Teatro / 2 de Noviembre de 2012

teatro

El juego del gato y el ratón

“Hombre mirando al sudeste” escrita y dirigida por Eliseo Subiela. Con Lito Cruz, Alejo Ortiz, Marina Glezer y Pablo Drigo. Sala Siranush, Armenia 1353.

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La letanía en que vive el psiquiatra Julio Denis parece no tener fin. A una edad en la que debería estar jubilado, su existencia es un rosario de calamidades que incluyen una separación y la zambullida cotidiana en whisky durante los momentos de ocio. Un día aparece en el hospital donde presta asistencia, Rantés, un carismático joven. Según confiesa, es un extraterrestre que ha llegado a la Tierra para traer un mensaje humanitario a los habitantes del planeta e instruirse a conciencia sobre la estupidez humana. La enigmática figura, ¿es un lunático o esconde un pasado inquietante? En búsqueda de la respuesta, cada sesión de terapia será como un juego entre el gato y el ratón y servirá para dilucidar la verdadera naturaleza de este intrigante ser. También en el proceso, médico y paciente se descubrirán mutuamente, mientras el atrapante y difuso juego entre locura y realidad cobra cuerpo.

La base de la historia surge de la exitosa película del año 1986, protagonizada por Lorenzo Quinteros, Hugo Soto e Inés Vernengo, con guión y dirección de Eliseo Subiela. Sin duda, hábil artesano del mundo cinematográfico, donde ofreció sobradas muestras de creatividad en trabajos como “Últimas imágenes del naufragio” o “El lado oscuro del corazón”, Subiela no concreta una traslación escénica del todo lograda de su icónico film.
De aquel clásico del cine nacional en democracia solo hay un pálido reflejo teatral en algunas situaciones puntuales, como lo demuestra cada una de las apariciones de Rantés, del resto queda poco o nada. Por ejemplo, pasa totalmente desapercibida la presencia sensual de Beatriz, la joven que siente devoción por el protagonista. Cabe recordar que en el film, cada vez que ella entraba al pabellón de internos se cambiaba los zapatos, en una especie de delirio místico que jamás se explicaba. Aquí, en cambio, sólo se advierte como una acción física desprovista del enigma original.

A pesar de lo señalado, sobresalen las actuaciones espléndidas de Lito Cruz en la piel del doctor, y Alejo Ortiz como el desconcertante individuo. Cruz, en la cumbre de sus dones, maneja como pocos la idiosincrasia nativa y evoca con autenticidad la melancolía. Incluso logra superar el recuerdo de la memorable composición del entrañable Soto, con auténticos recursos expresivos y conmovedora emoción, lo que lo convierte en uno de los mejores actores de su generación. La escenografía de Daniel Feijóo resulta un tanto sobrecargada y complica los desplazamientos. Párrafo aparte merece la música original de Pedro Aznar, un prodigio a la hora de crear sutiles cambios de clima.

 

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