Teatro / 20 de Enero de 2012

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Teoría del placer

“En el cuarto de al lado”, de Sarah Ruhl. Dirección y adaptación: Helena Tritek. Con Gloria Carrá, Luciano Cáceres, Gipsy Bonafina y elenco. Teatro Apolo, Corrientes 1372.

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La exquisita escenografía de Eugenio Zanetti muestra un hogar acomodado de fines del siglo XIX, cuando el descubrimiento de la electricidad comenzaba a transformar el mundo occidental. Los dueños de casa, el doctor Givings (Luciano Cáceres) y su esposa (Gloria Carrá), llevan la vida regida por la pundonorosa cultura victoriana que desconocía o censuraba el placer físico, especialmente en la mujer.
Pero el doctor Givings (interesante apellido, asociado a la idea del donador), trabaja en un invento que según él puede curar la enfermedad de moda en la época, la histeria: angustia, desmayos y sensibilidad a la luz entre otros síntomas. Se trata de un enorme aparato accionado por la novedosa electricidad, que incluye un adminículo vibrador –literalmente hablando– con accesorios de diferente tamaño. Lejos de cualquier intención vinculada con el placer, el doctor encara este proyecto con la gélida austeridad del interés científico. Su paciente, Sabrina Daldry (Victoria Almeida), recibe el “tratamiento” sin objeciones, tanto en su versión mecánica como la manual (no voy a entrar en detalles) de una manera tan expresiva y estimulante que despierta la curiosidad de la esposa del doctor, quien se detiene a escuchar detrás de la puerta.

La asistente de Givings (Gipsy Bonafina), con su fuerte acento alemán, es un personaje ambiguo: severa en el consultorio, exquisita al piano. El artista Leo Irving (Esteban Meloni) es un raro caso clínico para una enfermedad femenina por definición. Las actuaciones son extraordinarias: Carrá tiene una gracia y un “tempo” admirables. Cáceres construye un personaje perfecto: detestable y adorable al mismo tiempo. Almeida y Bonafina entregan juntas un momento celestial. Impecables Erica Spósito como Isabel, la nodriza, y León Bara como el señor Daldry, el marido de Sabrina. Lo que puede resultar difícil para algún espectador es la escena misma del “tratamiento”, reiterada una y otra vez: a pesar de la actitud distante del doctor mientras la ejecuta, se asocia necesariamente a imágenes que pertenecen a otros géneros, más ofensivos. Todo colabora: el aparato mismo, la postura, los gemidos y hasta el vaivén de Ana, la asistente, cuando pedalea para accionar la máquina.

A pesar del claro protagonismo de las mujeres en esta pieza, hay algo fuertemente masculino en la trama y sobre todo en el humor. La  idea del orgasmo como solución mecánica de todos los problemas femeninos pertenece a la mitología masculina hasta el día de hoy. Helena Tritek, adaptadora y directora, consigue no obstante cerrar con enorme belleza el espectáculo y convertirlo en una historia de amor.

 

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