Mundo / 22 de septiembre de 2016

De Siria a Corea del Norte, las mechas encendidas de Oriente

Desde el ensayo nuclear Kim Jong-un hasta la primera señal de un enfrentamiento total entre iraníes y sauditas, crecen las alertas en Asia y el mundo musulmán.

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Protestas contra los ensayos nucleares de Kim Jong-un
Protestas contra los ensayos nucleares de Kim Jong-un

En un puñado de días, se acumularon presagios y se asomaron espectros para recordarle al mundo que hay mechas encendidas en varios puntos del planeta.
Después de hacer vibrar los sismógrafos asiáticos con la más potente de sus pruebas nucleares, Kim Jong-un le anunció al orbe que el régimen norcoreano ya puede miniaturizar ojivas atómicas para montarlas sus sofisticados misiles.
Su abuelo. Kim Il-sung, había combatido a los japoneses en el norte de la península coreana con el respaldo soviético y, entre 1952 y 1953, pudo evitar que las fuerzas comandadas MacArthur entraran a Pyongyang, con ayuda del ejército chino.
Kim Jong-il, su hijo y sucesor, logró mantener la tolerancia de la Rusia pos-soviética y el respaldo de la China pos-maoísta. Pero si el anterior presidente, Hu Jintao, y el actual jefe de Estado, Xi Jinping, no se sacudieron la carga que implica ese régimen lunático, agravado por la temeridad de Kim Jong-un, ya no es sólo porque necesitan un estado tapón que impida tener en la frontera oriental de China una Corea aliada de Washington y con bases norteamericanas, sino también porque el poderío norcoreano le suma capacidad disuasoria a la amenazante expansión marítima que pone a Beijing en tensión con Japón por las islas Dokdo, con Vietnam por las Paracels y con esos dos países (más Indonesia, Filipinas, Malasia y Brunei) por las islas Spratly.
Así y todo, China cada vez soporta menos al glotón de la carcajada estruendosa que provoca terremotos.

 

Siria y Turquía

Mientras tanto, otros espectros asoman. Los tanques de Turquía entraron a Siria, pero no para atacar a ISIS, sino para atacar a los kurdos y evitar que instalen junto a su frontera un Estado autónomo, como el que ya tienen en el norte iraquí. Cuando el califato genocida haya sido borrado del mapa, el mundo estará en deuda con los kurdos, como lo estuvieron los vencedores de la Primera Guerra Mundial por el aporte kurdo en la lucha contra el Imperio Otomano. Pero seguramente, por la presión de Ankara, volverán a ser estafados, como ocurrió con el Tratado de Lausana, que les quitó en 1923 el Kurdistán que le había otorgado el Tratado de Sevres en 1920.
Mientras Erdogán empezaba su cacería de kurdos en Siria, Ayman al Zawahiri reaparecía como un muerto vivo, amenazando a Estados Unidos con perpetrar “mil 11-S”. De ese modo, el líder de Al Qaeda intenta recuperar el protagonismo que ISIS le arrebató en el escenario del terrorismo global además de barrerla del conflicto sirio, donde lo abandonó incluso el Frente Al Nusra, que le respondía hasta que decidió sumarse a una coalición rebelde que nada tiene que ver ni con el califato que lidera Al Bagdadí ni con la organización creada por Osama Bin Laden.
Lo que busca Al Qaeda es arrebatar a ISIS el monopolio de la inspiración que pone a sicópatas de todo el mundo en trance exterminador. Pero la reaparición de Al Zawahiri no fue el peor espectro. La sombra de la verdadera “madre de todas las batallas” volvió a rondar el Golfo Pérsico.
Lo que siempre ha sido una guerra fría, podría calentarse. Nunca estuvieron más cerca de una confrontación directa las dos principales potencias cuyo mutuo aborrecimiento expresa la eterna aversión de las dos principales corrientes del Islam.
Islam dividido. En la antesala de la peregrinación anual a La Meca, Irán y Arabia Saudita se dijeron abiertamente lo que siempre se habían susurrado. El presidente iraní Hasan Rohaní expresó su crítica en términos políticos, al exhortar a los musulmanes a castigar a los sauditas “por sus crímenes”, en referencia a la financiación de ISIS y a la intervención militar en Yemén contra los hutíes y otros clanes chiítas. Pero el ayatola Alí Jamenei atacó a la Casa Saud en términos religiosos, al afirmar que “no tiene autoridad” para regir los sitios sagrados del Islam, como la Gran Mezquita de La Meca.
La respuesta saudita fue también en términos teológicos. El Gran Muftí Abdulaziz al Sheij, afirmó que “los iraníes no son musulmanes”. La interpretación más suave de lo que dijo la máxima autoridad suní, alude a la influencia del zoroastrismo en la cultura persa. Pero todos saben que, para el wahhabismo, la cerrada e intolerante vertiente coránica de los saudíes, la herejía es el chiismo.
Metiendo el dedo en la llaga que jamás cicatrizó desde el cisma producido en el año 680, por la muerte del Hussein, hijo de Alí Ibn al Taleb y nieto de Mahoma, a manos de un ejército omeya, el Gran Muftí de La Meca expresó abiertamente que los chiitas son una vertiente herética; una desviación inaceptable de los preceptos del Corán. Por tanto, deben ser erradicados de la tierra del profeta: Arabia.
Desde la muerte del hijo de Alí, el califa destronado que no se resignó y murió luchando por recuperar el poder, los chiitas y los sunitas se divorciaron para siempre. La chía responde a Alí, primo y yerno del profeta, y la suna a quienes lo destronaron y mataron a su hijo en Kerbala. En esa ciudad del sur iraquí está el mausoleo donde, este año, peregrinaron los iraníes en lugar de La Meca.
A partir de la caída del sha Reza Pahlevi en 1979, Irán se convirtió en el país líder del chiismo beligerante. Su peor enemigo es la oscurantista doctrina oficial del reino saudí: el wahhabismo.
Para su creador y miembro cofundador de la dinastía reinante, Muhamad ibn Abd al Wahhab, los chiitas son herejes que deben ser castigados. Con esa doctrina como identidad teológica, fue fundado el reino en 1932 por Abdulaziz al Saud, descendiente del teólogo y del jeque tribal que iniciaron en el siglo 18 la unificación del Hiyyaz. Esa versión extrema del supremasismo sunita es la ideología de Al Qaeda y también de ISIS. Además, como las otras doctrinas salafistas, considera al chiismo como una apostasía abominable.
Por eso Riad apoyó a Saddam Hussein en los ocho años de guerra contra el Irán del ayatola Ruholla Jomeini. Por la misma razón, las arcas saudíes financiaron a ISIS y al Frente Al Nusra, para que saquen del poder al clan alauita que impera en Siria desde el golpe de estado que dio Hafez el Asad en 1970. El régimen alauita de Damasco es aliado de Teherán y de los chiitas libaneses liderados por el jeque Hassan Nasrala y el partido-milicia Hizbolá.
Hasta aquí, igual que la sostenida por soviéticos y norteamericanos durante cuatro décadas del siglo 20, la confrontación entre Irán y Arabia Saudita ha sido indirecta. Pero las guerras que despedazan a Siria y a Yemen parecen deslizar a los dos titanes del chiismo y el sunismo hacia un enfrentamiento total.
Sería la guerra madre de todas las guerras que convulsionan al atribulado mundo musulmán.

* Profesor de Ciencia Política, Universidad Empresarial Siglo 21.

 

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