Martes 11 de mayo, 2021

MUNDO | 19-04-2021 10:44

Coronas opacadas: de occidente a oriente la realeza empiezan a crujir

La muerte del príncipe consorte en Londres y la conspiración que sacudió Jordania, ensombrecen el futuro de muchas monarquías.

Las coronas se opacan. Algunas de las que habían brillado empiezan a volverse sombrías. Las monarquías necesitan justificarse permanentemente porque llevan siglos pulseando con la racionalidad política y social, esa lente que las muestra como inútiles y costosas antiguallas. Los reyes, reinas y príncipes deben mostrarse discretos, útiles, justos y austeros.

A la fragilidad de las coronas, que crece con el paso del tiempo, las agrava que algunos exponentes exhiban la naturaleza arbitraria del sistema. No sólo al trono Borbón afectó la deriva negligente de Juan Carlos, el rey que había legitimado su corona haciendo un valioso aporte a la democratización de España. Varias realezas europeas y árabes se preocuparon. También se preocuparon por la muerte del príncipe consorte del Reino Unido. Les inquieta que no esté Felipe de Edimburgo para maniobrar una sucesión cada vez más cercana.

El esposo de Isabel II ha sido un punto de equilibrio en una familia con disfuncionalidades notables. En la vida de la reina británica, algunos hombres jugaron roles cruciales: Churchill en el inicio de su reinado y Tony Blair en ese tembladeral tan dramático que causó la muerte de Diana Spencer.

El otro hombre clave fue su esposo. Ante la duda que, por sus fragilidades emocionales, genera Carlos como futuro rey, muchos esperaban de Felipe alguna maniobra prodigiosa para que el príncipe de Gales ceda el trono a su primogénito William, el duque de Cambridge. Pero el esposo de Isabel II murió antes que ella abdicara y no queda nadie que pueda convencer a Carlos de dar un paso al costado. La muerte de ese estratega del equilibrio en la Casa Windsor dejó flotando una pregunta inquietante: Cuándo Isabel deje Buckingham ¿conservará su vigor la monarquía británica?

Salvo en Escandinavia, las realezas europeas muestran graves signos de decadencia. Los holandeses adoran a su reina argentina, pero que trascendiera la abultadísima suma que recibe del estado causó indignación y ensombreció la sonrisa lumínica de Máxima.

Las monarquías se opacan también en otros rincones del planeta. La solidez que le dio a la dinastía Shakkri el reinado de rey Bhumibol, fue velozmente corroída por las desagradables extravagancias de su hijo, el rey Maha Vajiralonkorn, debilitando la imagen de la monarquía tailandesa.

Los crímenes del príncipe que gobierna de facto Arabia Saudita, Mohamed bin Salman, impactan sobre la corona. Y el visible maltrato del emir de Dubai a su hija Latifa está dañando la imagen de la dinastía Al-Maktum.

Pero las crueldades de las monarquías del Oriente Medio no sorprenden. En cambio, resulta inquietante para esos tronos que haya ocurrido una conspiración en Jordania.

Desde Ricardo III arrebatando a sus sobrinos la corona de su hermano Eduardo IV en la Inglaterra del siglo XV, hasta Juan Carlos aceptando de un dictador fascista el trono que correspondía a su padre, Juan de Borbón, la historia de las monarquías está plagada de conspiraciones familiares. Las traiciones entre hermanos, padres e hijos, tíos y sobrinos, primos etcétera, son la regla. Pero esa regla sorprende en ciertas monarquías que sobresalían por armónicas y estables, como el Reino Hachemita de Jordania.

Quizá no se proponía matarlo, como Claudio a su hermano para quedarse con el trono de Dinamarca en la obra de Shakespeare, pero el príncipe Hamzah conspiró contra su hermano, Abdallá II, para arrebatarle el cetro con que se gobierna en Jordania.

Son hijos del mismo padre, el rey Hussein, pero de distintas madres. El hecho es que Hamzah complotaba con tribus beduinas y gobiernos extranjeros para derribar al rey jordano, culpándolo por la crisis económica que empobrece a la sociedad y por la corrupción política que carcome al Estado. Pero la historia de traiciones no empezó con Hamzah. Ese príncipe había sido traicionado por su hermano, el rey al que luego procuró derrocar.

El padre de ambos había cometido la primera traición poco antes de morir en 1999, rompiendo el pacto con su hermano Hassan al modificar la línea sucesoria para proclamar como heredero a su primogénito, Abdallá, el hijo que había tenido con su esposa Muna.

En el mismo acto, Hussein designó como segundo en la sucesión a Hamzah, el hijo que había tenido con Noor, su cuarta esposa. Y desde el lecho de muerte exigió a su primogénito no alterar esa decisión.

Abdallá se sentó en el trono creado por su abuelo Abdallá I, primer gobernante del inicialmente llamado Emirato de Transjordania, y no tardó en traicionar el compromiso asumido ante su padre, para quitarle a Hamzah el rango de príncipe heredero y dárselo a su primogénito.

Como venganza, el príncipe desheredado urdió intrigas palaciegas hasta que descubrió una posibilidad de derrocar a su hermano aprovechando el descontento de los beduinos por la crisis económica.

La fatal conjunción entre la pandemia y la guerra civil en Siria, principal socio comercial del reino, afectó gravemente la economía jordana.

Los beduinos son un canal importante del comercio entre Jordania y Siria, y sus clanes son un eslabón clave en la estructura del poder en el reino hachemí.

La crisis económica agigantó la indignación causada por resonantes casos de corrupción. Por eso algunos jeques del desierto aceptaron tramar con Hamzah un golpe palaciego que fue detectado y desarticulado por agentes del mujabarat, aparato de inteligencia que impone un control social tan extendido y total como lo hacen las redes de espionaje interno que crearon Hafez el Asad en Siria y Saddam Hussein en Irak.

A pesar de la imagen que el rey Hussein había logrado imponer en Occidente, Jordania no es una excepción en materia de Estado policial. Y tampoco lo es en materia de intrigas palaciegas y traiciones entre familiares. Pero a diferencia de otros monarcas de la región, Abdulla II no mató ni encarceló a su medio hermano, sino que le dio la oportunidad de disculparse y jurarle lealtad.

Aún así, la intriga palaciega le recordó al Oriente Medio que el astuto Hussein lleva largas décadas muerto y que, probablemente, su hijo no tiene la visión y capacidad de estadista que él tuvo para reinar sobre indómitos clanes beduinos y millones de palestinos que no se sienten súbditos de esa dinastía que se supone descendiente del profeta.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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