Tuesday 28 de May, 2024

MUNDO | 28-01-2023 08:59

El extraño caso de Jacinda Ardern

En las antípodas de lo que representa Dina Boluarte haciendo correr sangre en Perú, la líder neozelandesa causa perplejidad al desprenderse del poder.

Una, se aferra al poder acumulando muertos en ese empeño a contramano del clamor social que exige su renuncia, mientras que la otra, renuncia cuando nadie esperaba ni pretendía que lo hiciera.

Como si la historia quisiera subrayar dos ejemplos contrapuestos, en el mismo puñado de días fueron noticia dos mujeres gobernantes. Dina Boluarte, por enfrentar con una feroz represión a las multitudes que protestan contra su traición a Pedro Castillo y sus acuerdos con partidos derechistas para mantenerse en el poder firmando controversiales convenios con empresas en el terreno de la minería. En el otro extremo de la ética política, Jacinda Ardern generó perplejidad al anunciar su renuncia como primera ministra, por sentir que ya no tiene energía para seguir gobernando.

La presidenta peruana llegó al poder en un partido de matriz marxista, del que se alejó junto al presidente Castillo cuando éste desistió de las propuestas más radicales en un giro a la centroizquierda. Y después traicionó su promesa de renunciar como vicepresidenta si Castillo era destituido. Convertida en presidenta, logró el respaldo de la dirigencia más recalcitrante porque aceptó impulsar sus políticas, principalmente en el terreno de la minería.

Dina Boluarte

La líder neozelandesa siempre perteneció a la centroizquierda liberal-demócrata. No expresa ni a la izquierda marxistas ni a las izquierdas populistas, porque en ella no hay ni una pizca de cultura autoritaria. Por el contrario, Jacinda Ardern es de las excepciones que enriquecen la política y la redimen de la ambición y la corrupción que la corroen en el mundo.

El común de los gobernantes se aferra al poder. Mientras menos calidad humana y democrática tiene, más se aferra. A los más mediocres, corruptos y autoritarios hay que extirparlos, porque nunca lo abandonan por decisión propia.

Las pocas excepciones muestran liderazgos relevantes, como el de George Washington, quien cuando por aclamación lo ungían nuevamente candidato a presidir Estados Unidos, expresó su rechazo diciendo “más de dos mandatos es monarquía”, y se retiró del poder. Esa frase, breve y simple, marcó el presidencialismo norteamericano.

Desde aquel renunciamiento, todos los presidentes se retiraron voluntariamente tras el segundo mandato consecutivo hasta que, tras las tres postulaciones de Franklin Roosevelt por la excepcionalidad que implicaron al Segunda Guerra Mundial y la crisis de los años treinta, el límite que había fijado Washington se convirtió en enmienda constitucional.

Mandela es otro caso de inmensidad humana y política. Se retiró tras un único mandato, cuando la casi totalidad de los sudafricanos querían que siga gobernando el país al que había liberado del apartheid.

Jacinda Ardern

Jacinda Ardern no realizó las proezas históricas de Washington y Mandela ni fundó la democracia de su país, como lo hicieron los gigantes aludidos. Pero su renuncia, a casi un año de concluir el mandato y con posibilidades de ser reelegida, generó estupefacción en el mundo.

Aunque racional y rico, Nueva Zelanda es un país de perfil bajo. Sus gobernantes siempre pasan desapercibidos en la escena internacional, pero Ardern es una excepción porque se convirtió en primera ministra con sólo 37 años. Volvió a llamar la atención al ser madre estando en funciones, caso que tiene un solo antecedente: la exlíder pakistaní Benazir Butho.

Pero lo que más la destacó fue su inteligencia, humanismo, compasión y amabilidad como gobernante.

Incluso en un país tan razonable como Nueva Zelanda, no es común que quien tiene el poder sea una persona tan dialogal y amable. Su vida está colmada de actitudes excepcionales. Se crió en una familia mormona, religión que abandonó siendo adolescente por considerar que esa fe predica desprecio a los homosexuales.

Abrazó la socialdemocracia y trabajó en los equipos de Tony Blair, llegando a presidir la Unión Internacional de Juventudes Socialistas. Y de regreso en su país, rescató al Partido Laborista de la debilidad en que lo había dejado Andrew Little.

Fue bajo la conducción de esa jovencita que el partido de la centroizquierda logró recuperar el gobierno, en alianza con los ecologistas y un partido de centro. Y en la siguiente elección, obtuvo una victoria histórica.

La llamada “jacindamanía” empezó con su conmovedora actuación frente a las masacres cometidas por un supremacista blanco en dos mezquitas de Christchurch, en el 2019. Se calzó un hiyab y fue a abrazar a la colectividad en la que murieron acribillados medio centenar de fieles.

En el mundo se la tomó como ejemplo de liderazgo pleno de humanidad y compasión. A quienes repudian a los musulmanes y a los inmigrantes, Ardern les respondió diciendo “ellos son nosotros”. Una clase lúcida y profunda sobre humanismo contenida en tres palabras.

Más allá de los errores, que también cometió, y de la debilidad que, como en el resto del mundo, empezó a sentir la economía neozelandesa por las medidas anti-covid, el rasgo principal de su liderazgo fue dialogar y hacer de la amabilidad un instrumento político.

Las encuestas muestran una caída en el respaldo a su gobierno, pero no puede darse por perdida para los laboristas la próxima elección. Por eso, aunque hayan empezado y desparramar versiones y teorías, la razón de su renuncia parece ser la que ella dio, generando un océano de perplejidad: “siento que ya no tengo energías”.

Lo normal en la política es que los gobernantes se aferren al cargo, pero ella pertenece a la redentora minoría que puede desprenderse del poder. La baja en las encuestas y los crecientes problemas económicos y en la seguridad, no son razones para que una líder que ganó tanto prestigio local e internacional, anuncie de buenas a primeras que deja gobierno y liderazgo.

Los conservadores la detestan por ser feminista y por impulsar el matrimonio igualitario y el derecho al aborto. Pero pocos gobernantes han despertado tanta admiración. Por eso, en Nueva Zelanda y en el mundo genera perplejidad que renuncie al poder por la razón que dio.

Suena raro que quien ha logrado tanta celebridad sin proponérselo, decida bajarse del escenario porque quiere estar más tiempo con su hija y en su hogar. Parece de otro planeta.

Sencillamente, resulta increíble que alguien que se dedicó a la política, deje de desear el poder. Pero ese parece el caso de Jacinda Kate Laurell Ardern, la joven que desde el gobierno enseñó la fuerza de la tolerancia, la compasión y la amabilidad. Y enriqueció la política, incluso con su renuncia.

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Claudio Fantini

Claudio Fantini

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