Cultura / 3 de febrero de 2016

Cine y literatura: ¿Por qué nos fascinan los robots?

Desde que la evolución tecnológica hizo posible imaginarlos,
alimentaron la ficción. Poder, control, erotismo.

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Borronear la frontera entre el hombre y la máquina es borronear la frontera entre el hombre y Dios. La frase –el concepto, en realidad– es la clave de la película “Ex machina” (Alex Garland, 2015), una pieza de ciencia ficción tan bella como perturbadora que explora mucho más allá de los límites de la inteligencia artificial. Y también más allá de la figura del robot en el cine, la televisión y la literatura como un estudio de la condición humana.
El robot en busca de su humanidad no es un tema nuevo. Sin embargo, no deja de aparecer en forma recurrente en la narrativa fantástica. Los antecedentes más remotos en la literatura se remontan al cuento “El hombre de arena” (E.T.A. Hoffman, 1817), donde el protagonista se enamora de Olimpia, una mujer mecánica; y a “El hombre de vapor de las praderas” (Edward Ellis, 1868), donde hay, como el título lo indica, una máquina a vapor antropomorfa.
Pero el podio del pionero en materia de cosas hechas por el hombre que buscan equipararse a la humanidad quizás le corresponda a Pinocho. Sus cuentos, escritos por Carlo Collodi, fueron publicados en la prensa italiana entre 1882 y 1883, muy lejos en el tiempo de toda forma de desarrollo informático. Pero lo que diferencia a Pinocho de sus antecesores y lo pone a jugar en otra categoría es su deseo de ser “un niño de verdad”, el leit-motiv que la versión de Disney le hace repetir hasta el hartazgo.
Para lograrlo –magia mediante, a falta de tecnología– Pinocho deberá demostrar que tiene ciertos valores (lealtad, honestidad, respeto por su padre-creador) inherentes al ser humano. Sólo cuando pruebe que tiene un “alma” se le otorgará el beneficio de la carne. Y de la mortalidad.
La máquina que quería morir. Si un autor de ciencia ficción sentó canon sobre el conflicto del robot, ese fue Isaac Asimov. El hecho de que sus robots tomaran conciencia de sí mismos motorizó los conflictos de una gran parte de su obra. Pero más allá de la lucha del protagonista de “Yo, robot” (1950) por no ser desmantelado, quizás el caso dentro de la obra de Asimov más llamativo sea el de “El hombre bicentenario” (1976).
Porque una de las ventajas, si se quiere, de una forma de vida artificial, es que –con suficientes repuestos disponibles– puede durar por siempre. Pero Andrew Martin es un mayordomo androide que, por razones inexplicables, muestra rasgos de creatividad. La máquina se vuelve artista y, con las ganancias de sus ventas, comienza a comprar implantes que reemplazan sus partes mecánicas por otras biológicas.
Al final de los doscientos años de su historia, pide una última intervención quirúrgica: la que hará que su cerebro inmortal decaiga con el tiempo, como el de cualquier otra persona. El robot que, por un accidente inexplicable en su programación (equiparable al de Sony en “Yo, robot”, que es consciente de su unicidad) tiene la capacidad de crear, no solo elige ser persona desde lo físico. También elige morir.
Gene Roddenberry, creador de “Star Trek”, tomaría prestado de su amigo Asimov el concepto del “cerebro positrónico” para su Teniente Comandante Data, uno de los personajes protagónicos de la serie “Star Trek: La nueva generación” (Paramount, 1987-1994).
Dueño de una inteligencia superior, sin embargo carece de sentimientos, pero no así de las ansias de tenerlos. Quiere ser humano. Quiere poder sentir.
A lo largo de las siete temporadas de la serie se descubrirá que Data tuvo un hermano mayor, Lore, al que sí le fueron programadas emociones humanas. La consecuencia fue nefasta: una máquina que pudiera amar, también sería capaz de odiar. Algo similar sucede con la Ava de “Ex machina”. Para lograr su objetivo, debe mentir y manipular. Y, si es que acaso tiene sentimientos, debe ocultarlos. Pero además, su misión será lograr que el protagonista (humano) de la película se enamore de ella.
