Restaurantes / 29 de mayo de 2015

Una excursión al placer

“Chizza Bar de Vinos”. Alsina 120, Los Cardales. (0230) 449-2197. Cocina de mercado/mediterránea. Miérc. A sáb., de 20 al cierre. Sáb. y dgo., mediodía. Tarjetas. Precio promedio: $ 500.

Por

El éxito de un restaurante es que uno quiera volver. El mérito es doble si queda en Los Cardales, a 67 km de Capital, como en el caso de Chizza. Es un viejo almacén de campo, propiedad de la familia Malacisa –se pronuncia Malachisa, de allí el nombre, al que recargaron de zetas para que no queden dudas de la italianidad– donde Franco, chef y paterfamilias, cocina según la inspiración y los productos disponibles del día. Su mujer, Cecilia Domínguez, es la sommelier de la casa, guardiana de una cava con más de 300 etiquetas, para completar como se debe la experiencia de una comida. Los hijos también forman parte del elenco: el más grande ayuda con el servicio, con gran celeridad para sus 15 años, y la más pequeña, además de inspirar a su padre en la cocina, colabora en la elaboración de platos simples.
El día de nuestra visita, Malacisa había preparado arrolladitos primavera, lo cual da muestra de la versatilidad de su cocina, esencialmente –pero no excluyentemente– mediterránea. Su hija se los había pedido a la mañana y los preparó para el salón. Respetan la forma cilíndrica y el relleno de vegetales crocantes, bien chinos, pero la masa es común, frita. Luego, mientras sigue calentando los motores para los platos fuertes, llega un guacamole, cremosísimo. Los “¡Mmmm!” se suceden unos tras otros, pero ante los pedidos de recetas, Malacisa vuelve a la cocina, con aires de misterio.
Siguen las entradas: deliciosas croquetas salmón, langostinos y lemongrass, con salsita agridulce y colas de langostino jumbo en tempura con juliana de vegetales y salsa de chili dulce, uno de los clásicos de la casa. Una vez más la influencia asiática. Malacisa acaba de regresar de un viaje de exploración culinaria por el Japón –donde probó desde caracoles crudos hasta pescaditos vivos– y aunque los platos servidos son más bien de otras latitudes de la enorme Asia, es obvio que está coqueteando con ese lado del mundo.
Por fin, y para dejar claro que no es posible encasillarlo, llega a la mesa una cazuela de mondongo tiernísimo, con garbanzos y un sabor bien presente. Le siguen unos riñones de cordero –rebozados, tipo escalope– con puré cremoso de papas y un pastel de chivito cocinado en el horno de barro, que conserva un maravilloso dejo ahumado. De postre, aprovechando la estación, membrillos en almíbar, con helado y miel. También sus helados caseros son célebres: de queso fresco con batata, naranja y albahaca, melón y jamón, zapallo, higo y roquefort, y ananá y perejil (favorito personal).
En el recorrido culinario que es una comida en Chizza, su chef deja claro que no hay tipo de comida ni técnica de cocción que se le escape. Sin embargo, en sus sabores hay siempre algo sutilmente familiar y amigable, el ADN toscano, que dan ganas de volver, una y otra vez, a encontrarse con su cocina. Prepárese para gastar: son banquetes para entregarse y gozar.

Cocina ★★★★★
Servicio ★★★
Ambiente ★★★

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *