Teatro / 16 de agosto de 2012

teatro

Un tratado de la decadencia

“Enrique IV, 2da. parte” de Shakespeare. Con Horacio Peña, Lautaro Vilo y elenco. Dirección: Rubén Szuchmacher. Regio, Avda. Córdoba 6056.

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“Cualquier cosa que estuviera al alcance de la mano era susceptible de convertirse en material para una tragedia: acontecimientos cotidianos, sucesos, leyendas, temas políticos o filosóficos hasta volverse crónicas de su tiempo y, por lo tanto, históricas”, afirmó el crítico y teórico polaco Jan Kott, autor de “Shakespeare, nuestro contemporáneo”, sobre el nacimiento de la tragedia isabelina, cuyos máximos representantes, además del famoso Cisne de Avón, fueron Benjamin “Ben” Jonson y Christopher Marlowe.

En este caso, referirse a la compleja, minuciosa y oscura trama de “Enrique IV, segunda parte” (1598) de “El Bardo”, es adentrarse en la historia del desfalleciente monarca, su muerte y la coronación final de Hal, el entonces príncipe de Gales, como Enrique V. En pleno ocaso, aquel rey, viejo y enfermo, se queja del peso de la corona y la ausencia de sueño, mientras a su alrededor se construye un andamiaje de conspiraciones, pactos, traiciones y mentiras. El peor designio de los dioses queda opacado ante semejante despliegue de la más pura ambición de poder a costa de cualquier precio.

Pero Shakespeare incorpora, por primera vez, una significativa cuota de comicidad, sobre todo, a través de la figura de Falstaff y la descripción de sus andanzas y fechorías. Borrachín, provocador, hedonista y barrigón, la codicia gobierna al simpático personaje que, sin exagerar, es casi el protagonista omnipresente de la obra. Lamentablemente, a pesar de su astucia, no logra advertir que una vez coronado, el sucesor de su antiguo soberano lo meterá en la cárcel sin miramientos.
Pródiga en cantidad de personajes y, por lo tanto, dificilísima de abordar en escena, la eficaz puesta de Rubén Szuchmacher vio primero la luz en el mismísimo Londres, dentro del ciclo “Globe to Globe”, que además se desarrolló en el reconstruido teatro donde Shakespeare estrenó sus obras.

El director sale más que airoso del desafío, no solo gracias a su habitual solvencia si no al estilo que le imprime al ágil montaje y el apoyo dramatúrgico de Lautaro Vilo. Párrafo aparte para el bienvenido ascetismo escenográfico, un colorido vestuario que mezcla lo contemporáneo con la época (gran acierto de Jorge Ferrari), la luz neutra y directa, un ritmo que no decae jamás y el acento en el terreno actoral. Dentro del numeroso elenco se observan aceitados trabajos como los de Graciela Martinelli, Horacio Acosta, Irina Alonso y Paul Mauch. En tanto un notable Horacio Peña, en la piel de Falstaff, entrega otra de sus grandes creaciones escénicas, gracias a esa fascinante capacidad de transfigurarse en otro ser.

 

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