Mundo / 18 de Junio de 2017

Las mujeres de ISIS: Manzaneras del Califato

La yihad convierte a las esposas en voceras y a las detractoras en esclavas sexuales.

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En diciembre de 2014, Zehra Duman, australiana de 21 años, tuiteó desde el Califato. Lo había logrado. El 11 de ese mismo mes se había casado con un joven australiano, no mucho mayor que ella, Mahmoud, de 23. Ya no sería conocida por su nombre de Melbourne, sino como Rose Muminah o Umm Abdullatif. Cinco semanas después, su esposo murió en combate, y la nueva viuda lo tuiteó: “Hasta que nos encontremos en Jannatul Firdaus (La parte más elevada del Paraíso), mi amado esposo. ¡Ganaste la carrera! Corazón de Guerrero. Insha Allah (Si Alá lo quiere)”. Desde entonces, Umm Abdullatif fue una de los adalides de ISIS con mayor actividad en los chats de Ask.fm para enaltecer el martirio de su compañero.

Las mujeres del Califato no eran combatientes, aunque muchas deseaban serlo. Quizá no falte tanto tiempo para que el mundo lo atestigüe y su voluntad se vuelva una táctica más de ISIS, como sucedió con las viudas y madres chechenas. En un primer momento, cumplieron el rol hogareño que la Organización les demandó de acuerdo con su credo y tenían vedada la batalla.

El hecho de que no recibieran el grado de yihadistas -en la interpretación islamista del concepto- no significa pensarlas en el extremo opuesto de la etiqueta jihadi brides (novias yihadistas), que les colgaron algunos medios occidentales.
Esto sería reducirlas a un mero instrumento en la estructura social del Califato cuando la narrativa apuntaba hacia lo opuesto: las mujeres de ISIS jugaron un papel activo en áreas como la salud y la educación, pero se destacaban en la estratégica y sutil misión de captación de nuevos reclutas en las redes sociales.

Roles

El Califato funcionó, en esencia, como una sociedad patriarcal. Para las mujeres, se reservaba una primera responsabilidad hogareña: “Ser una esposa honrada y criar niños honrados”, remarcó Umm Ubaydah, uno de los testimonios recopilados por los investigadores Carolyn Hoyle, Alexandra Bradford y Ross Frenett en su paper “Convirtiéndose en Mulan”.

La vida diaria podía ser tan monótona como en cualquier lugar del mundo, salvo cuando las bombas caían. Había pocas horas de electricidad, limitada conexión con el mundo exterior a través de internet, y determinados placeres vedados (la televisión, cierta música y libros).

Para una esposa del Califato que permanecía en su casa, un día cualquiera estaba lleno de tareas domésticas. Algunas se enrolaron en la Organización, pero no todas lo deseaban ni a todas se lo permitieron.

La Brigada Al Khansaa, que supervisaba la conducta femenina, fue uno de los cuerpos reservados para las mujeres de ISIS. Quienes manejaban idiomas pueden cumplir misiones de mayor complejidad en las comitivas encargadas de recibir a los inmigrantes de todo el mundo en la frontera turca y de guiarlos hasta las ciudades del Califato. Hubo también casos de profesionales, aunque pocos.

Esclavas

En agosto de 2014, decenas de miles de yazidíes fueron expulsados de sus tierras en el norte de Irak por ISIS. Masacraron a los rezagados. Ante sus ojos, no eran más que satánicos y politeístas.
ISIS pasaba por la espada a cualquier varón yazidí mayor de 14 años.

Y esos resultaban afortunados. A las mujeres las dividían en tres grupos: casadas con hijos, casadas sin hijos y solteras. Las transportaban a distintos lugares y, para sembrar miedo y desorientarlas, podían transferirlas hasta diez veces. Las más jóvenes, las que los emires del Califato consideraban aptas como premio para los comandantes o para ser vendidas como esclavas, eran “embellecidas” y entrenadas en la misma cárcel donde permanecían recluidas.

En diciembre de 2014 un documento trascendió de las profundidades del Califato, una suerte de decálogo sobre lo que se podía hacer y no con una esclava yazidí. Entre otros permisos, las leyes de ISIS reconocían el derecho de sus miembros a tener sexo con ellas, aunque solo si eran de su propiedad. Por supuesto, en ningún lugar se contemplaba el consentimiento como condición. Otro requisito era que debían ser vírgenes. “Si no, su útero debe ser purificado”, se indicaba.

Una joven de 19 años, que estaba embarazada cuando la capturaron, narró su pesadilla de dos meses en Kirkuk a los investigadores de la ONU: un médico la tenía en su poder y la violaba repetidas veces, o se sentaba sobre su panza para matar al bebé. “Este bebé debe morir porque es un infiel”, le decía.
“Nuestras mujeres son esclavizadas y vendidas en el mercado. Existe una campaña de genocidio en estos momentos contra la minoría yazidí. Hoy les hablo en nombre de la humanidad. ¡Sálvennos! ¡Sálvennos!”, clamó la única miembro yazidí del Parlamento iraquí, Vian Dakhil, en agosto de 2014.

Su rostro bañado en lágrimas conmovió al mundo. Al menos, al presidente estadounidense Barack Obama, que activó la ofensiva en Irak. Eso y el innegable hecho que la Organización preparaba el asalto contra la vecina ciudad de Erbil, base de operaciones de los asesores militares que Washington había desplegado al norte de Bagdad. Si caía, se perdía todo control sobre la frontera turca, puerta al Califato. Así inició la Coalición de más de 50 naciones y la guerra contra ISIS.

 

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