Teatro / 3 de Febrero de 2017

I.D.I.O.T.A.: Turbadora comedia negra

“I.D.I.O.T.A.” de Jordi Casanovas. Con Luis Machín y María José Gabin. Dirección: Daniel Veronese. Picadero, Discépolo 1857.

Por

★★★ “No vemos las cosas tal como son, las vemos como somos nosotros”, afirmó la célebre escritora Anaïs Nin. La frase viene a cuento tras asistir al estreno de “I.D.I.O.T.A.”, del prolífico dramaturgo catalán Jordi Casanovas (1978), donde es imposible no identificarse con el protagonista. Porque quién, en esta época de ajustes sufridos, no sueña con salvarse, aunque sea momentáneamente, de los males capitalistas.
Carlos Varela (Luis Machín), nombre sencillo si los hay, agobiado por las deudas, decide presentarse a la convocatoria de un experimento sobre la conducta humana ya que la misteriosa Fundación que lo patrocina ofrece buena remuneración por participar. Como no se conoce cuál es el propósito final de la investigación, sólo resta someterse a una sesión en la que una serie de enigmas, en apariencia sencillos, deberán ser resueltos de forma lógica en el menor tiempo posible, bajo pena de padecer las rigurosas reglas de la Doctora Edel (María José Gabin), la hierática alemana, coordinadora de la experiencia. El protagonista se parece demasiado a cualquiera de nosotros y está servido en bandeja desde el comienzo de su triste peripecia generar empatía con su desventura. La espontaneidad campechana del hombre caerá al errar en algunas respuestas y comprobar que cada traspié implica daños a personas de su círculo íntimo.
La manipulación, la congénita codicia, el poder de las corporaciones, la capacidad de tolerancia ante el abuso de autoridad y la ilimitada estupidez humana, incapaz de leer la letra chica de las formalidades que impone la vida, son algunos de los ejes que Casanovas maneja con habilidad aunque roce demasiado la inverosimilitud y sus criaturas se diluyan en el exceso de infortunios.
Machín se mete en la piel del pelandrún vulnerable con gran versatilidad. Su espléndida labor es un viaje de creatividad que lo lleva de la simpatía inicial al abismo de la zozobra y la desesperación. Gabin acompaña con oficio aunque está un tanto lejos de la insensibilidad gélida que su criatura requiere.
Daniel Veronese conduce correctamente este juego donde la risa cabalga sobre el escalofrío, espléndidamente ambientado por la escenografía de Jorge Ferrari e iluminado con sagaz creatividad por Marcelo Cuervo.

 

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