Thursday 29 de February, 2024

MUNDO | 03-09-2023 09:35

Crímenes y mentiras

El nexo entre el “sentido pésame” de Vladimir Putin a la familia de Yevgueni Prigozhin y la foto con merchandising que distribuyó Donald Trump tras pasar por una prisión en Georgia.

“La manera de resistir la tiranía es vivir en la verdad”, escribió Vaclav Havel. Siguiendo el razonamiento del dramaturgo que protagonizó la “Revolución de Terciopelo” que puso fin al totalitarismo en Checoslovaquia, la mentira es un rasgo de los déspotas porque el enemigo natural del despotismo es la verdad.

En el mismo puñado de días, Donald Trump y Vladimir Putin mostraron su naturaleza despótica mediante usos descarados de la mentira para referirse a crímenes verdaderos. Entre el magnate neoyorquino y el ex espía ruso no sólo hay un vínculo oscuro. Además de estar bajo su control, Trump admira a Putin.

El ex espía británico Christopher Steele investigó al millonario conservador, descubriendo hechos que explican por qué Putin lo ayudó a llegar a la Casa Blanca: dispone de instrumentos de chantaje para tenerlo bajo control y usarlo en beneficio de sus intereses geopolíticos. Pero la actitud de Trump hacia el jefe del Kremlin no es sólo Síndrome de Estocolmo. Más allá de saberse en manos del líder ruso, siente admiración por él. Se identifica con su sistema de poder, que es una autocracia conservadora con ropaje institucional republicano.

Donald Trump

La diferencia es que Putin pudo adueñarse del poder, mientras que su admirador norteamericano perdió la batalla contra el sistema institucional de Estados Unidos. Los anti-cuerpos jurídicos que repelieron el asalto de Trump al poder, ahora lo sientan en el banquillo de los acusados por los delitos que cometió en el intento de apropiación de la presidencia mediante un fraude y una asonada golpista contra el Poder Legislativo.

El gen despótico de ambos se expresó a través de crímenes y mentiras que se dieron de manera simultánea. Los dos hicieron desopilantes ostentaciones de la falacia. Trump creó una foto icónica en la sesión fotográfica del fichaje como convicto en la prisión de Fulton, en Georgia, el Estado norteamericano que lo procesa por la presión que ejerció sobre los funcionarios locales para que cometan un fraude. Y al salir en libertad bajo fianza, a la difusión de la foto le agregó la producción de merchandising que incluye llaveros, tazas y camisetas con su número de presidiario: PO 1135809.

Para estupefacción de muchos, un millonario reaccionario copió la estrategia de campaña de Eugene Debs, el líder izquierdista que le dio al Partido Socialista de América el mejor resultado electoral de su breve historia, en 1920, estando en prisión y haciendo campaña desde su celda como “el preso N° 9653”. La diferencia es que el motivo de su encarcelación podía ser presentado como un mérito: activismo contra la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. En cambio la victimización que hace Trump, aludiendo a una “cacería de brujas”, es visiblemente falsa, porque las pruebas de los delitos que se le imputan están a la vista de todos.

Trump al ser fichado

No existe otro modo de interpretar el llamado telefónico en el que el entonces presidente presiona al secretario de Estado georgiano, Brad Raffensperger, para que encuentre los 11.780 votos que le faltan para ganar. Raffensperger no es demócrata ni seguidor de la “agenda Woke”, sino un republicano del ala trumpista del partido. Pero se vio venir lo que traía aquella llamada y tomó la precaución de grabarla, para poder hacer lo que hizo (difundirla públicamente) cuando el presidente empezó a atacarlo abiertamente acusándolo de lo que se había negado a cometer: un fraude por manipulación de votos.

La huella de Trump en el escenario del crimen es nada menos que su voz en el teléfono, y se suma a las presiones que hizo Rudolph Giuliani, el jihadista conservador que inmoló su prestigio haciendo trabajos sucios para su jefe. Mientras Trump convertía su paso por la prisión de Fulton en tazas, remeras y llaveros con la foto y su número de presidiario, Putin aparecía en cámara dando un “sentido pésame” a la familia de Yevgueni Progozhin.

Aunque cruzando la Plaza Roja le hubiera caído un meteorito o lo hubiera partido un rayo ante miles de moscovitas, esos mismos testigos pensarían que a la roca estelar o a la descarga atmosférica las arrojó el jefe del Kremlin, como venganza contra Prigozhin por la rebelión del Grupo Wagner ocurrida dos meses antes. La larga lista de personas envenenadas, acribilladas a balazos, “suicidadas” por estrangulamiento y arrogadas desde edificios, pone la firma del autor en el escenario del crimen: Vladimir Putin.

Putin y Prigozhin

Así ocurrió con el mercenario que se levantó contra la cúpula militar poniendo en evidencia el caos en la cumbre del poder en Rusia. En el caso de Prigozhin hubo ostentación de la autoría. De hecho, si alguien no debía morir después de la rebelión armada, era el hombre que hizo una afrenta a la imagen del poder de Putin. Si algo le pasaba, sólo el presidente podía ser el responsable.

Por cierto, también el ministro de Defensa Serguey Shoigu y el jefe del Estado Mayor Conjunto Valery Gerasimov habrán querido asesinar al empresario de la guerra que llevaba meses atacándolos en público y marchó con su ejército privado hacia Moscú, con el objetivo declarado de aplastarlos. Pero nadie se atrevería a cometer un crimen como ese sin la autorización del presidente, precisamente porque esa muerte caería sobre él de manera inexorable. La muerte del jefe del Grupo Wagner es, en sí misma, una ostentación de criminalidad.

Los antecedes son muchos. En el 2006 fue envenenado Alexander Litvinenko, exiliado en Londres después de denunciar que él y otros agentes del FSB habían recibido la orden de asesinar a Boris Berezoski. Tras la muerte por envenenamiento de aquel agente de inteligencia, se suponía que el oligarca que se había enfrentado con Putin no sería asesinado, precisamente porque se sabría quien ordenó su muerte. Sin embargo Berezoski murió ahorcado con una cortina de su casa en Londres, donde se exilió cuando Litvinenko reveló que había orden de matarlo.

Prigozhin

A ese antecedente se suma que Putin podría haber hecho secuestrar a Prigozhin y cargarlo en un avión que sea derribado en espacio aéreo ucraniano. En lugar de eso, murió en su propio avión, derribado al norte de Moscú, o sea lejos de Ucrania, que está al sur de la capital rusa.

Si lo hubieran capturado y derribado en un avión sobre Ucrania, habría quedado la duda respecto a la autoría porque la sospecha se extendería a las baterías antiaéreas y los cazabombarderos Mig que tiene Ucrania. Pero Putin no quería compartir sospechas, sino ostentar su último crimen. Más que importarle no dar la enésima prueba de que es un asesino serial, le importó dejar en claro que nadie sobrevive a traicionarlo o desafiarlo.

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Claudio Fantini

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