces los franceses menos territoriales y más sociables? ¿O más desordenados?
Extrapolar conclusiones fuera del marco dentro del cual se hacen los estudios sociológicos puede ser riesgoso. La hipótesis del estudio es que “los franceses están más acostumbrados a involucrarse de un modo altamente sensorial y por lo tanto se sienten menos amenazados por las poblaciones densamente pobladas. Los estadounidenses y los alemanes, por el contrario, se sienten muy amenazados”. Algo que no sucede con los brasileños, cuyas playas de Río de Janeiro, en el verano vacacional o en las reuniones megasociales como conciertos de rock, se caracterizan por acumular cientos de miles de personas.
Y es que en América Latina, mientras tanto, se verifican algunas de estas características. Sobre todo, las de tipo sexual. Las mujeres, recatadas y estrechando lazos, se amontonan. Los varones, expansivos, se muestran y se enorgullecen del tamaño que logran ocupar frente al mar (en consecuencia, dedican más tiempo a elegir los lugares menos hiperpoblados de la playa, mientras que las mujeres deciden con mayor rapidez dónde aposentarse).
Como gran patria, para los latinoamericanos compartir la playa es algo natural. No hay castillos de arena que delimiten y anuncien su posesión, y tampoco temor a salpicar con agua salada al regreso a la carpa. Pero de ahora en más tal vez haya que tener en cuenta que lo primero que uno hace, apenas pisa la arena caliente, es elegir su territorio playero. El mar queda en segundo plano. El orden de las prioridades es algo casi automático. Lo llaman instinto.

 

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