¿Puede darse ese fenómeno? ¿Podría una persona amar a una máquina? En “Metrópolis” (Fritz Lang, 1927), Rotwang crea a una mujer mecánica –cuya imagen sería ícono de la película– para reemplazar a su esposa muerta. ¿Pueden desarrollarse sentimientos profundos por “esa mujer de cartón piedra”, como en la canción de Serrat?
Son varias las obras recientes que tocan el tema. La serie “Humans” (AMC, 2015, la segunda temporada se estrenará a mitad de año) hace exactamente ese planteo: los “synth” –una especie de mayordomos robóticos– se vuelven parte de las familias que los compran. Uno de los protagonistas, un hombre viudo y solitario, deberá enfrentar el conflicto de deshacerse de su androide Odi, al que ha “adoptado”, porque ha dejado de funcionar. Anita, otra “synth”, llegará para poner orden en la vida desordenada de la familia Hawkins, pero desatará problemas de celos.
En clave de comedia infantil, “Yo soy Franky”, una de las series más recientes del canal Nickelodeon (estrenada el año pasado y con promesa de segunda temporada para este) plantea la misma problemática. Franky es la robot adolescente que convive con una familia y va a la escuela sin que nadie note, en su apariencia, que no es humana. Sus conflictos pasarán por su incapacidad para entender los sentimientos, su falta de sentido del humor y el riesgo de enamorarse y que su sistema operativo colapse.
Pero quizás el romance hombre-máquina más inusual y a la vez profundo se da en la película “Her” (Spike Jonze, 2014), donde su protagonista, Theodore, se enamora de Samantha, una inteligencia artificial incorpórea. Desarrolla sentimientos tan sólo por una voz. Aunque tampoco es tan difícil enamorarse un poco de la voz de Parissiennes a las cuatro de la mañana de Scarlett Johanson, el personaje de Joaquin Phoenix no tiene un cuerpo, ni siquiera sintético, al que pueda darle un beso.
“Es interesante preguntarse qué es lo que enamora a Theorodore”, se plantea en su libro “Las mil y una telenovelas” la periodista y escritora Cecilia Absatz, “Samantha, desde una pequeña pantalla, realiza para Theodore una cantidad de tareas que hacen su vida más sencilla y agradable; además se presenta siempre servicial y encantadora. Sabe preguntar. Sabe escuchar. Y sabe erotizar […] Samantha es la mujer de su vida y la compró en el mercado. En cierto sentido su lugar social es parecido al de la prostituta de calidad”.
Sexo, mentiras y androides. El planteo de Absatz sobre la potencial “prostitución” de Samantha en “Her” abre el terreno de un debate completamente diferente: si se los considera “inteligencia artificial”, si se desarrollan robots que de hecho tengan alguna forma constatable –quizás Test de Turing mediante– de inteligencia, ¿siguen siendo objetos? ¿Se los puede seguir tratando como objetos, inclusive a la hora de la sexualidad?
El año pasado, la compañía japonesa SofBank, creadores del robot Pepper –una pieza de tecnología con la inteligencia de un smartphone pero el “cuerpo” de un robotito de película, que tiene la habilidad de reconocer las expresiones faciales de los usuarios y, hasta un cierto punto, interpretar sus emociones– emitió un comunicado donde rogaban a sus usuarios que no intentaran tener sexo con la máquina. El eslogan del producto es que su misión es “hacer feliz a la gente”. Algunos usuarios parecen habérselo tomado bastante al pie de la letra.
Hay una pregunta inquietante que queda planteada abiertamente en la película “Ex machina” pero que, si se mira con cuidado, subyace en casi toda la narrativa robótica. ¿Ser capaces de crear una forma de vida artificial nos convierte en dioses? Porque quizás, sólo quizás, el afán por transitar estos temas se deba no sólo a una necesidad de explorar nuestra humanidad, sino también –por qué no admitirlo– nuestra propia y potencial divinidad.

 

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