Opinión / 17 de Junio de 2017

La etapa superior…

Las similitudes del kirchnerismo con el menemismo. El sueño del eterno regreso.

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Cristina y Néstor eran menemistas. Dejaron de serlo, como tantos otros “compañeros”, recién cuando Carlos Menem insinuó sus ganas de eternizarse en el poder. A su turno, mejoraron la maquinaria: el kirchnerismo duró 1/4 de tiempo más y, a diferencia de aquel antecedente, se retiró con tropa propia organizada. En cuanto dispositivo político peronista, el kirchnerismo ha sido la etapa superior del menemismo.

Los K sueñan el regreso desde la matemática. Si Menem -sin estructura propia de ninguna clase y con pésima imagen- salió primero en las presidenciales del 2003 con 24%, ¿por qué no soñar con “volver” si CFK no baja de un 30% de aprobación en el territorio más caliente del país y encima cuentan con una “orga” bastante disciplinada?

Su problema es que ese 30% pareciera ser más un techo que una plataforma de lanzamiento. El otro 70% está compuesto por quienes jamás votarían a un peronista y por quienes odian particularmente a Cristina o se hartaron de ella (y los pésimos resultados de su segundo mandato), entre los cuales se cuentan muchos peronistas simbolizados hoy por Sergio Massa y Florencio Randazzo, kirchneristas hasta ayer.

Los K siempre fueron selectivos y verticalistas, pero su falta de autocrítica y su miopía actual los volvió sectarios al extremo. Llaman “unidad” a la ruptura, “democracia” al dedo de La Jefa y “amor” al odio. Intuyen bien, sin embargo, que durar es un valor político en sí mismo.

Golpeada en su prestigio y todo, Cristina sigue siendo un referente. Los que la quieren, los que la detestan y los que ni fu ni fa tienen algo que decir de ella todo el tiempo.

Es improbable que vuelva a ser presidenta, sino imposible. Más bien parece encaminarse a ensayar una fuerza ensimismada con representación legislativa (eso además es “caja”, o sobre todo eso) y un pie adentro y el otro afuera del peronismo. Tiene un aliado de fierro: Macri la elige, como ella a él antes, y la ilumina junto a sí en el centro de la escena. A CFK la atosigan dos sombras. Una: la Justicia. Dos: su propio aburrimiento, mientras los años pasan. Volver también es repetirse.

 

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