Música / 29 de Junio de 2012

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La chica del Bronx

Jennifer López llegó a la Argentina en su papel de cantante. Sin ninguna sorpresa, cumplió en lo profesional.

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El tango estaba equivocado y la fama no es puro cuento. Si no, que se explique por qué una mujer que puesta a cantante pop está lejos de tantas otras colegas, puede vender millones de discos y convocar a multitudes en todo el mundo para verla en ese papel. Y aunque en la Argentina su aureola de estrella musical es menos refulgente –basta con revisar sus cifras aquí y compararlas con otros lugares–, le alcanzó de todos modos para hacer un alboroto en televisión y tener una muy buena convocatoria en una fresca noche porteña del club GEBA.

Jennifer López –o J-LO, como se rebautizó industrialmente– es una mujer hermosa, con un cuerpo latino escultural, en el que los daños de las cirugías y los retoques han quedado eclipsados por las bondades de la naturaleza. Para demostrar que allí está buena parte de su éxito, esta mujer de familia puertorriqueña nacida en el Bronx, se encarga de mostrarlo con generosidad a través de un vestuario que es mucho más que sugerente. Dice su biografía que J-LO es actriz –sin dudas, en esa profesión se cimienta buena parte de su popularidad–, cantante, bailarina, empresaria, productora y diseñadora de modas. Parecen demasiadas profesiones como para hacer todo bien. Y si nos ponemos en analistas de lo que vino a hacer en este caso –antes, no hace mucho, había estado como realizadora del ciclo televisivo de caza-talentos “¡Q’Viva! The Chosen” que hacía con su ex esposo Marc Anthony–, diremos que lo que ofreció en GEBA estuvo muy lejos de ser una noche memorable.

López canta temas de diferentes momentos de su discografía. Incluye, como marca la fórmula, unos cuantos títulos de su más reciente álbum “Love?”. Como dijimos, deja apreciar su anatomía a través de transparencias. Apela a la emoción –al mencionar a sus hijos–, busca complicidades –al paso del tren, recuerda su pasado pobre en el Bronx– y deja un pequeño espacio para la demagogia –en el clásico discurso de la felicidad de actuar aquí–. Hace una música que podríamos denominar “pop internacional”, donde caben solitos previsibles, escapaditas a un hip-hop lavado, mucho sonido preproducido y una banda y un grupo de bailarines profesionales que cumplen de sobra con lo que se pide. Muestra un show con brillos, pantallas, luces y viento. Y muy pronto nos olvidaremos de que anduvo cantando por este lugar del sur del mundo.

 

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