Mundo / 5 de julio de 2016

Contra Brexit: El paredón español

Tras la elección se frenó la ola populista que aísla mundialmente y resquebraja internamente a Gran Bretaña.

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Freno. La izquierda, con Iglesias a la cabeza, perdió parte de su electorado.
Freno. La izquierda, con Iglesias a la cabeza, perdió parte de su electorado.

Un fantasma recorre Europa, pero no es el fantasma del comunismo que describió Marx en los El Manifiesto; sino el de un populismo que se puede manifestar desde la izquierda dura hasta la derecha extrema. El populismo de estos días recorre las potencias de Occidente y su señal de identidad es la rebelión anti-sistema.

En Gran Bretaña acaba de manifestarse pateando el tablero de la Unión Europea. En Austria llevó hasta las mismísimas puertas de la presidencia a Norbert Hofer, candidato del partido ultraderechista que impulsó el neonazi que llegó a gobernar el estado de Carintia: Jorg Haider. El candidato ecologista Alexandr Van der Bellen logró, por un puñadito ínfimo de votos, impedir que el extremismo euro-fóbico y racista, ganador de la primera vuelta, se impusiera también en el ballotage de la presidencia austríaca.

Austria caminó por la cornisa del populismo un par de semanas antes de que ingleses y galeses empujaran a Gran Bretaña afuera de Europa. Y fue probablemente esa salida la que frenó el derrape español hacia la deriva populista. Quizá, el efecto contagio que tanto se temió al triunfar el Brexit, se termine revirtiendo en un efecto de reacción de último momento, como la que salvó al país de Mozart y Freud de tener un presidente ultraderechista.

No sobran razones para querer que Mariano Rajoy siga en la presidencia. Tampoco las hay para rescatar a Pedro Sánchez cuando estaba por caerse del liderazgo del PSOE. Sin embargo, en un giro inesperado, los españoles votaron ayudando a Rajoy a seguir presidiendo el gobierno, y salvando al líder socialista de que su partido sea desbancado del segundo puesto por los anti-sistema.

El líder del PP no hizo nada para conseguir en la elección de junio lo que no había conseguido en la frustrada elección de diciembre, cuyo resultado hacía imposible la conformación de una alianza gubernamental medianamente lógica.

En la repetición del comicio pasó más o menos lo mismo, pero fue Rajoy el único que tuvo más votos, y no menos, que en el fracasado intento anterior. Por ende, castigados por el voto todos los demás, la lógica indica que esta vez no hay autoridad moral para impedir un nuevo gobierno encabezado por el líder del Partido Popular.

Ahora bien, existiendo tan pocas razones para favorecer con el voto a un personaje tan crispante como Mariano Rajoy, y menos razones aún para premiar a ese partido de centroderecha tan manchado por la corrupción y las rencillas ¿por qué fueron, finalmente, los ganadores?

La razón podría ser que, de golpe, los vientos populistas amainaron en España. Hasta aquí, infló las velas dePodemos. Este partido antisistema, con viento en popa, había avanzado hasta acercarse a las costas del gobierno. Pero cuando menos se esperaba, las velas se desinflaron de golpe y la nave quedó a mitad de camino.

Tras la fallida elección de diciembre, en la que Podemos y sus aliados lograron sobrepasar el 20 por ciento del electorado, pisando los talones a un desfalleciente PSOE, Pablo Iglesias decidió construir una alianza con Izquierda Unida (IU), la heredera del eurocomunismo de Santiago Carrillo.

El nuevo bloque izquierdista estaba convencido, como el grueso de los españoles, que desbancaría al PSOE y se convertiría en la segunda fuerza política de España, posición desde la cual podría obligar a Pedro Sánchez a apoyar la conformación de un gobierno izquierdista, encabezado por el joven de la barbita candado y el pelo atado con colita.

Los muchachos de la izquierda dura festejaron de antemano, convencidos de que las encuestas que los mostraban como segunda fuerza, estaban en lo cierto. Casi descorchan champán cuando el boca de urna confirmó lo que vaticinaban las encuestas. Pero sobre el final del día, llegó el escrutinio como un baldazo de agua helada. La suma de Podemos mas IU había restado. La alianza anti-sistema quedó en un derrotado tercer puesto y Pedro Sánchez pudo suspirar de alivio, aunque consciente de que salvó la ropa conservando un escuálido segundo puesto, no por mérito propio sino por desmérito de Podemos. ¿Y por qué se cayó Podemos? ¿Tan negativo fue juntarse con los ex comunistas?

En rigor, lo más negativo fue evidenciar ignorancia y negligencia al coquetear ideológicamente con las expresiones del populismo sudamericano que están siendo carcomidos por su propia corrupción y demagogia: el chavismo y el kirchnerismo.

Pablo Iglesias llegó, incluso, a mostrar en la campaña a Kicillof, como si estuviera jugando un haz de espada, pero tuvo, obviamente, el efecto de un cuatro de copas.

Que en España haya perdido intensidad no implica que la tendencia no sea el fantasma del populismo en las potencias. Como si las ondas que antes viajaban desde el norte hacia el sur, ahora lo hicieran en sentido inverso.

Era en las zonas débiles del planeta donde cundía el miedo a la globalización y el deseo de frenarla. Pero con Donald Trump prometiendo muros que separen a Estados Unidos del mundo; con los ultranacionalismos creciendo en Holanda, Austria, Alemania y Francia mediante la propuesta de salir de la UE como lo hicieron los británicos, y con los países pobres de la eurozona brotados de populismos de izquierda que también quieren romper el bloque, se confirma que el fantasma de la demagogia ahora recorre las potencias de Occidente.

Sin embargo, el voto español frenando el avance del anti-sistema, podría señalar que el paso temerario que los demagogos le hicieron dar a Gran Bretaña terminó mostrando una postal inesperada: la de una sociedad que se permitió una travesura y luego, al concientizar las consecuencias, se arrepintió.

Que más de un millón y medio de firmas se sumaran en tiempo récord a un petitorio al Parlamento para que se repita el referéndum, genera la sensación de que, si se hiciera de nuevo la votación, esta vez hasta en Inglaterra y Gales se impondría la permanencia.

Que al triunfo del Brexit haya fortalecido a un demagogo como el ultranacionalista Nigel Farage, versión británica de lo que significa el apellido Le Pen en Francia; y que en Estados Unidos lo haya lamentado Obama y lo haya festejado Trump, mientras en la Europa Continental celebraban los extremistas y se apesadumbraban figuras como la conservadora alemana Angela Merkel y el socialdemócrata italiano Matteo Renzi, quizá haya despabilado a millares de ingleses y galeses que votaron por la salida.

Además, el derrumbe de la libra esterlina, el resquebrajamiento del mapa británico a la altura de Escocia y del Ulster, y las críticas que se escucharon en Australia y otras países de la Commonwealth, colaborarían a que muchos votantes del Brexit se estén preguntando “qué hemos hecho”.

Por lo pronto, en España se cortó el avance de la demagogia, a pesar de la mediocridad y la corrupción del PP, y del inmenso rechazo que genera Rajoy, su insufrible líder.

 

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