Viernes 20 de mayo, 2022

MUNDO | 12-02-2022 14:45

Ataque a ISIS: Biden compensa la vergonzosa retirada de Kabul

Cuando Estado Islámico intentaba recuperarse, EE.UU. cazó a su máximo comandante.

En diciembre del 2003, el jefe de la Casa Blanca exhibió como un trofeo a Saddam Hussein, capturado en la operación “Amanecer Rojo”, aunque el dictador iraquí, si bien era un genocida, nada había tenido que ver con el 11-S, la causa de la cacería lanzada por George W. Bush.

Respecto al ataque con aviones de pasajeros en el 2001, la presa que pudo mostrar Barak Obama era la acertada: Osama Bin Laden, acribillado en Abbottabad por comandos de elite de la fuerza Navy Seal. También Trump pudo exhibir una presa importante: Abú Bakr al Badghadí, líder de ISIS al que “cazaron” unidades de las Fuerzas Delta y comandos Rangers en Idlib, cerca de la frontera de Siria con Turquía.

Matando al jefe del “califato” islámico proclamado en territorios iraquí y sirio, Donald Trump disimuló su catastrófica decisión de retirar las fuerzas norteamericanas de Siria, traicionando y abandonando a los kurdos, cuyos combatientes fueron los mejores aliados de Estados Unidos en ese conflicto.

Joe Biden necesitaba algún trofeo de guerra para compensar la vergonzosa y trágica retirada de Kabul, además de las dificultades que en varios órdenes están dañando su gobierno. Lo consiguió también en Idlib, provincia del norte sirio donde comandos de elite norteamericanos rodearon al líder actual de ISIS, quien al verse atrapado se mató detonando explosivos.

Cazar a Abú Ibrahim al Hashimi al Quraish no es lo mismo que cazar a Abú Bakr al Bagdadí, el jihadista iraquí que convirtió Al Qaeda Mesopotamia en Estado Islámico Irak-Levante (ISIS) y conquistó un territorio equivalente al de Bélgica durante varios años. Pero tampoco es para desdeñar que haya caído un comandante yihadista con la historia de Al Qurashi. Sobre todo porque fue el más cruel exponente de una organización que ostentaba crueldad, y el ejecutor sobre el terreno del genocidio de los yazidíes.

Su nombre original era Amir Mohamed al Mawla. Fue oficial del ejército de Saddam Hussein. Capturado en combate por los marines, fue encerrado en Camp Buca, el campo de concentración norteamericano en Basora, en el sur de Irak. Allí ocurrieron dos cosas que marcaron su historia: probablemente bajo tortura, delató a muchos camaradas, lo que le permitió salir en libertad.

Pero antes de abandonar Camp Buca, en sus celdas conoció a quien comandaría la rama iraquí de Al Qaeda y luego la convertiría en ISIS: Abu Bakr al Baghdadi. En esa travesía sanguinaria se embarcó Amir Mohamed al Mawla, convirtiéndose en Abu Ibrahim al Hashimi al Qurashi, apodado “el destructor”.

Fue uno de los más fervientes impulsores de las decapitaciones filmadas para videos de propaganda. También habría ordenado cientos de ejecuciones de homosexuales arrojándolos desde azoteas de edificios. Y su mayor aporte a esa maquinaria asesina fue el exterminio sistemático de los yazidíes, etnia que practica un culto pre-islámico que la convierte en blanco del desprecio de las vertientes salafistas.

Para ISIS y Al Qaeda, que comparten como ideología al wahabismo, el yazidismo constituye una herejía que debe ser erradicada de las tierras del profeta Mahoma, a cuya fe nunca aceptaron convertirse.

Habitantes del Kurdistan iraquí que hablan un dialecto kurdo, tienen como sitio sagrado a Lalish, donde se encuentra la tumba del jeque Adi Ibn Musafir, el místico sufí que en el siglo XII creó las bases sincréticas del yazidismo. En esos valles situados al norte de Mosul, los jihadistas de ISIS empezaron a perseguir y matar a los yazidíes. Más de cinco mil hombres fueron ejecutados por los jihadistas que además violaban a las mujeres y las niñas.

Los miles que pudieron sobrevivir se habían ocultado en las montañas de Sinjar, donde fueron rescatados por tropas norteamericanas y peshmergas, los combatientes kurdos cuyas milicias fueron las que más lucharon contra ISIS en el norte de Irak y el noreste de Siria.

El mayor impulsor de la operación de exterminio a la etnia yazidí fue Abú Ibrahim al Hashimi al Quraishi, el hombre que Biden puede exhibir como el trofeo de guerra de su presidencia. El problema para el jefe de la Casa Blanca es que pocos ojos de su país y del mundo estaban puestos en los bastiones sirios de ISIS, desde donde el comandante abatido procuraba reactivar la diezmada maquinaria militar con que contó el “califato”, en su momento de sanguinario esplendor.

Todos contemplan los movimientos que Biden hace en el tablero centroeuropeo, donde lo que mueve su contrincante ruso son infinitas divisiones blindadas y multitudinarios ejércitos, cerrando el cerco geopolítico sobre Ucrania.

Mientras los comandos de elite norteamericanos emboscaban al líder de ISIS en Idlib, las fuerzas rusas que ingresaron a Bielorrusia avanzan hacia la frontera desde donde pueden llegar a Kiev, la capital ucraniana, en apenas dos días de marcha. El mismo tiempo le insumiría a las columnas blindadas que ingresen por el Este alcanzar Jarkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania.

Y si llegara a lanzar tropas desde el Transdniéster, en un puñado de horas podrían llegar a Odessa. La ciudad puerto sobre la costa occidental del Mar Negro está al alcance de la frontera con ese territorio de Moldavia que se escindió, de hecho, con la ayuda de Moscú y la protección de tropas rusas.

Con las piezas distribuidas de ese modo en el tablero, la pregunta es qué fichas puede mover Biden para disuadir a Vladimir Putin. Si se compromete, como exige el Kremlin, a no incluir a Ucrania en la alianza atlántica, será una derrota para Estados Unidos ocurrida a renglón seguido de la humillante salida de Afganistán. Pero es posible que las sanciones económicas no alcancen para impedir que el oso ruso lance el zarpazo sobre Ucrania.

Como una guerra en Europa resulta inconcebible por las consecuencias que tendría, es posible que los miembros europeos de la OTAN encuentren una “tercera vía” que permita una solución diplomática sin vencedores ni vencidos. Por ejemplo que la alianza atlántica no se resigne a dejar afuera de su estructura a Ucrania, pero que se comprometa a no instalar misiles apuntados a Rusia ni grandes contingentes militares en ese país eslavo, aunque le advierta al Kremlin que lo defenderá con todo su poderío si fuera atacado por el ejército ruso.

Estados Unidos y buena parte del orbe observan al líder demócrata intentando resolver encrucijadas que definirán el orden mundial en lo que resta del siglo, como la de Ucrania y la creciente amenaza china sobre Taiwán. Pocos depararon que una operación de marines en la región siria donde Trump convirtió a Washington en traidor de sus aliados kurdos, Joe Biden logró un trofeo de guerra. Y ese trofeo es nada menos que Abú Ibrahim al Hashimi al Quraishi; el más cruel entre los crueles.

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Claudio Fantini

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