Mundo / 8 de Agosto de 2014

Tallar el estigma

Gaza, víctima de las estrategias de la derecha israelí y de Hamás, que juega con las vidas de su gente para marcar al pueblo judío.

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En lugar de este monstruoso “déjà vu” de escombros, humo y muerte que vuelve cada dos o tres años, Gaza podría ser una pequeña Singapur sobre el Mediterráneo.

Suena absurdo, pero la distancia entre la miseria trágica y la prosperidad pacífica es una decisión. Por cierto, una decisión que implica un giro copernicano; un cambio de paradigma. Pero una decisión al fin. Y beneficiosa no solo para los palestinos de Gaza y Cisjordania, sino también para Israel, para sus vecinos y para las monarquías de la Península Arábiga.

Que sobre Gaza dejen de levantarse columnas de humo y se levanten rascacielos de oficinas y hoteles con turismo internacional buscando sus bellas playas depende de que los emiratos del Golfo dejen de usarla como una infección para aislar y debilitar a Israel. Y también de que Israel admita el fracaso de la derecha dura y vuelva al camino del que empezó a apartarse tras el asesinato de Rabin.

Con los cohetes de Hamás procurando atravesar la Cúpula de Hierro para caer en ciudades, aldeas y kibutz israelíes es difícil para la población israelita ver que la estrategia de devolver cada golpe con golpes más demoledores es funcional a la estrategia de sus enemigos. Más aún, eso es exactamente lo que busca una fuerza que lanza proyectiles con mínima posibilidad de alcanzar el blanco, sabiendo que serán respondidos con feroces misiles de altísima destructividad.

El pueblo de la Franja de Gaza es víctima de las impiadosas bombas de Israel, cuyos gobiernos de halcones creen en el derecho al crimen en defensa propia y reducen su estrategia a la intimidación militar, aparentemente sin entender la estrategia de sus enemigos árabes.

El pueblo gazatí es víctima también de esa estrategia. Hamás no libra su batalla en el mismo terreno de Israel. Los misiles que verdaderamente lanza no son los Kasam y los Grad que ataja el sistema defensivo antiaéreo del Estado judío. Los misiles de Hamás son las fotos de los niños muertos. Su guerra se libra en la dimensión de la opinión pública mundial y allí no sirve la Cúpula de Hierro ni los sistemas de alarmas y refugios que todo israelí tiene al alcance. En la opinión pública mundial, los misiles de Hamás impactan de lleno en la imagen de Israel.

Eso es lo que parecen no entender el durísimo Benjamin Netanyahu y su principal aliado, el extremista Avigdor Lieberman.

En el corto plazo, pueden dañar túneles, baterías de cohetes y arsenales ocultos en distintos puntos de la ciudad bombardeada. Pero en el largo plazo, lo que están destruyendo es la imagen de Israel.

A fuerza de niños muertos por crímenes en defensa propia, la derecha israelí está colaborando en la construcción de un estigma.

Netanyahu responde con furia cortoplacista a una política de largo plazo. La perversa estrategia ultra-islamista de victimizar al propio pueblo para fabricar la peor de las armas contra una Nación: la estigmatización. Ariel Sharon envolvió un acierto en un error. Acertó al decidir la descolonización de Gaza, pero erró al no presentarla como fruto de una interacción con el líder de la ANP y el partido Fatah, Mahmud Abas, sino como una decisión unilateral en la que nada tuvo que ver el moderado presidente palestino.

¿La consecuencia? La retirada debilitó a la ANP y fortaleció a Hamás, que masacró y expulsó a los miembros de Fatah, apoderándose totalmente de la Franja de Gaza.

Los ataques respondidos con la operación Plomo Fundido y sus monstruosos “déjà vu” de 2012 y 2014 son los primeros efectos de un largo plazo no contemplado por la miopía cortoplacista de apostar a la debilidad de la ANP.

Las estadísticas muestran un corto plazo en el que la muralla que levantó Sharon parece un acierto porque disminuyó notablemente los atentados terroristas. Pero, en el largo plazo, su odioso parecido al Muro de Berlín y la tortuosa vida que impone a los cisjordanos lo convierten en el paredón de fusilamiento donde está siendo acribillada la imagen de Israel.

Los kilómetros cuadrados que se ganan en Cisjordania con la construcción de asentamientos se pierden en el territorio de la opinión pública mundial, que es donde se libra la más crucial y profunda de las pulseadas. Esa guerra de largo plazo donde se dirime no sólo la seguridad de Israel, sino también la del judaísmo de la diáspora.

Acciones y omisiones con que algunos países árabes parecen apoyar las bombas de Netanyahu para acabar con Hamás, podrían ser parte del plan para estigmatizar a los israelíes como asesinos de niños. Napoleón lo explicaba diciendo que “cuando el enemigo se está equivocando, no hay que interrumpirlo”.

Qataríes y sauditas sólo coinciden con Irán en apoyar la estrategia de Hamás. Netanyahu cree que, en el peor de los casos, Israel está cometiendo un crimen en defensa propia. Hamás y sus patrocinadores están induciendo a la radicalizada dirigencia israelí a cometer ese crimen. Nadie pretende derrotar al Estado judío en el duelo de misiles. Serían imbéciles si lo pretendieran y está claro que no lo son.

También está claro que no son las muertes en Gaza las que los conmueve. Irán apoya la represión del gobierno chiíta en Irak y las masacres que ordena Bashar el Assad contra blanco civiles en Siria, mientras Arabia Saudita y Qatar financian milicias sunitas que decapitan y crucifican soldados sirios, al mismo tiempo que aniquilan chiítas iraquíes y deportan en masa a los árabes cristianos de las comunidades caldea, asiria y siríaca.

Si a los que financian a Hamás les importaran los niños gazatíes, exigirían algo tan elemental como la construcción de refugios antiaéreos y la colocación de sistemas de alarmas. En siete años de dominio absoluto de Gaza, Hamás no tomó para el pueblo las medidas de seguridad que tomó para su protegido liderazgo.

No es un descuido sino una estrategia. No contar con refugios sirve en la construcción del estigma que justificará, en diez o veinte años, un ataque exterminador a Israel, logrando que buena parte del mundo lo apoye por tratarse de un país asesino de niños.

El judaísmo sabe de estigmatimas. El cristianismo medieval lo marcó como deicida y bebedor de sangre infantil. Como consideraban que prestar dinero era un pecado, aunque necesario para la actividad económica, los católicos pusieron a los judíos en ese rubro, uno de los pocos que se les permitía. A partir del siglo XVIII empezaron los pogromos contra esa “comunidad de usureros”; uno de los argumentos con que Hitler perpetró el holocausto con el silencio cómplice de los alemanes y otros pueblos europeos.

La tragedia de Gaza es el cincel que está tallando el estigma antisemita del siglo XXI. Bloqueando la creación de un Estado palestino independiente y viable, ampliando asentamientos en Cisjordania y aplicando la estrategia de matar en defensa propia, la derecha israelí pone el cincel en la mano antisemita.

* Profesor y mentor de ciencia política,

Universidad Empresarial Siglo 21.

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