Teatro / 31 de Agosto de 2015

Fábula sarcástica y virulenta

“El invernadero” de Harold Pinter. Con Edgardo Moreira, Nicolás Dominici, Federico Tombetti y elenco. El camarín de las musas, Mario Bravo 960.

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teatro revista noticias
CLÁSICO RESCATADO. Late en esta obra el germen de un supuesto realismo enmascarado en un contexto de ridiculez deliberada.

★★★★ “No hay distinción firme entre lo real y lo irreal; ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente o verdadera o falsa, sino que puede ser ambas: verdadera y falsa”., afirmó el gran escritor inglés Harold Pinter (1930-2008). La frase viene a la memoria con motivo del tardío estreno de “El invernadero” (The Hothouse) en la cartelera porteña. Escrita en 1958 y archivada, por decisión del propio autor, para ser rescatada del olvido dos décadas después, tiene todos los condimentos de sus clásicas “comedias de amenaza”. Late en ella el germen de un supuesto realismo enmascarado en un contexto de ridiculez deliberada, clave en toda la obra del prolífico dramaturgo, guionista, poeta, actor, director, activista político y ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005.
Sarcástica y virulenta, como un retrato al vitriolo, ubica su trama oscura en una especie de casa de reposo, dirigida con mano férrea por el ex coronel Roote (Edgardo Moreira, en uno de sus mejores trabajos teatrales), que el día de Navidad se desayuna con una doble crisis: uno de sus pacientes, numéricamente identificado como 6.457, falleció, mientras que otro, la catalogada como 6.459, dio a luz inesperadamente. El colapso inicial deriva en una investigación de ribetes policiales en la que el sibilino colaborador Gibbs (Nicolás Dominici, en labor realmente consagratoria), implacable, con el instinto de supervivencia de una serpiente, se enfrentará con el díscolo Lush (Federico Tombetti, sólido, también encargado de la impecable traducción) y no duda en gozar de los favores sexuales de la señorita Cutts (Georgina Rey, a quien se observa un tanto incómoda en el rol de seductora devoradora de hombres), calculadora y peligrosa mujer envuelta en traje sastre de corte ejecutivo, para sus fines arribistas.
Pinter imaginó un mundo en el que los hospitales psiquiátricos se transforman en reservorio de los disidentes sociales y donde todos están dispuestos a aplastarse mutuamente con tal de obtener una ventajosa promoción.
Como nos tiene acostumbrados, la certera mano de Agustín Alezzo imprime un ritmo vertiginoso a la puesta y logra el lucimiento del resto del elenco.

 

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