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Opinión, Sociedad / 2 de agosto de 2019

Gauchos vs. veganos o la supremacía del ukelele

Los defensores del reino animal vuelven a la Rural para la conversión del “buen salvaje”. Razones de una grieta cultural insondable.

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Veganos versus gauchos “reloaded” se espera, este fin de semana en la Rural,  con más expectativa que la coincidente visita del Presidente Macri.

Es que el video viral de paisanos de a caballo echando de la arena a rebencazos a  manifestantes veganos resultó, después del mal rato, una acción efectiva. Las publicaciones web de los organizadores del escrache multiplicaron sus visitas y el día del escándalo la palabra veganismo se buscó en internet 5 veces más que lo habitual.

Con pancartas y videos, prometen redoblar la apuesta para denunciar el  sistema de explotación de los animales y, lógicamente, invitar a abstenerse de consumir cualquier tipo de productos de origen animal.

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Después, los gauchos volverán a su asado con cuero, guitarra y bombo, y los veganos al tofu y el ukelele, que vaya a saber por qué es el instrumento que musicaliza las causas del neohippismo de clase media.

No es la primera vez que los veganos organizan una acción con impacto mediático aunque la contraofensiva gaucha de salvaje doma humana les potenció , esta vez, la visibilidad. El año pasado, por caso, cerraron una marcha atacando a piedrazos algunas parrillas de la avenida Corrientes que dejó un rastro memorable: esa pintada en el frente de la pizzería Guerrín, con la leyenda “Mozzarella = muerte”. A diferencia de la grieta política, en la que a un lado y otro del desencuentro se aspira a lo mismo por vías diferentes, la de gauchos versus veganos es una brecha cultural insondable.

Para la gente de campo sin distinción clasista, el ganado es producción y sustento, además de una sucesión de bifes; pero sobre todo, tradición. Hay un muy interesante documental de Mariano Cohen y Gastón Duprat, que se puede ver en plataformas on demand llamado “Todo sobre el asado”. En una escena se le pregunta a un gaucho: ¿Qué le diría a la gente que no come carne? Es el típico hombre de piel curtida, pañuelo al cuello y dedos deformados por el trabajo. La cara se le inmoviliza, queda tildado. Se genera un silencio raro para el ritmo audiovisual. Hasta que al fin responde: Nada. El veganismo es algo que no entra en su cosmovisión.

Los veganos son un fenómeno urbano. Sostenido por gente sensible que perdió la inocencia ante un corte de carne. Desde entonces aquel “juguito” de la infancia será para siempre un hilo de sangre. La convivencia con animales domesticados transforman ese vínculo y la empatía se encarga del resto.

El problema arranca cuando las elecciones personales sobre qué comer o cómo vestir se vuelven altruismo militante. Entonces el movimiento asume un rol ético que los lleva a planteamientos confusos.

La liberación animal implicaría, por ejemplo, dejar vivo al ganado mundial a su libre albedrío hasta que mueran de viejos. ¿Pastando dónde? ¿Quién los alimentaría? ¿en los campos improductivos de quién? Y en caso de que ese idealismo fuera posible, ¿sería mejor para los seres humanos y su medioambiente un sistema puramente agrícola? Más sensato parece abogar por una industria que evite la crueldad en sus métodos de producción, con leyes que ya se están aplicando en Europa. Y que el gaucho y la chica del ukelele se tomen unos mates. Con bizcochitos.