Cultura / 14 de septiembre de 2012

El placer de los dioses

Deidades que no reniegan del sexo. Mistificación del poder. El análisis del filósofo Santiago Kovadloff.

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En el hinduismo hay varias deidades femeninas. A muchas, en la mejor tradición de su cultura, se las representa vestidas con lo que en occidente consideraríamos poca ropa. Sensualidad implícita. Por su parte, en los politeismos grecoromanos, la figura de la mujer como objeto de culto no solo existe sino que –por caso, en el Olimpo Griego– la promiscuidad pareciera ser un problema. Son varios los mitos que relatan las aventurillas amorosas de Zeus y los suyos, que dieran origen a semidioses, bastardos y apócrifos de toda índole.

Pero el cristianismo es muy distinto. A tal punto la fe católica reniega del sexo, visto como fuente de tentación y pecado, que su principal imagen de mujer sagrada es virgen.

En la última edición de Noticias, el filósofo y escritor Santiago Kovadloff analiza, entre otros puntos, cómo el relato oficial ha tendido –lenta pero espeluznantemente– a la deificación de sus líderes.

La Presidente Cristina Fernández de Kirchner nunca nombra en público a su difunto esposo. Es solo “Él”, sin más presentaciones necesarias. “Cuando ella no lo nombra, hace algo muy interesante”, dice Kovadloff, “Es solo una conjetura, pero creo que no lo nombra porque considera que él no cabe en la palabra. En la tradición judía, a Dios no se lo puede nombrar, porque Dios es lo inconmensurable ¿Y qué palabra puede dar cuenta de lo inconmensurable sin ser en sí una contradicción? Cuando ella no lo nombra, está dando una idea de que lo que él implica rebasa ampliamente lo que de él pueda decirse. Pero, al mismo tiempo, estoy convencido de que ella se atribuye a sí misma un poder de conducción que no puede encontrar paralelo en ninguna figura que ejerza la política sin ese espíritu visionario. La finalidad fundamental [de este modelo] es crear una democracia que ya no esté sujeta a controles, porque hay un proyecto de transformación social que está presidido por un liderazgo iluminado, en manos de un hombre (o una mujer) providencial. Y en este punto reaparece lo religioso (y esto se lo he leído a Fontevecchia en sus columnas): la aparición de un régimen vertical que tiene por finalidad la redención por la vía de la transformación del Estado convertido en un proyecto donde la ley está supeditada al ideal del poder y no al revés”.

Quizás esta nueva construcción, la del mito de una “Santa Cristina” –acaso una mayor emulación de la leyenda de Evita– sea la que provocó que tantos se sintieran incómodos ante la tapa de Noticias que habla sobre “El goce de Cristina”.

Porque Cristina es Dios. Y –en una patria cristiana y observante de las buenas costumbre– los dioses no gozan.