Domingo 26 de septiembre, 2021

MUNDO | 01-08-2021 00:05

Pedro Castillo, entre quienes reclaman revolución y los moderados

El rumbo que emprenda el gobierno peruano depende de quién gane la pulseada que están librando dos polos contrapuestos en el armado político.

Pedro Castillo ya se aposentó en el despacho principal del palacio que en el siglo XVI ocupó Francisco Pizarro como gobernador de Nueva Castilla y donde murió asesinado por doce conspiradores.

El maestro rural que llegó de Cajamarca a Lima como sindicalista docente, al comenzar la campaña electoral apenas aparecía en las encuestas. En las entrevistas mostraba un pavoroso desconocimiento de economía y de la política y el Estado en el orden nacional. Pero como el voto se atomizó entre muchos candidatos, terminó pasando al ballotage y venciendo, por un puñadito ínfimo de sufragios, a Keiko Fujimori.

El nuevo presidente entró al Palacio de Pizarro flanqueado por dos figuras que representan posiciones antagónicas. El rumbo del nuevo gobierno peruano se dirimirá en la pulseada entre el dirigente marxista-leninista Vladimir Cerrón y el economista socialdemócrata Pedro Francke.

Los dos tienen una porción de la victoria electoral. Pedro Castillo no habría llegado a la presidencia de no haber sido por la candidatura que le cedió Cerrón en su partido, Perú Libre. Pero no habría ganado la segunda vuelta de no haberse sumado Francke, cuyo respaldo y rol protagónico fue lo que destrabó los votos de centro, centroizquierda y centroderecha que sienten aversión por el fujimorismo pero temen hasta el pánico quedar en manos de un gobierno filo-chavista.

Esas dos figuras contrapuestas no pudieron siquiera simular armonía en la antesala de la asunción. Francke le ofrecía continuar en su cargo al economista liberal que preside el Banco Central. También elogiaba y pedía permanecer unos meses más a la superintendente de Bancos y Seguros Socorro Heysen, mientras hablaba de convocar a profesionales prestigiosos para ocupar altos cargos en lo que viene describiendo como un gobierno de técnicos.

En la otra vereda del flamante oficialismo, después de haber guardado silencio durante la campaña por el ballotage y en las largas semanas que el tribunal electoral se tomó para estudiar las denuncias de fraude presentadas por el fujimorismo, Cerrón arremetió contra Francke diciendo que estaba armando un gabinete de “Chicago boys”. Francke no cree en la economía sin mercado, mientras que para Cerrón eso implica ser neoliberal.

Cuando Ollanta Humala ganó la elección, los mercados entraron en pánico. El nuevo presidente lideraba el Partido Nacionalista, cercano al etno-caserismo, la ideología ultranacionalista creada por su padre, Isaac Humala.

Recién cuando anunció que Julio Valverde sería el presidente del Banco Central y Luis Castilla el ministro de Economía, los mercados se calmaron. Humala había dado un giro brusco hacia el centro-liberal en materia económica, que replicó también en el terreno político.

El trayecto económico que Alberto Fujimori aseguró a través de la Constitución de 1993 y que el liberal Alejandro Toledo había profundizado, pasó una dura prueba al ser reconfirmado por el militar que elogiaba a Hugo Chávez antes de llegar a la presidencia.

El modelo libremercadista afronta ahora el primer gobierno de un partido marxista-leninista que reivindica los postulados de Mariátegui, el fundador del Partido Comunista que, además, hizo la primer traducción de El Capital en Latinoamérica y escribió los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, incorporando el componente indígena en los procesos revolucionarios.

El líder de Perú Libre es un dirigente marxista que gobernó el departamento de Junín y, debido a una condena por corrupción, cedió la candidatura a un hombre con imagen de outsider humilde y honesto: Pedro Castillo.

En la campaña por la primera vuelta, el candidato alineó su discurso con el del partido que lo postulaba, a pesar de haber militado doce años en el partido centrista Perú Posible, de Alejandro Toledo. Sin embargo, al pasar al ballotage, su discurso hizo un viraje al centro. “No somos comunistas, no habrá expropiaciones ni control de cambio….” repetía como un disco rayado.

Ese salto al centro, impulsado por la llegada de Pedro Francke desde los equipos de Verónica Mendoza, convirtiéndose en jefe y vocero del equipo de Castillo, fue indispensable para que el candidato de Perú Libre terminara ganando la contienda por la presidencia. Pero los mercados recién empezaron a calmarse cuando escucharon a Francke pedirle a Julio Valverde que continúe al frente del Banco Central y a Castillo anunciar que Pedro Francke sería su ministro de Economía.

Esos nombres permiten imaginar que habrá un gobierno de orientación socialdemócrata, con el eje puesto en la creación de empleo, el estímulo a la agricultura y a dar prioridad a la educación y la salud pública. Francke promete una gestión sin derivas populistas ni experimentos ideológicos como el que estrelló la primera presidencia del aprista Alán García.

Probablemente, además de entender lo que implicaría para Perú una fuga masiva de capitales y la parálisis de la inversión privada, Castillo comprendió la fragilidad de su poder tras dos vueltas electorales que permiten suponer que, de haber pasado al ballotage un candidato centrista en lugar de la controversial Keiko Fujimori, él no habría ganado la presidencia. También es probable que entendiera lo que implica que el oficialismo haya quedado lejos de tener mayoría en el Parlamento.

Pedro Francke, el economista proveniente de la centroizquierda liderada por Verónica Mendoza, conoce y entiende el escenario institucional y, además de considerarlas negativas, sabe que implementar políticas como las propuestas por el partido Perú Libre requeriría patear el tablero institucional y proclamar una autocracia abrazada al eje Caracas-La Habana, afrontando el riesgo de caos y violencia civil que eso implica.

Francke es partidario de un modelo en el que el Estado asume un rol activo y el gobierno procura producir equilibrio social, pero no apoya modelos como el cubano o el que hundió la economía de Venezuela.

Su presencia, reforzada por la continuidad de Valverde al frente de la política monetaria, debería descartar cualquier riesgo de deriva populista.

Eso ocurrió con el anuncio del gabinete de Humala. Pero hay una diferencia que mantiene preocupados a quienes defienden el centro liberal, tanto en lo político como en lo económico: el ex teniente coronel que ganó en el 2011, era fundador y líder del partido que lo postuló. No le debía la presidencia a ningún mentor. Nadie estaba por encima de su liderazgo y eso le permitía fijar el rumbo y garantizarlo.

No es el caso de Pedro Castillo. El rumbo de su gobierno no dependería de él sino de que las dos figuras contrapuestas que posibilitaron su llegada a la presidencia se pongan de acuerdo, o que uno se imponga totalmente sobre el otro.

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Claudio Fantini

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