Libros / 18 de Junio de 2017

Protagonista, cronista y teórico

Una visión integral del cine desde los 60 hasta el 2010. Imperdible.

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★★★★★ A pesar del título,  la muy variada selección de escritos del director, cronista, crítico y teórico del cine norteamericano Jonas Mekas llega hasta 2010. El contenido no puede ser más diverso. Por cierto los llamados “años sesenta” ocupan no sólo ese período por las fechas de origen de los textos (muchos de ellos inéditos) sino también porque sus protagonistas desbordan la década, y siguen presentes en años posteriores.

La lectura es una experiencia mayor. Jonas Mekas aparece como una figura clave (junto con su hermano Adolfas, ambos de origen lituano) de una época de auge y abundancia del cine de vanguardia, mucho más jugado que el actual cine “indie”. Los textos entran a veces en una zona de tono parejo, como los tramos de su “diario de cine”, que escribía para “TheVillageVoice”. En otras ocasiones se dedica a figuras del teatro, como Richard Foreman, Hermann Nitsch y Peter Kubelka.

Tan importante como su obra crítica y teórica es la crónica detallada y lúcida de momentos puntuales, como las “notas de rodaje” de la genial película “El calabozo”; o la descripción minuciosa de una obra de Jack Smith, que incluye un inventario monumental de pequeños objetos y elementos que equivalen a “el fin de la civilización” para Mekas. O la descripción detallada de una serie de “libros perdidos” de Peter Beard. También hay entrevistas o discusiones con gente como Pier Paolo Pasolini y Gideon Bachmann (que se dispersan un poco por el modo en que cada cual parece escuchar sobre todo su propia voz), con Susan Sontag (sobre un film de ella, que Mekas piensa ver por tercera vez, tratando de que le guste), o un diálogo final, muy jugoso, con John Lennon y Yoko Ono.

El texto más admirable es el dedicado a una visión completa de los films de Andy Warhol, a partir de la cual desarrolla una sólida visión de su aporte insustituible al cine: lo considera un cronista callejero que elige un enfoque cercano al de los hermanos Lumière para captar lo real, devolviéndole su trama y vigor. En cuanto a su carácter de testigo, incluye la asistencia a la muerte y entierro de Allen Ginsberg, y un emotivo homenaje a Maya Deren, a quien trataron con su hermano Adolfas.

 

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