Mundo / 21 de mayo de 2016

Brasil, mirado desde la grieta

Las enconadas divisiones que hay en toda la región distorsionan la percepción sobre la crisis brasileña. Lo que viene en el gigante sudamericano.

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Temer. Para algunos, el restaurador de una democracia diezmada, para otros el artífice del golpe.
Temer. Para algunos, el restaurador de una democracia diezmada, para otros el artífice del golpe.

Mirar la grieta ajena desde la grieta propia, no ofrece una buena perspectiva. La visión distorsiona, confunde. Sin embargo, uno de los rasgos que tiene el proceso que determinó la suspensión de Dilma Rousseff, es que en la región muchos medios e individuos tomaron posición en esa puja, como si sus protagonistas fuesen extensiones de los bandos enfrentados en sus respectivos países.

La historia del siglo 20 tiene casos, como la guerra civil española, que partieron a las sociedades de Occidente, como si en todos los países hubiera republicanos y falangistas. Pero el caso de Brasil es al revés. En las divisiones que afectan a las clases medias de la región, los anti-populistas se alinearon con el juicio político, mientras que los simpatizantes de las izquierdas populistas se alinearon con Dilma.

Ambas posiciones confundieron a los gobiernos de Lula y Rousseff con las políticas exteriores que tuvieron. El problema es que la política exterior de las administraciones del PT no son la prolongación externa de la actuación que han tenido hacia adentro, tanto en lo político como en lo cultural y en lo económico.

En la región, Lula y, en menor medida, su sucesora, han apañado al chavismo y al eje bolivariano. Pero en lo demás, no se parecieron a esos aliados externos. De tal modo, quienes ven su propia grieta en la grieta ajena, desenfocan en Brasil.

Para unos, ocurrió un golpe de Estado y Michel Temer es parte de la conspiración. Para otros, la caída de Dilma y la llegada al poder de su vicepresidente, es parte del cambio de tendencia que está ocurriendo en Latinoamérica. Y la realidad parece mostrar que no es ni una cosa ni la otra.

Ni Dilma fue víctima de un golpe de Estado, ni su caída ha sido justa. Y Temer no es un restaurador de la democracia herida por una autocracia populista, aunque tampoco sea el equivalente brasileño a Pedro Carmona, el empresario golpista que “remplazó” efímeramente a Chávez, cuando lo secuestró un grupo de militares.

Por observar Brasil desde la grieta propia, unos y otros dejan de percibir una realidad: un proceso puede ser legal y también injusto.

Los procedimientos que desembocaron en la suspensión de Dilma Rousseff y el paso del mando a Michel Temer, fueron legales pero fueron injustos; un trayecto plagado de anomalías. Del mismo modo, el cambio de gabinete de ministros y las modificaciones gubernamentales que dispuso Temer, fueron acciones legales, pero no son éticas ni lógicas.

Básicamente, implican una conducta incorrecta que, además, revela la verdadera causa del apartamiento de la presidenta.

Esa verdadera causa no es la falta administrativa que se constituyó en acusación para llevarla a juicio político, sino la crisis económica que el gobierno de Dilma ya no podía revertir.

La presidenta tuvo responsabilidad en esa crisis, porque dejó crecer al déficit con objetivos electorales. Creyó que luego podría re-encausar los números, pero ese cálculo falló. Y no sólo no pudo re-equilibrar las cuentas públicas; tampoco pudo revertir la crisis, agravada por el cambio del escenario económico mundial.

Esa realidad objetiva creó otra realidad objetiva: el liderazgo del gobierno se diluyó. Cuando la sociedad y los sectores de la producción percibieron esa pérdida de poder, empezaron a percibir a la economía brasileña como un barco en la tempestad, y a Dilma como un timonel sin brazos.

Hubo otra razón objetiva: la mandataria maltrató a buena parte de la dirigencia del PT y a casi todos los partidos aliados. Algunos de esos maltratos hablan bien de ella, una tecnócrata honesta y preparada que no toleró casos de ineficiencia ni de corrupción, echando funcionarios de todos los partidos, incluido el propio.

Cuando la mayoría le bajaba el pulgar en las votaciones del Congreso, habrá entendido que fue una negligencia, en particular, haber ignorado al poderoso PMBD, el socio más importante de la coalición que había armado Lula, y también el partido del vicepresidente al que Dilma había marginado y ninguneado.

La hosquedad de la presidenta no justifica el linchamiento institucional con que se tomaron venganza muchos cuyas corruptelas y mediocridades habían quedado expuestas. Pero es parte de las causas objetivas que motivó la búsqueda de justificación para forzar un juicio político.

Cuando Collor de Mello renunció tras la decisión parlamentaria de someterlo a impeachment, su vice Itamar Franco asumió la presidencia y formó nuevo gobierno, nombrando a Fernando Henrique Cardoso, entre otras figuras.

Tenía derecho a hacerlo porque Collor había dimitido. Igual que Nixon cuando le impusieron juicio político por el caso Watergate.

Al asumir el cargo vacante el vice Gerald Ford, se convirtió plenamente en presidente. Pero no fue el caso de Al Gore, el vicepresidente que se hizo cargo interinamente de la presidencia mientras duró el impeachment a Bill Clinton.

Clinton ganó el juicio y recuperó el cargo, encontrando el mismo gobierno y las mismas políticas que había implementado.

No sería el caso de Dilma si saliera inocente y, tras los 180 días del juicio, cesara la suspensión que se le impuso. Se supone que Temer no es como Itamar Franco o como Gerald Ford, que asumieron la presidencia, sino como Al Gore: sólo un vicepresidente que se hace cargo interinamente de la presidencia, mientras dura el proceso en el Senado.

Actuar como está actuando, demuestra que no ha sido contemplada la posibilidad de que el veredicto sea “inocente”. Si así fuera, al retomar sus funciones, Dilma encontraría otro gobierno y otras políticas en marcha. Ergo, fue condenada antes de ser juzgada.

Pero eso no quiere decir que Temer tenga asegurado el poder hasta que se cumpla el mandato de Rousseff. Si la verdadera causa del proceso no es la acusación esgrimida, sino la crisis económica y la pérdida de poder del gobierno del PT, Michel Temer llegará hasta el final del mandato sólo si puede reconducir la economía, poniendo fin a la crisis.

De tal modo, si el hombre que ocupó el despacho principal del Planalto logra reconstruir las alianzas partidarias y exhibir el músculo político que hace falta para sacar a Brasil del pantano recesivo, podrá gobernar. Pero si también él se convierte en un timonel sin brazos en plena tempestad, o bien se le hará impeachment por la misma razón que a Dilma, o bien se convocará a elecciones anticipadas.

¿Podrá sacar el barco de esta tempestad? En todo caso, las primeras señales no son alentadoras. Cuando el país necesita gestos que lo convenzan de estar en manos de un estadista lúcido y ético, Temer anunció que le dará un alto cargo en el gobierno a la jovencísima modelo y ex reina de belleza que tiene por esposa.

Pareció una broma de mal gusto a una sociedad ofendida por tanto nepotismo, negligencia y corrupción en la clase política. Pero no era una broma. Lo dijo en serio.

 

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