Teatro / 26 de Abril de 2013

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La guerra contra el olvido

“Amadeus”, de Peter Shaffer. Con Oscar Martínez, Rodrigo de la Serna y elenco. Dirección: Javier Daulte. Teatro Metropolitan Citi, Corrientes 1343.

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El teatro Metropolitan reabrió sus puertas en la calle Corrientes para dar cabida a la majestuosa puesta de “Amadeus”, la obra de Peter Shaffer estrenada en Londres en 1979, llevada al cine por Milos Forman en 1984, y puesta en Buenos Aires por primera vez en 1983, con dirección de Cecilio Madanes. En aquella ocasión Oscar Martínez representaba al joven Mozart, y Carlos Muñoz era Antonio Salieri.

La obra parte de una leyenda improbable pero sugestiva, según la cual Salieri (1750-1825), músico oficial de la Corte Imperial de Viena, muy respetado y celebrado en su época, no pudo soportar la genialidad del joven músico de Salzburgo y, estragado por la envidia, perjudicó su carrera, lo difamó, lo acosó y por fin le causó la muerte. Esta rivalidad ya había sido narrada por Alexander Pushkin en un poema, sobre el que se inspiró Nicolai Rimski-Korsakov para componer la ópera “Mozart y Salieri”, antes de que Shaffer la llevara al teatro.
Oscar Martínez abre la pieza como un Salieri ya anciano y empobrecido,  atormentado por el remordimiento. Toda su vida se había considerado un hombre intachable, padre y marido ejemplar y artista coronado, pero todo comienza a desmoronarse con la entrada de Mozart en la Corte: un chico irrespetuoso y grosero,  pero iluminado por el genio. Una clase de genio que solo él, Salieri, es capaz de comprender en toda su grandeza. Esa música que parece retozar en su cabeza, acabada y perfecta sin esfuerzo alguno de su parte, es el aliento de Dios. Y el castigo de Salieri, justamente, es saberlo. Saber que no importa cuánto pudiera dañarlo y humillarlo, Mozart iba a escribir la historia de la música, y él caería en el abismo de la mediocridad y el olvido.

Oscar Martínez hace un trabajo prodigioso: con solo un gesto de la cara se quita treinta años de encima y encarna a un malvado contenido, desgarrado por la conciencia de su propia culpa, y vibrante de intensidad. Rodrigo de la Serna, como Wolfgang, se acerca por momentos a los bordes, especialmente en las primeras escenas, cuando luce su estado atlético. El elenco es impecable. La puesta de Javier Daulte es ambiciosa y muy lograda. El vestuario de Mini Zuccheri tiene la gracia y el esplendor de la época. Y es deslumbrante la escenografía de Alberto Negrín: un juego óptico de diagonales movedizas que al cerrarse, avanzada la obra, revela con sutileza el espíritu de un piano.
Es difícil de creer que Salieri haya matado a Mozart, como exagera Shaffer en la pieza, pero es muy real esa mezcla de odio y devoción que siente el mediocre ante el genio. Un mediocre con el talento necesario como para detectar el genio, y con el poder suficiente como para perjudicarlo.

 

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