Sociedad / 10 de septiembre de 2012

La épica de la mentira

¿Se puede seguir repitiendo que Fontevecchia no estuvo secuestrado, que la inflación es de un dígito y que las declaraciones juradas de los Kirchner cierran bien?

Ok. Jorge Fontevecchia no estuvo secuestrado durante la dictadura, ni su revista sufrió atentados, ni fue clausurada, ni él estuvo a disposición del Poder Ejecutivo hasta que debió exiliarse. Demos por cierto que la inflación no supera el dígito anual, que una persona puede comer con 7 pesos por día y que el Estado no dibuja las estadísticas oficiales.

Aceptemos que el crecimiento patrimonial de los Kirchner es razonable (como el de muchos funcionarios), que combatieron al Proceso y que nunca apoyaron al menemismo.

Repitamos que la inseguridad es una sensación, que la publicidad oficial se distribuye sin privilegios, que los herederos de Ernestina son sin dudas hijos de desaparecidos y que el dólar se compra a 4,67.

Resulta una paradoja que aquellos hombres formados con los valores inquebrantables de la modernidad (la verdad, la razón, la justicia, la revolución), se hayan enamorado tanto del relativismo posmoderno. Desde que el posmodernismo denunció “el imperialismo de lo Verdadero –explica Gilles Lipovetsky, el mayor teórico en la materia–, se produce una tolerancia cool a las multiplicidades en la esfera del saber, aligerado de toda autoridad suprema, de cualquier referencia de realidad”.

Así, en el reino del pragmatismo posmo, de la “licuación de lo Verdadero”, la mentira se convirtió para algunos en un arma válida. Se habrá entendido que si el estallido de los grandes relatos había transformado la utopía moderna de la revolución política en una mera satisfacción hedonista por el poder y los cargos públicos, los valores de los jóvenes setentistas resultaban desmesurados para épicas más hogareñas.

El kirchnerismo no es posmoderno. En todo caso, representa el desembarco en la Argentina de lo que el propio Lipovetsky llamó, en el 2004, la era de “los tiempos hipermodernos” (mix de valores modernos y posmodernos). O, quizás, lo que Marx enmarcaría en la repetición de la historia en su etapa de farsa.

Los exponentes argentinos de esta hipermodernidad descubrieron tarde que la objetividad no existe y lo repiten como si hubieran hallado las pruebas del Bosón de Higgs. Pero sucede que los periodistas ya sabíamos que, en tanto sujetos, somos capaces de subjetividades. Aunque solemos ser capaces de algo más: de insistir en la utopía de creer que hay un método profesional que consiste en esfuerzos sucesivos por acercarnos a la verdad. Conservamos la utopía modernista de que la verdad no es un valor relativo, aunque somos conscientes de que cuanto más nos acercamos a ella, más lejos estamos. Entendemos los dilemas filosóficos de ese concepto y la pretensión ilusoria de la objetividad, pero alguna anormalidad en la genética del periodista nos hace reincidir en esa búsqueda.

Porque no nos da igual intentarlo que no, dar por cierto lo que no es, pretender la verdad que mentir.

Resignar la búsqueda de lo Verdadero nos impediría, por ejemplo, descubrir lo positivo de los gobiernos kirchneristas. En cambio, el método periodístico inspirado en Descartes nos permite encontrar datos aceptados por personas que tienen intereses distintos y analizarlos con pensamiento crítico. Y entonces, porque no da lo mismo aspirar a la verdad que repetir lo que sabemos que es falso, se podría describir una gestión caracterizada por la reconstrucción del poder presidencial, la reivindicación de la memoria y por índices demostrativos del crecimiento económico. El mismo método también comprobaría que muchas de las acusaciones que el Gobierno hace contra opositores, políticos y medios de comunicación, son ciertas.

Por eso, se puede seguir repitiendo que Fontevecchia no estuvo secuestrado, que la inflación es de un dígito y que las declaraciones juradas de los Kirchner cierran bien.

Lo que no se puede es seguir diciéndolo e insistir, a la vez, con que se es periodista. No es periodismo. Es otra profesión.